Casa Rorty LXVI. Modernidad y natalidad

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Aunque parezca mentira, solo han pasado 58 años desde la publicación de The population bomb, libro de Paul Ehrlich que llegó a vender más de dos millones de ejemplares anunciando la inevitabilidad de una catástrofe de cuño malthusiano: a la vista del crecimiento global de la población, una devastadora hambruna terminaría por producirse; solo la limitación coercitiva de la natalidad podía salvar a la humanidad de un triste destino. Apenas cuatro años después apareció el famoso informe al Club de Roma sobre los límites del crecimiento y la crisis del petróleo causada por la Guerra del Yom Kipur parecía confirmar el vaticinio de quienes apostaban por el colapso civilizatorio. De ahí que la década de los setenta abundase en ficciones apocalípticas que ocasionalmente –como en Soylent green, la película de Richard Fleischer– condenaba a los seres humanos a alimentarse de sus semejantes. Y tal vez no sea casualidad que el Partido Comunista Chino, que bajo el liderazgo de Mao había intentado dar un Gran Salto Adelante que se saldó –allí sí– con una hambruna espeluznante, reavivando con ello los temores malthusianos de la intelligentsia occidental, estableciese su política de hijo único en el año 1980.

Medio siglo más tarde, al régimen chino le preocupa lo contrario: que la caída en picado de la natalidad conduzca a una China despoblada. Su fertilidad está hoy entre las más bajas del planeta: las mujeres chinas tienen un hijo de media a lo largo de su vida; todavía en 2017 la tasa era de un 1.8. Si esta tendencia se mantiene, el país podría pasar de 1.400.000 habitantes a solo 639 millones a final de siglo. Pero es un fantasma que recorre el mundo entero: el fantasma de una despoblación sin precedentes –grandes pandemias del pasado remoto al margen– y sobre cuyos potenciales efectos negativos apenas hemos empezado a reflexionar en los últimos años. Ya hemos tardado: la creencia de que la población mundial no haría más que crecer, heredada de las décadas de los 70 y 80, ha demostrado ser insidiosa. Despertamos finalmente a una realidad que algunos expertos llevan años señalando: la tasa de natalidad está descendiendo rápidamente en casi todo el mundo y no solamente en los países pertenecientes a eso que solía llamarse Primer Mundo.

Baste decir que el 71% de la población mundial vive ahora en países que no alcanzan la tasa de reposición, tradicionalmente fijada en 2,1 hijos por mujer… bajo el supuesto de que todas las mujeres serían madres. Tal como ha señalado el economista español Jesús Fernández-Villaverde, sin embargo, el aumento del número de mujeres que no llegan a ser madres, que puede rondar el 20%, exige recalcular la tasa de reemplazo y situarla en torno al 2,6. Hete aquí que la tasa de natalidad es baja en Brasil (1,6), Estados Unidos (1,62) o Corea del Sur (1), así como desde luego en Japón (1,15), España (1,10) y Alemania (1,35). Y aunque es algo más alta en Francia (1,56) o la India (1,9, donde no obstante hay regiones como Bengala Occidental o Kerala situadas ya en el 1,3), también aquí estamos lejos de la tasa de reemplazo y no digamos de la tasa actualizada de reemplazo. Solo en el África subsahariana –en países como Níger (5,79) o el Congo (5,9)– siguen naciendo muchos niños; mas incluso un país como Egipto ha descendido a los 2,41 niños por mujer. Hay alguna excepción, pero siempre en el marco de una tendencia descendente: Indonesia estaba en 5,59 en 1965 y ahora ronda el 2,1; Senegal ha pasado de los 7 niños por mujer en 1960 a los 3,8 de la actualidad. Miremos donde miremos, el paisaje es similar: Irán está en 1,35, Argentina en 1,5, Canadá en 1,25, Australia en 1,48.

