Werner Herzog busca imágenes que todavía no existen. En un mundo cada día más plano, repetitivo, globalmente uniforme, el legendario director alemán todavía cree en el misterio de la mirada. Por eso, Herzog se dedica a perseguir fantasmas. Persigue las imágenes irrepetibles y persigue palabras para activarlas. Su arte no está en filmar. Tampoco está en narrar lo que filma. Su arte, como documentalista, está en crear el ambiente poético para que las imágenes únicas y las palabras que las evocan creen el espacio de un nuevo pensamiento. Herzog persigue imágenes nuevas para decirlas como nunca se han dicho; para liberar ideas que, tal vez, no se han liberado.
¿En dónde persigue fantasmas? ¿En dónde busca estas imágenes? En las relaciones más intensas del hombre con su entorno. Las busca entre los que vuelan por los aires; los soldados perdidos que sueñan con despertar de la guerra; los carpinteros afanados, los asesinos irredentos, los ciegos y los mudos, los mancos y los cojos; los que fueron abandonados en las faldas de un volcán en erupción; los que creyeron ser amigos de un oso; los que observan pingüinos melancólicos; los que dibujaron las primeras escenas de cine, usando el fulgor del fuego, en las cuevas prehistóricas; busca fantasmas entre los predicadores, los cuentacuentos, los falsificadores, los obsesivos; entre los marginales, los locos y los incomprendidos; entre los que, finalmente, como él, persiguen quimeras.
Desde hace algunos años, mientras buscaba obsesiones, Herzog también empezó a escribir su arte poética. Después de más de 30 documentales, 20 películas de ficción y 12 libros de viajes, aforismos e invenciones, Herzog está dejando un legado reflexivo sobre sí mismo. Hace unos años, en 2022, estrenó una película iluminadora sobre su vocación como perseguidor de imágenes. Una película sobre dos vulcanólogos de hermosa vida trágica.
Para hacer Fuego interior: Réquiem para Katia y Maurice Krafft (2022), Herzog no filmó un solo minuto. Toda la cinta se compone del copioso archivo de los vulcanólogos franceses. La intervención de Herzog está en la interpretación de lo filmado. A diferencia de otras películas sobre los Krafft (documentales periodísticos que buscan morbo sobre su relación, su amor, su vida aventurera y su trágica muerte), Herzog se obsesiona con las imágenes mismas.
Las imágenes del archivo Krafft esconden el nacimiento de una vocación: fueron filmadas por dos copistas, grabadores de la realidad, científicos que documentan. Pronto, sin embargo, algo ocurre. Y ese es el gran descubrimiento de Herzog: por el acto mismo de filmar, los Krafft se convirtieron en cineastas. Los científicos que usaban la cámara para divulgar, darse en espectáculo, explicar su trabajo, de pronto, por el misterio mismo de la imagen, empezaron a producir vivencias plásticas. Ahí, por intuición, los vulcanólogos empiezan a perseguir algo que va más allá de su tema de estudio, algo que perfora la majestuosidad de los volcanes y se oculta en el fondo del magma. Es una película, pues, sobre el nacimiento de un amor por las imágenes. Para Herzog, los Krafft no murieron persiguiendo a los grandes titanes durmientes; murieron persiguiendo la belleza de algo al margen del lenguaje mismo. El testimonio de sus vidas son imágenes arrebatadas a las entrañas del mundo, el instante único del pliego de la lava, abstracciones de una idea primigenia de belleza, extática, que se dice a sí misma.
Este año, con Elefantes fantasma (2025), Herzog sigue explorando su quehacer como documentalista. Esta vez, evocando lo que no puede filmarse. Ya no es solamente la búsqueda de imágenes irrepetibles, ahora también persigue la posibilidad de imágenes inexistentes. Porque, ¿cómo filmar un sueño? ¿Cómo retratar una hipótesis? ¿Una obsesión?
Herzog acompaña, en este documental, a un biólogo que busca a elefantes primigenios en una de las cunas de la civilización: los densos bosques de la meseta alta de Angola. Estos elefantes, probablemente, son los únicos descendientes de los animales que nos acompañaron, cuando bajamos de los árboles, hace más de 10 mil años. Extraña primera persona del plural, hablar de “nosotros” para pensarnos en relación a los primeros humanos. De alguna manera, sin embargo, ahí, en esas densas selvas, entre las patas de los elefantes viejos, alzadas como ruinas de templos, está nuestra genealogía humana.
El biólogo persigue a los elefantes, interpreta sus rastros con cazadores furtivos de Namibia, lee sus excrementos, los raspones de los árboles, las pisadas entre la hierba. Todos son signos de una ausencia. Entonces, ¿cómo pensar en filmar a los elefantes si sólo están los rastros de su paso? Y, si logran filmarlos, ¿Es esa imagen algo más que la repetición de su ausencia? ¿Qué logramos al encontrarlos? ¿Por qué queremos verlos? ¿Qué capturamos con su imagen?
