Es un momento climático de la segunda temporada de The Pitt, y el personal del área de urgencias se reúne en el mostrador central. Hay pánico en el ambiente. La administración ha apagado los sistemas digitales para protegerse de un ciberataque masivo, por lo que el hospital tendrá que operar de forma analógica indefinidamente. “Volvemos a trabajar a la antigua”, anuncia el doctor Robby. A lo largo de la temporada, The Pitt ha subrayado la dependencia del hospital a la tecnología, por su sistema automatizado con expedientes digitales y aplicaciones de inteligencia artificial. Ahora, todo ha dejado de funcionar y el personal batalla el caos del papeleo físico y las máquinas de fax.
La serie lanza una pregunta: ¿qué riesgos conlleva la digitalización de la atención médica y qué tanto vale la pena asumirlos? El problema cambia cuando se mira desde México, donde lo que el Pittsburgh Trauma Medical Center describe como una crisis, es un miércoles cualquiera para el IMSS.
Esa distancia es un buen lugar desde donde mirar. En este momento, los discursos políticos sobre salud en México y Estados Unidos apuntan en direcciones opuestas. Por un lado, la administración Trump ha puesto en vigor la ley fiscal One Big Beautiful Bill, que la Oficina de Presupuesto del Congreso aprobó en julio de 2025 y estima dejará a casi 16 millones de personas sin seguro médico para 2034. México, por otro lado, busca universalizar la atención médica mediante el IMSS-Bienestar, aunque la brecha entre la intención y la realidad es considerable. Atravesamos un momento que vuelve urgente preguntarnos cómo representamos los sistemas de salud y, sobre todo, cómo los imaginamos a futuro. Una discusión situada de The Pitt permite entender lo que cada sistema elige ver de sí mismo y qué forma toman en la vida diaria las determinaciones políticas.
Empecemos con los aciertos de The Pitt. El primero es su formato en “tiempo real”, en el que cada episodio cubre una hora de trabajo y cada temporada, un turno completo. La cámara que sigue a los personajes de sala en sala permite ver que una misma persona debe pasar de dar una mala noticia a tomar decisiones difíciles en segundos, luego a enseñar procedimientos, ingresar registros y recibir nuevos pacientes. El ritmo vertiginoso es una manera eficaz de sostener el suspenso, pues resolver un caso no cierra un arco de tensión; al contrario, acentúa la montaña rusa de emociones y deja la sensación de que en cualquier momento, algo más podría salir mal.
La velocidad funciona también por sus variaciones. Ninguna secuencia lo ilustra mejor que aquella en la que la jefa de enfermería Dana Evans atiende a una sobreviviente de violencia sexual con un cuidado que contrasta con el frenesí del resto del turno. Formula cada pregunta con delicadeza, explica los procedimientos, pide consentimiento explícito y respeta pausas y silencios, aunque afuera el reloj siga corriendo. La secuencia podría funcionar como una guía de atención y acompañamiento, pero también como un recordatorio de que hay emergencias que demandan lo contrario de la prisa. Así, situaciones de distinta intensidad convergen en el mismo espacio y yuxtaponen perspectivas para crear textura emocional.
El segundo es su precisión técnica. La producción contó con asesoría médica en el set y condujo una investigación que incorporó testimonios reales para dar veracidad a los casos y a las experiencias personales. Además, el elenco recibió un entrenamiento médico intensivo para manejar equipos y realizar procedimientos de forma convincente. A esto se suma una galería de médicos y residentes que son, al mismo tiempo, entrañables y exasperantes. Están cansados, incluso hartos, y se equivocan. Tienen relaciones inestables, adicciones, estrés postraumático y enfrentan situaciones que los obligan a negociar con sus propios juicios. La serie también muestra un entorno hostil que normaliza agresiones contra las enfermeras. Es un giro creativo respecto a series como The good doctor y New Amsterdam, pero, sobre todo, una toma de postura. Según la Asociación Médica Estadounidense, la medicina de urgencias figura entre las especialidades con mayor índice de desgaste profesional. The Pitt sugiere que ese desgaste no es el precio natural de la profesión, sino la consecuencia de un sistema rebasado.
Como sucede con el personal, el repertorio de casos está seleccionado para denunciar el abandono estructural de poblaciones históricamente discriminadas. En esa situación se encuentra, por ejemplo, la paciente con enfermedad de células falciformes, una condición que afecta desproporcionadamente a la comunidad negra y que durante décadas ha recibido menos financiamiento que otras enfermedades con menor prevalencia. También aparecen personas con neurodivergencias, una mujer transgénero, un paciente bariátrico, migrantes sin documentos o con barreras de idioma, una joven sorda, sobrevivientes de violencia doméstica o una adolescente que solicita un aborto, entre otros.