Tal es justamente la premisa de la que partía John Burn-Murdoch en el resonante artículo que publicó sobre el tema en Financial Times hace unas semanas: “Los países con ingresos bajos y medianos están envejeciendo antes de hacerse ricos.” Pensábamos que solamente los países ricos dejaban de tener hijos, esto es, que el descenso de la fertilidad era un efecto de la abundancia material y los cambios de vida que esta trae consigo. ¿Por qué tenemos muchos menos hijos que antes? Y, sobre todo, ¿por qué esto sucede en todas partes? Para el joven periodista británico, la clave reside en que la gente tiene menos hijos de los que dice desear:

La mayoría de los jóvenes de ambos sexos afirman querer dos hijos –incluso en Corea del Sur, donde la mayor parte de las mujeres no tiene ninguno. Hay así una brecha de fertilidad entre deseos y resultados, que obedece a fricciones y frustraciones que tienen mucho que ver con los estilos de vida modernos, lo que incluye a nuestras viviendas y en proporción creciente a nuestros teléfonos.

Para el autor, el declive global de la natalidad obedece al hecho de que se forman menos parejas que antes. Y eso, a su vez, se debe a dificultades materiales tales como la inasequibilidad de la vivienda o la precariedad del empleo. Sin embargo, añade, el descenso de la fertilidad coincide con la adopción masiva del smartphone: ¿no habrá un vínculo entre conectividad digital y desconexión amorosa? Para la demógrafa Anna Rotkirch, el tiempo que pasamos en las redes sociales es tiempo que no pasamos socializando con el otro sexo; para su colega Lyman Stone, los estándares que nos marcamos para elegir a un potencial cónyuge no vienen marcados por la experiencia en el mundo real, sino que derivan de un mundo virtual que genera expectativas irrealizables. Burn-Murdoch está de acuerdo: el problema son los teléfonos. Tiene su lógica: si tienen la culpa de todo, ¿por qué no van a tenerla también de la crisis de la natalidad?

En una entrada reciente de su Substack, el también joven periodista –norteamericano– Derek Thompson se hacía eco del artículo de Burn-Murdoch y optaba por una respuesta menos tajante. A su juicio, es preferible considerar la multiplicidad de factores en juego: ni el fenómeno de la baja natalidad es del todo nuevo, pues refleja una tendencia que comienza a manifestarse el siglo pasado, ni podemos olvidarnos de la mayor educación de la mujer, la difusión de los métodos anticonceptivos o el avance del feminismo. Y lo mismo cree Fernández-Villaverde, reconocido experto mundial en la materia, para quien los smartphones no pueden explicar el declive de la fertilidad. ¡Correlación no es causación! Fernández-Villaverde  recuerda que el primer gran descenso de la fertilidad en los países ricos –cuando las mujeres pasan de 6 o 7 hijos a solo 1,8– se produce entre comienzos del siglo XIX y 1970, o sea en ausencia de teléfonos inteligentes. Las principales causas del mismo fueron la drástica reducción de la mortalidad infantil y la industrialización de la economía. En los años 80, por lo demás, aparece un nuevo patrón: Japón e Italia vieron cómo su fertilidad se desplomaba y pronto les siguieron las demás economías avanzadas. Singularidades nacionales aparte, las causas son comunes: secularización, incremento de la educación, disolución de redes comunitarias, encarecimiento de la vivienda y giro a una economía de servicios donde la mujer gana poder de negociación dentro de su familia. ¿Y el teléfono? Sostiene Fernández-Villaverde.

El efecto directo de los smartphones no es cero, pero tampoco es tan fuerte en sí mismo. Las redes sociales en general, y los smartphones en particular, cuentan sobre todo en la difusión de las normas sociales; lo que antes hubiera llevado veinticinco años, ahora sucede en diez. Las redes sociales no son la causa del declive de la fertilidad: la causa es la modernidad. Pero son un acelerador muy veloz.

Por modernidad, advierte el autor, no hay que entender capitalismo; aunque el capitalismo sea parte de la modernidad. Porque también es –¿fue?– moderno el socialismo y, de hecho, la tasa de natalidad cayó antes en los países comunistas que en los capitalistas. No: modernidad significa organización racional de la sociedad sobre la base de sistemas de gran escala y conocimiento formalizado. Es una definición que, como puede comprobarse, deja fuera el gobierno democrático; este puede darse (USA) o no darse (China) en una sociedad moderna. Bajo estas condiciones, advierte Fernández-Villaverde, una fertilidad situada por debajo de la tasa de reposición  se convertirá –si no lo es ya– en la “nueva nueva normalidad”. Y haremos bien en tratar de adaptarnos a esta situación inédita.

