José Revueltas escribió entre dos revoluciones: la Revolución mexicana, traicionada por los vencedores, y la revolución comunista, traicionada por sus compañeros de lucha mucho antes de que la victoria alcanzara a vislumbrarse en alguna parte. Ante tal panorama, la salida previsible hubiera sido abandonarse a la denuncia, la parodia o la épica derrotista, como lo hicieron los Azuela y los Guzmán en un primer momento, y también los Fuentes y los Ibargüengoitia muchas décadas después. Revueltas decidió tomar otro camino y concentrarse en las vicisitudes y los escrúpulos de unos cuantos personajes que, si bien representan un sujeto histórico, alcanzan a tener una identidad propia, lo que fue visto como una herejía para el marxismo pero hoy sigue siendo una reivindicación de la literatura.
No hay balaceras ni combates en las novelas de Revueltas, a pesar de que siempre están situadas en medio de la batalla o, más bien, en el paisaje después de la batalla. Y si se dispara un arma en alguna de las muy pocas escenas de acción que hay en su obra, es para cometer un crimen vil, una ejecución traicionera, un asesinato de preferencia por la espalda. Con la violencia mexicana como telón de fondo, en un país que renueva sus guerras floridas –la Revolución, la Cristiada y la represión priista– para seguir masacrando a sus habitantes, Revueltas prefiere la muerte particular por encima de la histórica. Los asesinatos en su novelística responden a la venganza o incluso al amor, y se explican más por pasiones personales que por enfrentamientos políticos, como sucede con la muerte del líder de las guardias blancas a manos de una prostituta en Los días terrenales (1949) o con el del villista retirado en El luto humano (1943). Entre la desolación y la miseria, sus personajes deciden matar, entre tanta muerte, como un acto de libertad, como la única posibilidad que tienen de ejercer su voluntad en medio de las terribles corrientes de la historia que de todas maneras los iban a arrastrar. El crimen, para él, redime y condena, tanto a la víctima como al victimario, y en este sentido no es muy diferente a la historia patria, ese extenso crimen enaltecido en los libros de texto.
Solo a un escritor que estaba decidido a transformar la historia en la realidad podía interesarle menos en la literatura. ¿Para qué escribir novelas históricas si existe la posibilidad de hacer historia en la vida real? Al contrario de la inmensa mayoría de los escritores –de Salgari a Borges–, que dejan las aventuras para los libros y llevan vidas tan rutinarias como las de cualquiera, Revueltas decidió tener una vida de acción y convertir a la literatura en un mecanismo de introspección. Presumir sus andanzas en sus libros, a la Hemingway, hubiera significado trivializar tanto su militancia como su literatura. Salvo por ese afortunado error de juventud que fue Los muros de agua (1941), el duranguense nunca volvió a escribir una novela abiertamente autobiográfica, y cuando reingresó a prisión y reincidió en la autobiografía en El apando (1969), lo hizo de una manera tan simbólica que poco o nada queda de la anécdota personal. Para él, la escritura era un medio de conocer al ser humano, de entender sus motivos y rencores, las causas de su pasividad y de su revuelta.
Así, mientras fundaba partidos trotskistas, purgaba condenas en las dos cárceles más renombradas del siglo XX mexicano –las Islas Marías y Lecumberri–, huía de la policía, viajaba a la Unión Soviética y a Cuba para conocer el futuro que nunca llegó y se convertía en líder estudiantil y sindicalista, le intrigaba obsesivamente la forma en que la historia en su rostro más despiadado influía no en el pueblo, sino en el individuo. Y no en cualquiera, sino en quien malvive y sobrevive en las ruinas, tanto las exteriores como las interiores, que los grandes acontecimientos dejaron a su paso. En El luto humano, para muchos su mejor novela, hay un hermoso párrafo que bien podría definir a todos sus personajes, que de tanto volar en círculos se acaban quedando quietos, paralizados:
Ya la tarde era distinta y debían ser algo así como las seis, porque algunos pájaros cruzaron el cielo, en bandada, con prisa y con pavor. ¡Pájaros sobre la soledad de México! Eran pájaros de la época, pájaros del tiempo desolado aquél, y llenos de estupor por el ruido, los gritos y la sangre de la tierra. Aves que habían quedado sobre la revolución mirando los cadáveres, el silencio de los disparos, la gente toda, pequeñita y ocupada en cosas de la muerte.
