¿Una cucaracha que despierta, aterrada, convertida en hombre? ¿Una Caperucita que acribilla con una metralleta al lobo vestido de abuelita? ¿Una tortuga que pierde contra la liebre porque leyó demasiados libros en los que las tortugas le ganan a las liebres? Las fábulas ya no las hacen como antes y si no las hacen mejor, al menos son más honestas.
James Thurber entendió a tiempo que la vida de entreguerras se había vuelto un lugar hostil para refranes sabios y moralejas edificantes. La certeza de antaño comenzaba a resquebrajarse y lo único que quedaba era reírse. En Fábulas reunidas, recién editadas en español por Perla ediciones, coronó cada historia con pequeñas sentencias tan punzantes como inútiles. Podemos suponer que la cucaracha aprendió que “hay cosas peores que morir” y el lobo que “hoy en día ya no es tan fácil engañar a las niñas”. Es una actitud pedagógica que Thurber convirtió en su sello. Las lecciones para “nuestros días”, según anunciaba aquella primera edición de 1940, quizá eran más bien advertencias.
A primera vista, cada relato en Fábulas reunidas parece inocente: una premisa sencilla, un desarrollo veloz, un remate, una ilustración por el propio Thurber. Pero enseguida uno descubre que son pequeñas trampas, miniaturas crueles de sabiduría fallida. A veces parodian a Esopo, otras fábulas retoman cuentos célebres y otras son astutos juegos de palabras de refranes en inglés. Pero siempre cierran igual, con una moraleja, breve y punzante, que convierte cualquier cuento más en una broma que en una fábula.
Son graciosas; graciosas de raras y de risa al mismo tiempo. Como cuando ves una caricatura del New Yorker. Las muy buenas te hacen reír, y las excelentes te hacen decir, en voz alta, “qué tonto…”. Seguramente es porque Thurber se unió al equipo editorial de la revista en 1927, apenas dos años después de que Harold Ross la fundara. Dejaba garabatos por las oficinas hasta que Ross confundió uno de ellos con una caricatura publicable. Y así se imprimió. Muchas otras vendrían después. En una de ellas, una mujer con una mueca macabra se cierne desde lo alto de un librero sobre una pareja sorprendida por un hombre que parece entrar a la casa. El remate: “Aquella es mi exesposa, y esta es la señora Harris actual”.
Esa caricatura en particular es graciosa de una forma inquietante y extraña, que carece de todo contexto pero que aun así funciona. Esta sensación también se lee en sus fábulas, en especial en aquellas donde se filtra el resentimiento de un matrimonio lleno de infidelidades y humillaciones. En “El unicornio en el jardín”, un hombre asegura ver una de estas bestias fantásticas entre las rosas. Su esposa, incrédula y burlona, llama a las autoridades para internarlo, pero termina siendo ella la recluida cuando el marido niega todo. La moraleja: “No cuentes tus tornillos antes de que hayan salido del cascarón”.
Thurber llegó a afirmar que revisaba sus textos una y otra vez para que no pareciera que se había divertido demasiado al escribirlos. “Intentas contenerte. Si existe algo llamado ‘estilo New Yorker’, es eso: la contención”. El autoderrotismo de Thurber se permea por toda la colección, quizá porque las “sabidurías” y los viejos lugares comunes ya no le servían. Desde que perdió un ojo jugando a Guillermo Tell con sus hermanos, la vida le parecía impredecible y llena de peligros que nadie anticipa. En casi todas sus fábulas, las expectativas estallan y los supuestos axiomas se retuercen.
Thurber escribió en una época de transición cultural en el auge del modernismo, pero en las fábulas se asoman los gérmenes del posmodernismo; es decir, el cinismo y la irreverencia. En este sentido, anticipan el clima existencialista del período posbélico y se adelantan a un mundo sin significados fijos, donde las moralejas se disuelven en remates irónicos.
Sin embargo, los protagonistas suelen ser animales en situaciones absurdamente humanas. En “El oso que lo dejó por la paz”, el protagonista decide renunciar al aguamiel. Como resultado adquiere el hobby de ejercitarse dentro de la casa, donde destruye tantos objetos que más bien angustia a su familia. No es tanto la historia de un abstemio como la burla de la autosuperación norteamericana –la wellness, que paradójicamente convierte sus fábulas en cuentos atemporales–. En “El búho que era un Dios”, los animales se convencen de que el protagonista, cuyos enormes ojos penetrantes le dan un aire de importancia, es un gurú. Deslumbrados por una luz fulgurante, los animales lo siguen… directo hacia un camión. En una era de demagogos, CEOs y profetas de la tecnología, Thurber sirve como advertencia contra un instinto gregario y el culto al “liderazgo”.
Se adelanta a un mundo profundamente defectuoso, tanto en la relación del hombre consigo mismo como con los demás. Thurber se consideraba insignificante, el único miembro del pre-intencionalismo, un movimiento que él mismo inventó. Según esta visión, el mundo es caótico y no sigue ningún plan divino; los acontecimientos ocurren al azar y la humanidad debe entregarse a la improvisación. Solo la imaginación y la creatividad pueden imponer un mínimo de orden. Sus fábulas son recordatorios de que el mundo es, si no cruel, al menos imperfecto de principio a fin. Pero eso no significa que no podamos reírnos.