Bien está. Identificar correctamente los factores que causan la crisis de natalidad –que junto al aumento de la longevidad explica el cambio demográfico en marcha– es importante por una sencilla razón: si nos equivocamos con el diagnóstico, lo haremos asimismo con las soluciones. Y dada la magnitud potencial de los efectos negativos de una despoblación acelerada, convendría acertar en vez de equivocarse. Ahí tenemos el debate español en torno a la inmigración masiva, que suele justificarse por razones económicas y demográficas: los inmigrantes hacen crecer la economía y rejuvenecen la sociedad. Siendo cierto lo primero, pese a que no todas las inmigraciones son iguales y el PIB español crece cuantitativamente sin mejora de su productividad, lo segundo no está nada claro; un informe reciente de Funcas –firmado por Héctor Cebolla y María Miyar– advertía sobre el envejecimiento gradual de la población inmigrante: entre 2021 y 2025, el número de los mayores de 54 años creció un 42% (frente a un 25% de los situados entre los 25 y los 54 años), lo que en la práctica supone recibir a 615.000 personas que pronto –si no ya– serán acreedores de prestaciones públicas en materia de sanidad o dependencia. Los autores son claros:

Este estudio concluye que la inmigración no constituye una solución al desajuste demográfico español. Antes bien, es solo un mecanismo temporal de amortiguación que opera con intensidad decreciente y bajo condiciones cada vez más exigentes.

Al igual que sucede con  la inmigración, la natalidad no es un aspecto de la realidad social que se deje controlar fácilmente por el poder público; ni siquiera un régimen autoritario puede provocar fácilmente su incremento, que es algo muy distinto –ya hemos mencionado la política china del hijo único– a procurar su reducción por medios coercitivos. En los últimos años, las políticas natalistas de gobiernos como el polaco o el húngaro han servido de poco; dar dinero a las parejas jóvenes se ha demostrado ineficaz. Tampoco parece que aumentar el IVA de los preservativos, como han hecho en China, sea de ayuda. Aquellos para quienes el problema reside en el debilitamiento de la religiosidad, bien pueden esperar sentados a que la secularización dé marcha atrás. Y ni que decir tiene que la propuesta de “desinventar” los smartphones tiene poco recorrido, máxime cuando los países que –como Australia– se han decidido a prohibir su empleo lo han hecho pensando en unos adolescentes que no están pensando en casarse ni tener hijos.

Digamos entonces que atribuir a los smartphones –aun entendiendo que decir smartphone es decir hiperconectividad digital– el declive de la fertilidad humana es una exageración que tiene funciones consoladoras. A cambio, tiene sentido pensar en los teléfonos como rápidos difusores de normas y expectativas sociales a nivel global, lo que de manera crucial incluye ideales morales y estilos de vida; el smartphone constituye la más potente herramienta de que jamás ha gozado la globalización en el plano perceptivo y emocional. Pero irá demasiado lejos quien deduzca de ahí que son esos mismos teléfonos los que obstaculizan la formación de parejas e impiden la creación de familias. Y no solo porque el descenso de la natalidad precede con mucho a la digitalización, sino por la debilidad de semejante hipótesis causal. Que pasemos más tiempo online no significa que ya no pasemos ningún tiempo offline: la gente de todas las edades sigue quedando para salir y las redes sociales no han eliminado la atracción entre los sexos, aunque ciertamente proporcionen formas nuevas de entretenimiento para quien decide quedarse en casa.