Es temprano en Los Ángeles y, en esa esquina del estudio de Werner Herzog, sobre un librero atiborrado de archivos y pergaminos, cae un rayo de sol. El cineasta alemán se coloca frente a la cámara y me saluda con una sonrisa acostumbrada. Tenemos unos minutos para hablar de cualquier cosa. De cine, yo supongo. De literatura, también. De algo mucho más banal, tal vez, como la reencarnación. De lo que quiera Herzog, en realidad. No es un hombre de muchas palabras. Tal vez, porque estas no son las conversaciones que le interesan. Tal vez, porque lo mucho que le queda por decir, prefiere decirlo sobre la imposible superficie de las imágenes que todavía no existen.
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Recordé hace poco que apareces en una escena de Tokio Ga (1985), el documental en donde Wim Wenders persigue el japón de Yasujiro Ozu. Wenders te pregunta qué es lo que buscas en las imágenes. Es una secuencia muy bella, arriba de la torre de Tokio. Entonces dices que te gustaría ir a otro planeta para buscar imágenes nuevas porque este mundo es cada vez más repetitivo. Cuarenta años después, en las tomas de volcanes de Katia y Maurice Krafft, en las imágenes de los elefantes gigantes de Angola, parece que sigues encontrando imágenes inéditas…
Nunca he visto la película que Wim filmó conmigo. No importa, lo recuerdo. En todo caso, no estoy buscando estas imágenes. Lo digo en el sentido de que ya las llevo conmigo. Soy un contador de historias. Todo lo que veo está inscrito en una visión común del mundo. En todas mis películas hay un elemento con el que trato de ir más allá de los hechos, más allá de la información. Quiero iluminar a las audiencias. Es maravilloso que esta película pueda ser vista en cines en México. Ahí es donde debe estar. Pertenece a la audiencia y la audiencia merece verla en pantalla grande.
Fue muy hermoso y terrorífico ver, en The fire within, imágenes del volcán Chichonal de Chiapas con una audiencia mexicana. Muy pocos recordaban esa catástrofe…
Sí, tengo mucho aprecio por México. Hace apenas algunas semanas estuve en México. Estaba filmando algunas secuencias de mi última película. Estaba en la costa del pacífico, en algún lugar entre Acapulco y Puerto Vallarta.
¿Qué filmabas?
Es una nueva película de la que no puedo hablar mucho. Voy a filmar en Viena, en el Reino Unido, pero eso será después, en septiembre. Por ahora tengo que seguir a mi protagonista… Fue maravilloso regresar a México.
En esta nueva película, hay una sensación onírica constante. Sobre todo en esas secuencias bajo el agua en las que suena el Nocturno de Schubert. ¿Cómo ves esta relación entre lo verdadero y la verdad? ¿Cómo haces para encontrar lo poético en lo real?
Estás señalando una secuencia maravillosa con imágenes de elefantes grabadas bajo el agua. En esas imágenes, claro, no se trata de los elefantes, es una cuestión de poesía. Es una de las secuencias más bellas que he puesto en alguna de mis películas y merece ser vista en una pantalla grande. Es una secuencia que te ilumina, no te da ninguna información, sino que te ilumina.
En ese sentido, me parece terrible que, en México, el documentalismo se haya convertido en una rama del periodismo…
Bueno, eso está ocurriendo en todas partes. Predico a los jóvenes cineastas para que se divorcien del periodismo. Es importante el periodismo, tiene su lugar en el mundo, no tiene nada de malo. Pero los cineastas reales tienen que divorciarse del periodismo. Al cine no le importan los hechos, no le importan las lecciones políticas. Nunca he querido hacer nada de eso. Hay que dejar al cine vivir.
¿Por qué perseguir elefantes?
Hay una extraña afinidad entre los humanos y los elefantes. No es una coincidencia. Un rey tribal en Angola habla de los orígenes de su gente relacionados con una elefanta que se quita la piel y resulta ser una mujer hermosa. Ella es el origen de toda su gente. Cuando veo un elefante tengo una sensación de cercanía. No les temo en lo absoluto. No tengo esa misma sensación de cercanía con un tigre, con un rinoceronte, con otros animales. Hay una extraña cercanía y amor con los elefantes, no sé por qué.
¿Has sentido eso con otros animales?
Muchos sienten esa afinidad con los caballos, por ejemplo. Pero son animales domésticos. Es lo mismo con los perros: son animales que se han convertido en nuestros compañeros. O, más bien, son animales que trabajan con nosotros: los perros en la caza, los caballos en el movimiento, en el transporte. Pero sí he sentido afinidad con otros animales salvajes. Siento una cercanía con los colibríes. ¿Por qué? No lo sé. Y en el desierto del Sahara he sentido una enorme simpatía con el fénec. Es un pequeño zorro del desierto. Tiene ojos grandes y unas orejas extremadamente largas. Ve en la oscuridad, escucha a enormes distancias. Oye los movimientos de la arena a más de un kilómetro, y puede olerlo todo. Tiene los sentidos despiertos como ninguna otra criatura. Son tiernos, sensibles, inteligentes. Cuando veo un fénec, siento que debería ser un fénec también, un animal con los sentidos más afilados que el resto de los animales.
