Imago via ZUMA Press

El mensaje húngaro para México

El triunfo de la oposición frente a Viktor Orbán muestra que un sistema diseñado para cerrar la competencia puede resquebrajarse.
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Uno de los mensajes políticos más potentes que se han emitido para México es el reciente triunfo de la oposición húngara frente a Viktor Orbán. Ese resultado electoral, casi imposible, interpela al partido en el poder en México, pero también a sus electores y a las oposiciones nacionales.

No hablaré de un futuro promisorio para Hungría ahora que Péter Magyar sucederá a Orbán tras 16 años en el poder. No tengo elementos para colorear ese mañana con una bonita acuarela y no coincido ideológicamente con Magyar ni aborrezco al partido que se va. Lo que sin duda critico –y trato de hacerlo con dureza– es el sistema electoral y político que diseñó Orbán para su país, entre otras cosas porque en ese diseño veo dinámicas que hoy observo en el mío.

En los años noventa, Hungría se inauguró como una democracia con alternancia, incertidumbre electoral y derrotas reales para quienes gobernaban. Ese ciclo se cerró en 2010, cuando Orbán regresó al poder con la mayoría suficiente para cambiar las reglas. Con el cuento de que los partidos eran caros, los diputados eran caros, los medios estaban en su contra, el pueblo lo había elegido y la voluntad popular estaba expresada ahora en el legislador, se dispuso a modelar el nuevo régimen.

Primero, redujo el Parlamento de 386 a 199 escaños, con un mapa electoral favorable a su partido Fidesz. Sí, como los priistas de antes que ponían líneas distritales a su favor. Y sí, como Morena ahora que quiere menos legisladores.

Después modificó las fórmulas para debilitar la representación proporcional (eso también tiene eco por acá) y elevó los umbrales para que los partidos pudieran competir y tener representación en el Congreso. 

Para colmo, introdujo una maroma de ingeniería electoral conocida como la “compensación del ganador”. Si un candidato ganaba su distrito por más de un voto, todos los votos excedentes –los que no necesitaba para vencer– se transferían a la lista nacional de su partido. Esos votos “sobrantes” se acumulaban y amplificaban la ventaja del oficialismo, con la consecuente sobrerrepresentación: con menos de la mitad de los votos, el partido en el poder obtenía mayorías calificadas en el Parlamento.

Estos son solo tres brochazos de un óleo de gran formato. Hubo muchas reformas más con un mismo propósito: consolidar la ventaja del partido en el poder y flexibilizar su capacidad de control sin necesidad de suprimir las elecciones. El voto en el extranjero, las listas especiales, la integración de la autoridad electoral, el ecosistema mediático: todo se reconfiguró en una lógica de cierre progresivo.

Aquí conviene una precisión. En Hungría no se vota por Orbán o por Magyar como individuos, sino por sus partidos, en elecciones legislativas que se celebran cada cuatro años y cuya mayoría determina al primer ministro. Durante 16 años, ese sistema hizo que perder fuera improbable. 

Eso sí, nunca dejaron de celebrarse elecciones, pero las condiciones de competencia se erosionaron: ventajas en financiamiento, cobertura mediática sesgada, reglas diseñadas para favorecer al oficialismo. No se trataba de un régimen sin urnas, sino de un sistema donde las urnas no garantizaban alternancia.

Por eso el triunfo de Magyar es relevante. Hay un interesante debate sobre las razones que lo explican –un giro ideológico, el desgaste del poder, la coordinación opositora, el carisma del candidato, el escenario económico–, pero yo veo que su triunfo muestra algo más importante: un sistema diseñado para cerrar la competencia puede resquebrajarse.

En Hungría se rompió una lógica institucional que durante años hizo de la derrota una anomalía, como lo que teníamos en México con el partido predominante. Como lo que comenzamos a tener otra vez. 

Si se mira el proceso húngaro como una secuencia, es posible registrar una fase de apertura democrática, una fase de rediseño institucional desde el poder y una fase de cierre progresivo de la competencia. México observa hoy, en tiempo real, dinámicas que recuerdan esa segunda etapa: la concentración de mayorías, la reconfiguración de reglas, la tensión con los contrapesos, la redefinición del papel de los medios.

No sé si el desenlace será comparable, pero el caso húngaro muestra que los regímenes pueden cerrarse durante años sin colapsar, pueden vaciar la competencia sin cancelar las elecciones, pueden normalizar esa condición con todas las ventajas para el partido en el poder y aun así, en algún punto, pueden romperse.~


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