Por otro lado, quizá no haya que tomarse tan al pie de la letra la respuesta que dan los individuos alrededor del mundo cuando afirman que desearían tener dos hijos –la famosa parejita– cuando muchos de ellos acaban por no tener ninguno. ¡Hablar es gratis! Los problemas que plantean las preferencias así expresadas son bien conocidas, ya que se formula un deseo abstracto que acaso tampoco se realizaría si los obstáculos materiales tan frecuentemente alegados por los implicados fueran removidos por un Estado benéfico. De nuevo, se corre el riesgo de presuponer que la abundancia material provocaría una mayor fertilidad, cuando ya se ha constatado que el enriquecimiento general de las sociedades humanas ha producido de facto su descenso. Sin desdeñar del todo la posible influencia de tales factores, hay que poner el acento en los cambios culturales que modifican por completo el ambiente en el que se toman las decisiones vitales. Por añadidura, las normas culturales viajan fácilmente a través de la red, difundiéndose entre sociedades muy distintas –¿o quizá ya no tanto?– entre sí. Ahí es donde hemos de buscar la razón principal del desplome global de la fertilidad.

Es una razón muy sencilla, a saber: la emancipación de la mujer. O, si se quiere, la emancipación de la mujer y sus innumerables consecuencias, que se suceden entre sí como se derrumba el proverbial castillo de naipes. Y da igual cuáles sean las causas de la emancipación de la mujer, ya que sus consecuencias serán las mismas nos pongamos o no de acuerdo sobre las primeras. Pero diría que tampoco es tan difícil arrojar luz sobre el asunto: la Ilustración radicaliza el postulado igualitario latente en el cristianismo y el feminismo demandará que esa igualdad se aplique a los dos sexos por elementales razones de coherencia moral. Súmese a ello el general proceso de destradicionalización que trae consigo la modernidad: la comunidad deja paso a la sociedad, la religiosidad pierde a buena parte de sus practicantes, el campo se vacía mientras se llenan las ciudades, la economía se “espiritualiza” con el auge de los servicios, las naciones se globalizan y el colectivismo es derrotado por el individualismo. La rigidez moral de la preguerra será contestada por los nuevos movimientos sociales y la contracultura: la primacía de la familia como deber social deja paso al imperativo de vivir libremente la propia vida. Huelga decir que ese colosal proceso de transformación es susceptible de infinitas redescripciones y valoraciones.

¿Y de qué se emancipa la mujer? Pues de las normas tradicionales que fijaban su papel en la vida social y lo limitaban –pese a excepciones tempranas y cada vez más abundantes– al de esposa y madre en el marco de un matrimonio jurídicamente indisoluble donde el hombre cumplía la función de proveedor de bienes materiales; recordemos que la prohibición del sexo premarital –excluyendo el frecuente recurso a la prostitución– conducía a enlaces tempranos y a una pronta y abundante descendencia. Para la mayoría, la vida consistía en una lucha permanente por sacar adelante a los hijos: se luchaba en la casa y en la calle. Cuando la mujer pasa a decidir cómo quiere vivir su vida, descubrirá que ello requiere disponer de medios propios de subsistencia, lo que determina su plena incorporación al mundo del trabajo y la asimilación también gradual de los valores asociados al mismo (Mary Wollstonecraft había defendido en su momento la idea de que una mujer solo podía ser una buena madre si era económicamente independiente de su marido). Una mujer que desea hacer carrera profesional y trabaja a tiempo completo retrasará la decisión sobre la maternidad y, probablemente, querrá menos hijos; la crianza se complica cuando todo el mundo quiere –o debe– trabajar.

Simultáneamente, la economía de consumo de masas proporciona nuevas nociones de lo que significa vivir una vida plena; el matrimonio temprano pasa a considerarse una trampa para ingenuos y los hijos se convierten en un riesgo para la realización personal: si se tienen, han de tenerse en el momento justo; ni antes, ni después. Y aunque hay un feminismo maternalista que celebra la singularidad biológica de la mujer y vincula la crianza con virtudes “relacionales” tales como el cuidado o la cercanía con la naturaleza, no han faltado las pensadoras que –como Charlotte Gilman– subrayaban la pérdida de autonomía personal y solvencia económica que los hijos infligen –o pueden infligir– a la mujer. Por otro lado, el matrimonio deja de ser una obligación y quien lo contrae puede disolverlo sin necesidad de alegar causas mayores: pasar seis semanas en Reno ya era suficiente en la Norteamérica de los años 30 y 40. Por añadidura, el sexo se liberaliza, sobre todo tras la comercialización de la píldora anticonceptiva; puede que la monogamia sea destino, pero pocos tienen prisa por alcanzarlo.