Hablas de los sentidos despiertos y creo que eso tiene mucho que ver con tu escritura. Tienes una escritura llena de imágenes, que parece querer captar los ambientes que recorre. ¿Cuál es la importancia de la palabra escrita para evocar imágenes, ambientes, sentidos?
No es solamente evocar imágenes, es hacer poesía. Es literatura, no son reportes de viaje. No es solamente el recorrido de Múnich a París en invierno. Es mucho más, es un paisaje emocional interno, un viaje interno. Desde hace cuarenta años llevo diciendo a oídos sordos que mi escritura probablemente viva más que mis películas. A la gente le sorprende esta idea. Me dicen que soy un cineasta, que me recordarán por eso. Creo que tengo una respuesta más sencilla: mis películas son el viaje, mi escritura es el hogar.
En tus documentales nunca estás delante de la cámara, pero siempre está tu presencia física, tu voz. ¿Cuál es la diferencia entre la literatura de tu cine y la literatura de tus diarios?
Hay una diferencia, por supuesto, pero entiendo lo que quieres decir. Mis comentarios no son instrucciones factuales, no es información, es una manera de apuntar hacia algo más profundo, volver tangible algo para el espectador, ilustrando algo haciéndolo visible. Es hacer participar al espectador en algo que pueda iluminarlo. Ayer estaba en la premier de la versión IMAX de La cueva de los sueños olvidados. Es increíble verla en IMAX. Fue una gran experiencia. Pero esta vez noté algo. Al final, hay un postscript que narro sobre cocodrilos albinos mutantes. Es algo verdaderamente demente, muy loco. Pero veo que a las audiencias les encanta; les encanta que los lleve bajo el brazo hacia el reino de la poesía, de la fantasía y la iluminación. Es descarado, es hermoso, es hablar de cocodrilos mutantes albinos. Nadie se atreve a hacerlo.
Había una cueva en Francia en donde querían encerrar residuos tóxicos, pero no sabían qué signos poner en la entrada. ¿Cómo advertir de un peligro a la humanidad que, tal vez, estará frente a la cueva en 10 mil años? ¿Cómo pensamos los signos del futuro?
Es algo sobre lo que he reflexionado mucho. Tengo un proyecto sobre eso. Sobre los signos del futuro y cómo leerlos. Es una pregunta maravillosa. Y hay que pensar en ella. Hay que pensar en cómo lograr que nuestro desperdicio nuclear se quede enterrado. Si pones demasiados símbolos encima, puede despertar la curiosidad de alguien. No hay un catálogo común de signos en varias culturas en este momento. No hay un catálogo común de signos y gestos en la historia. ¿Cómo crear signos comunes para el futuro? Es una pregunta fascinante y la estoy persiguiendo.
Kenneth Goldsmith, un profesor de literatura, le dice a sus alumnos que ya no quiere hacer más textos porque se han producido demasiadas palabras impresas. ¿Crees que es ético seguir produciendo imágenes el día de hoy?
Claro que es importante producir imágenes. Eso siempre va a estar en nosotros. Deja que un profesor de literatura diga algo con lo que jamás voy a estar de acuerdo. Le vamos a demostrar que está equivocado. Necesitamos nuevas imágenes, nuevos textos, somos seres humanos y seguiremos siéndolo. Todo lo demás es teoría seca.
Del otro lado de la pregunta, por la proliferación de medios audiovisuales, ¿crees que las imágenes han perdido algo de su poder?
Bueno, es una cuestión de elección, ¿no crees? Por ejemplo, mi elección es no tener celular. No porque sea nostálgico, sino porque tomo esa elección cultural. Tú tienes esa elección también. Por supuesto que estoy bombardeado por olas de imágenes que vienen de Tik Tok, de Youtube, de donde sea. Y no me molesta. No me molesta porque hago mis propias elecciones, tomo elecciones educadas y elijo no ver esas imágenes. Tienes que aprender cómo lidiar con esta nueva inundación de imágenes. Es lo mismo que cuando aprendimos a lidiar con la televisión. La televisión se convirtió en algo demasiado poderoso a partir de los años sesenta. Hoy en día, a nadie le importa mucho la televisión.
¿Crees que el cine puede cambiar el mundo?
No. Los micrófonos, los altoparlantes, los oradores son los que cambian al mundo. Las armas cambian al mundo. El cine no cambia al mundo. Tampoco es su tarea. Pero el cine, en sus mejores expresiones, puede cambiar perspectivas fundamentales. Y eso es algo importante. Creo que mis películas, en cierto sentido, pueden cambiar perspectivas. A pesar de que, en sí, yo sé que no tienen ningún poder. ~