Bastante paraíso XX. La casa junto al mar

En la casa había una estantería de obra y una chimenea, vi enseguida el cartel francés de La fiera de mi niña, mi película favorita, una de ellas, al menos.
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La casa estaba en uno de los primeros sitios que quise visitar; un restaurante frente a la playa, pero con algo silvestre. Recuerdo todas las veces que he comido allí: la primera, mi novio, nuestros hijos y yo; la segunda, con dos familias amigas; la tercera, con mi amiga Almudena. ¡Un rodaballo buenísimo! Pensaba en esas tres veces –puede que haya alguna más–  mientras saludábamos al comercial de la inmobiliaria, esos apretones de manos que siempre me hacen sentir un poco impostora. También me acordé de que la segunda vez que comimos ahí me pregunté de quién serían esas casas de dos plantas, todas igualitas, todas con el mismo acabado en la fachada que el bar. En la casa había una estantería de obra y una chimenea, vi enseguida el cartel francés de La fiera de mi niña, mi película favorita, una de ellas, al menos. L’impossible monsieur bébé, Bringing up baby en el original. Debajo del cartel, había cuatro libros, y uno de ellos eran los cuentos completos de Mercè Rodoreda en catalán. Recorrimos la casa, subimos al piso de arriba, abrimos puertas aquí y allí, armarios empotrados, etc. Otro cartel de una película casi favorita: El graduado. La vi tarde porque, no sé de dónde había sacado eso, pensaba que era una película aburrida –¿quizá la había oteado de muy pequeña?, ¿quizá a mis padres les parecía aburrida y yo me había quedado con eso?–, y cuando la vi me reí mucho, me pareció chulísima y todos guapísimos. Y como pienso que igual pensaba que era aburrida porque la había visto demasiado pronto, no me atrevo a verla con mis hijos aún. No como La fiera de mi niña, que la hemos visto un montón de veces y nos encanta, y además les digo que el chico, Cary Grant, se llama David, como su padre, y lleva gafas, ¡como su padre! Imitamos a Katharine Hepburn andando con un tacón roto. También se rompe el vestido y está el lío de los bolsos, y de los coches, y hay un guepardo, claro, y un esqueleto de un dinosaurio enorme. ¡Es la mejor película del mundo! 

Se ve el mar desde todas las ventanas de la casa. No preguntamos si la chimenea funcionaba. Preguntamos otras cosas más importantes y la respuesta que nos dio el comercial no se correspondía con la verdad. ¿Quién lo iba a decir? ¿Un comercial ocultando lo malo? ¿Si entre tanto nos había hablado de sus cuatro hijos, dos adolescentes y dos pequeños? ¿Serían todos con la misma mujer, como mis padres, hijos en tandas, o con distintas madres?

La primera vez que estuvimos ahí era nuestra primera excursión a otra playa. Hacía frío para bañarse, pero los niños estuvieron jugueteando por las rocas, buscando cangrejos. Pensaba que nos íbamos a caer porque las algas lo hacían todo resbaladizo. Solo me caí yo. Hay una mimosa que te recibe cuando llegas a la playa. Una mimosa enorme, la zona está llena de mimosas, pero no consigo percibir el olor. Me recuerdo comprando ramas de mimosa en Madrid y en Zaragoza para que llenaran la casa con su olor. Siempre pienso en Rafael Berrio cuando empiezan a florecer porque una vez hablamos de mimosas. Ahora arranco ramas de mimosa, ahora sé que es un tipo de acacia y que se considera especie invasora, las llevo a casa pero no huelen. No me importa demasiado, sigo cogiendo ramas. 

La misma tarde del día en que firmamos la compraventa de la casa, después de que el de la inmobiliaria nos trajera las llaves que había olvidado llevar a la firma en la que él ejercía como apoderado de los vendedores, empezamos la obra. Iba a ser poca cosa, pensábamos, sobre todo, comparado con la reconstrucción de una casa tras un incendio, supongo. Los niños correteaban por ahí y mi novio me dio una maza para que golpeara las baldas de la estantería de obra hasta derribarlas. Cayeron con facilidad y me desahogué bastante. Luego él se puso a tirar algún murete. Tirar es lo más fácil, decía. Y yo pensaba que sí o sí, es el momento de leer a May Sarton, La casa junto al mar. Pensé en Mary Oliver, que también se construyó una casa con material que iba recogiendo aquí y allí. Uso Devociones. Poesía reunida para elevar mi ordenador en las conexiones en la radio que ahora se hacen también con imagen. Mi novio dice que hay que pensar dónde pondremos en la casa mi set, como lo llama. El mar junto al que está la casa tiene una enorme pradera de posidonia, por eso el agua es transparente. 


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