Es patente que el matrimonio y sus equivalentes –parejas de hecho o emparejamientos sin papeles– no han desaparecido: vivir a la intemperie sigue teniendo unos costes que la estabilidad monogámica, tediosa o armónica, permite evitar. Pero resulta evidente que la institución matrimonial se ha debilitado y que la propia formación de parejas exitosas –o sea duraderas– ha dejado de ser norma. Las razones son variadas: la mujer tiene más libertad que antes para poner fin a una relación insatisfactoria, porque tiene más independencia económica; la existencia de una puerta de salida disminuye la tolerancia al fracaso y el hecho mismo de la separación se ha normalizado socialmente, hasta el punto de que las relaciones muy largas son contempladas con perplejidad o extrañeza; el general dinamismo del mercado amoroso crea incentivos para la separación y recomposición posterior de los miembros de la pareja. Y que la vida quiera vivirse sin hipotecas durante una juventud que hoy es más larga que antes entorpece la formación de parejas orientadas a la reproducción: cuando uno empieza a buscar en serio, quizá sea tarde o no encuentra ya fácilmente a la persona apropiada. Máxime ahora que la mujer tiene más éxito académico que el hombre –triste protagonista del fracaso escolar– y no todas ellas están dispuestas a aceptar eso que ha venido en llamarse emparejamiento “hipogámico”, aquel en el que la mujer tiene más nivel educativo o económico que el hombre.

En los últimos años, para colmo, el ascenso del feminismo radical –más o menos vinculado al activismo woke pese a su larga tradición propia– ha venido a dificultar aún más la gestación de la pareja duradera: el postulado según el cual el hombre es un explotador machista y un potencial violador, además de una criatura inferior en razón de su menor sensibilidad o agudeza, no ha podido sino enrarecer el aire que respiramos. Porque el fomento de la enemistad entre los sexos incrementa la desconfianza entre sus miembros; y sin confianza no es posible saltar al vacío para formar una pareja y fundar una familia. Que los hombres tengan las de perder en caso de divorcio con hijos, económicamente hablando, tampoco ayuda; la posibilidad de desclasamiento asociada a la ruptura familiar puede desanimar a quien no las tiene todas consigo. Por último, alguien tendrá que investigar si la deseable implicación del padre en la crianza y el aumento de los deberes asociados a ella –actividades extraescolares, implicación en la escuela, inserción en grupos de whatsapp con otras decenas de padres– no funciona como barrera insalvable para los que están menos persuadidos de la conveniencia de reproducirse.

Todo resta y casi nada suma. Huelga decir que el ejercicio igualitario de la autonomía personal no tendría por qué causar un impacto negativo en la fertilidad global, pues nada nos impide otorgar prioridad a la formación de una familia. Pero es un hecho que son hoy muchos quienes deciden tener pocos hijos o no tener ninguno y que la globalización de las normas culturales propias de la modernidad occidental llegan hoy rápidamente al mundo entero. Y aunque no puede decirse que el resultado de todo ello sea el desorden social, es innegable que el subsistema amoroso sí se ha desordenado –menos matrimonios, mayor proporción de divorcios, más soledad– y que el orden social resultante nada se parece a aquel que en el pasado promovieron tradicionalistas y revolucionarios… una vez que la revolución hubo terminado y tocaba dar el paso a una nueva normalidad basada en la familia y el trabajo, a lo que se sumaban el partido o la iglesia –si no son lo mismo– según los casos.

En definitiva: los smartphones no han causado el desplome global de la natalidad, ya que no tienen la culpa de que las mujeres se hayan emancipado del rol que la tradición –resultante a su vez de la división “natural” del trabajo bajo condiciones de escasez— le asignaba. Ya no se definen como esposas y madres, sino como mujeres que pueden ser esposas o madres. Hay quienes aducen que este script vital las está haciendo más infelices; otros dicen lo contrario. Pero da igual: ese genio no volverá a la botella. Y por eso cabe descartar que un repunte significativo de la natalidad esté aguardándonos a la vuelta de la esquina: más nos vale ir preparando la transición hacia un mundo más envejecido y menos poblado.


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