Nunca fue fácil leer a Revueltas y por fortuna sigue sin serlo, aunque por diferentes motivos. Primero se le reprochó su postura política: para unos, por criticar a un gobierno que se sentía genuinamente heredero de la Revolución y, para los otros, por ser demasiado crítico con la oposición a ese mismo gobierno. Para colmo, ni sus muchos críticos ni sus pocos seguidores sabían cómo tomar la dimensión teológica de su obra, plena de referencias cristianas y de una atmósfera en la que el pecado y el arrepentimiento, la condena y la redención, y la culpa y la salvación siempre están en el aire. Su cristianismo es trágico, tanto en la lectura teológica como en su concreción en el campo mexicano, donde los hombres encuentran en Dios una excusa inmejorable para prolongar el infierno. Igualmente trágico es su marxismo, lo que lo alejó del realismo socialista y de todo maniqueísmo, al grado de que a veces su retrato de la intransigencia partidista resulta incluso inverosímil. Pienso, por ejemplo, en ese burócrata de Los días terrenales que prefiere financiar la distribución de un periódico comunista que pagar el funeral de su pequeña hija, cuyo cadáver sigue tibio en su casa, que es también la sede del Partido.
Hoy, con justicia, se mira a Revueltas como un escritor radicalmente libre que, si bien estaba comprometido políticamente hasta el cuello, no puso su literatura al servicio de nada ni de nadie. Sin embargo, no resulta de fácil lectura para el gusto contemporáneo, lo que seguramente no habla mal de Revueltas sino de nuestra época. Sus atmósferas son demasiado sórdidas y tremendistas, el estilo siempre es denso y a veces grandilocuente, y las tramas suelen ser una sugerente excusa para la digresión ensayística o para ahondar en algún personaje que acaba cobrando mayor relevancia que la historia a la que parecía servir. Pero esa es justamente la poética buscada en sus novelas, y prueba de ello es contrarrestarla con la de los cuentos, siempre magníficos.
En estos, se narra una única acción de manera explícita pero cuidando lo no dicho para que el lector tenga que reconstruirla; el ejemplo más evidente es el de su cuento más antologado, “Dios en la tierra”, donde se narra el empalamiento de un maestro rural sin que nunca se mencione esa terrible palabra. Revueltas no concebía la novela como una trepidante sucesión de acciones, sino como un sistema para explorar las causas y consecuencias de un único episodio, así como la psicología y el temperamento de los personajes involucrados en él. Todas sus novelas están construidas en torno de un acontecimiento –la tortura en Los motivos de Caín (1959) o la muerte de las niñas en El luto humano y Los días terrenales–, y la labor de la literatura es explorar todo lo que lo rodea. Dicho acontecimiento resume la realidad y también la desata, por lo que la novela huye de él y regresa, casi como una condena.
Sus personajes, muchos de ellos inolvidables, siempre están atrapados en el mismo conflicto: saben que no hay escapatoria ni de su situación ni de ellos mismos y aun así intentan desplazarse a otro lugar donde las cosas serán diferentes. Pero ese lugar no existe, y ellos lo han sabido desde siempre, lo que no les impide echarse a andar. Así lo hace el veterano de la Guerra de Corea que deambula por las calles de Tijuana en Los motivos de Caín, los militantes que de madrugada pegan carteles comunistas en las fábricas de la Ciudad de México en Los días terrenales o los padres de la niña muerta en El luto humano que deciden caminar hacia ninguna parte, bajo la tormenta:
Comenzaba el naufragio, el cielo de soledad. Caminarían sin derrotero en medio de esa noche parda que era la mañana sin sol, buscando, anhelando. Quizá encontraran una piedra, algún refugio, o los sorprendería la muerte, sin transición alguna, con el agua o el rayo.
Pero caminarían. Sin destino, sin objeto, sin esperanza. Por no dejar.
Si hubiera que condensar el mundo de Revueltas en una sola imagen sería esa: un grupo de personajes que erran sin destino por los caminos de México, entre la oscuridad, sin venir ni dirigirse a ninguna parte. No hay ninguna salvación posible, salvo la del martirio, en caso de que lo sea. A pesar de todo, de ese pesimismo por todas las cosas y de esa desesperanza que abarca todas las esferas de la existencia, surge un oscuro lirismo presente hasta en los rincones más lúgubres de su obra.
Célebre por haber sido expulsado de las organizaciones políticas que él mismo fundaba, José Revueltas sigue perteneciendo a la literatura mexicana de una manera incómoda, y ya nadie podrá expulsarlo de ella. Y si esta conserva una vertiente subversiva, es gracias al puñado de escritores plenos de contradicciones insalvables como él. ~