Aunque algunas veces el guion puede caer en el didactismo, lo que hace muy bien es mostrar cómo un equipo diverso, de distintas nacionalidades y trayectorias, logra resultados concretos, porque los pacientes encuentran a alguien que habla el idioma, comparte la experiencia o conoce las mejores prácticas. El argumento de fondo es que la diversidad es una ventaja clínica. Responde también al desmantelamiento de la administración Trump de las políticas de diversidad e inclusión. No sorprende que la serie se desarrolle en Pittsburgh, ciudad de tradición demócrata y sindical. La primera temporada muestra, por ejemplo, los peligros de la machosfera; la segunda, la violencia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), un tema especialmente relevante tras la reciente decisión de otorgarle acceso a la base de datos de Medicaid.
Sin embargo, la postura política general y el enfoque en la presidencia Trump son los mayores puntos ciegos de la serie. The Pitt parece omitir que los problemas estructurales del sistema de salud van más allá de la administración actual. Estados Unidos no tiene un sistema universal donde la salud sea un derecho fundamental; el acceso depende, en su mayoría, de seguros privados contratados por empleadores o por cuenta propia, mientras el gobierno cubre únicamente sectores demográficos específicos mediante Medicare y Medicaid. A pesar de ser uno de los países que más porcentaje del PIB destina a sanidad –17%, según la OCDE–, casi la mitad de ese gasto cae en el ámbito privado, que asfixia con deudas astronómicas incluso a quienes tienen seguro.
La primera temporada muestra las fallas de este modelo en forma de roces burocráticos. La segunda va más allá con la introducción de Orlando Díaz, un albañil que ha racionado su dosis de insulina para ahorrar dinero. Su huida del hospital ante la perspectiva de una factura impagable y su inevitable regreso en una condición aún más delicada ilustran la precariedad de quienes perciben muy poco para costear un seguro privado, pero demasiado para acceder a la asistencia pública. Sin embargo, el guion diluye la denuncia al explicar que el caso “cae entre las grietas”, como si el drama de Díaz fuera una anomalía estadística y no la consecuencia de un sistema intrínsecamente excluyente. Al limitar su visión a la urgencia clínica, ignora las secuelas financieras que enfrentan los pacientes por deudas crónicas, pérdida de ingresos y costos invisibles del cuidado domiciliario. Con este enfoque parcial, la serie pierde la oportunidad de ofrecer un retrato integral de la crisis sanitaria.
México no tiene una tradición de series médicas, y las pocas que hay no corresponden a la realidad del país. Un ejemplo es la reciente Doc, adaptación de una serie italiana que no intenta ajustarse al contexto nacional. Ninguna se pregunta qué tendría que representar una serie médica hecha desde aquí. ¿Qué pacientes cruzarían esas puertas y qué historias traerían consigo? ¿Qué significa ejercer una medicina con perspectiva social y de género en nuestro país? ¿Cómo se vería un hospital con personal diverso, hablante de lenguas distintas al español y capaz de ofrecer atención interseccional que integre saberes originarios? Más importante aún, ¿cómo se sostienen prácticas éticas en equipos agotados y sin recursos? Como lo demuestra The Pitt, la virtud individual no alcanza. Sin respaldo institucional y político, el costo humano es demasiado alto.
El debate sobre cómo narrar la salud en México adquiere un peso distinto ante la promesa de universalización del IMSS-Bienestar, pues detrás del anuncio de acceso gratuito a toda la población, las cifras cuentan una historia distinta. En 2025, el sector enfrentó un recorte de más de 113 mil millones de pesos, dejando la inversión en salud en apenas 3% del PIB. Esta anemia presupuestal, sin ajuste a la inflación ni a la transición demográfica, deja hospitales saturados y sin insumos. De ahí que la ENSANUT 2021 muestre que hasta 49% de las personas con derechohabiencia acude de todas formas al sector privado. México Evalúa describe este fenómeno como una “privatización de facto”. Aunque el IMSS y el ISSSTE ofrecen servicios gratuitos en el punto de atención, el Banco Mundial reporta que en 2024, 41% del gasto total en salud en México provino de las familias. Con este “gasto de bolsillo”, los hogares cubren necesidades médicas con recursos propios, que se suman a las aportaciones ya efectuadas mediante impuestos y cuotas de seguridad social. Esta es la tercera iniciativa de universalización en los últimos 25 años, y sin un financiamiento sólido y sostenido, corre el riesgo de repetir el ciclo del Seguro Popular y el INSABI y convertirse en una carga más para quienes atraviesan una crisis de salud.
A poco tiempo de ver los alcances reales de estas políticas, necesitamos ficciones que abran la discusión pública. No más melodramas en consultorios impecables, sino series que denuncien las condiciones de trabajo precarias y violentas de los hospitales, que muestren la carga financiera y el abandono que enfrentan las familias. Necesitamos historias que, a la vez, reconozcan las fortalezas históricas del sistema mexicano y a su personal, que aplaudan que en México recibir atención médica es un derecho, y que se atrevan a imaginar nuevas formas de garantizarlo. Está por verse si nuestra televisión está a la altura de esa urgencia. ~