La devoción en el cine ya es poco frecuente. Me refiero a la capacidad de las imágenes de conmover por sí mismas, no por el tema que retratan, su pertinencia o su función utilitaria de servir como ejemplo de algo. A veces lo que despierta el fervor es el encuadre, el recorte, el acomodo o la disposición de los elementos en su interior. También el color. Pensemos en Rothko o Alberto Burri. Las imágenes del cine, por supuesto, también son cuestión de tiempo, de duración y ordenamiento.
En Tardes de soledad (2024), Albert Serra induce al espectador a la danza de las imágenes, devoción que el director catalán logra, entre otras estrategias, demorándose en los planos. En ellos no hay prisa, tampoco la emulación del ritmo frenético de las nuevas narrativas, sino una contención en sus propios elementos. Forma pura. Por ejemplo, la imagen de una virgen que llora lágrimas que brillan, vista desde la abertura de las piernas de un torero vestido de luces. O la pose estatuaria de este, que gira rápido y lento, que arranca y obtiene del fondo rojo del ruedo más carmín.
Como en el primer cine, se trata de un rostro –escuchen a Norma Desmond, que algo sabía de la expresión hecha de luz en la oscuridad: “no necesitábamos diálogo. ¡Teníamos caras!”– que es capaz de servir de pantalla que proyecta lo infantil y lo severo, el fervor y lo brutal, la indefensión y la arrogancia, la inocencia y la sexualidad. Es el rostro de Andrés Roca Rey, torero peruano, que Serra sigue en su película, un documental sui generis, igual de estilizado que su protagonista.
Pero hay otra cosa, algo más contemporáneo que no está solamente en el rostro y que echa mano de una idea principal de esta época de reivindicaciones, de renuncia y denuncia: poner el cuerpo, que supone un compromiso profundo con una causa, a nivel físico, emocional y sobre todo político. La figura del torero, que se juega la vida con el toro en la faena, denostada por el movimiento animalista, encarna esta idea de involucramiento, de fidelidad y deber, de arriesgue, al extremo.
Es, evidentemente, una provocación por parte de Serra, a quien no se le escapa que la tauromaquia es un mito que se extingue como la luz de una veladora que, poco a poco, se queda sin cera, envuelto en polémicas, donde la belleza reviste la tragedia, el sacrificio y la brutalidad por la gracia de la representación. El director catalán está más interesado en ellas, en la línea y las figuras de la imagen, que en las diatribas taurinas y el maltrato animal. Por otro lado, con Tardes de soledad hace, si no una declaración, un comentario sobre la cancelación a ultranza y el viejo pero insistente debate entre ética y estética en el arte.
Tal como lo filma el director, Roca Rey está completamente entregado a su quehacer, lo cual implica abandono y soledad, aun cuando lo rodea un equipo que procura cada uno de sus pasos por las diferentes plazas de España que recorre. Fuera del ruedo, en el hotel donde se prepara antes de la corrida, le calzan el traje de luces con meticulosidad, sensualidad y rigidez por partes iguales; besa sus imágenes, reza, se encomienda a la Virgen de la Estrella de Sevilla. Un espejo, su desnudez parcial, una mancha de color frío de la ropa de quien lo asiste y que resalta del ambiente cálido y reservado. La composición es hipnótica. En la camioneta que lo transporta, va en trance, la cámara directamente en su rostro, pide un caramelo y en lugar de comerlo como niño, se toma su tiempo, lo pasea por su boca lentamente; aunque se nota que ve su reflejo, su mirada está fuera de campo, en sus adentros, puesta probablemente en el toro.
Dentro de la plaza, su cara aniñada se transfigura. Como Julianne Moore, un rostro que es forma pura, contorsiona su cara y casi hace malabares con ella, se vuelve otro. La elegante línea de su cuerpo, su mayor artificio, se contiene y empuja hacia adelante. Roca Rey sabe seducir a la audiencia, su altivez es casi admirable. No en balde el peruano ha sido comparado con Messi. Sonidos guturales, pequeños saltos, éxtasis casi sexual en su encuentro con la bestia. Pero como diría Charol, que cita a Brahms y el Eclesiastés, la bestia debe morir.
En el prólogo de la película, Serra se acerca al toro. Es de noche y con la iluminación tiene un tono verdoso, resplandece en su inescrutable magnificencia. Parece expresar algo con sus mugidos. Si el espectador queda hipnotizado por las imágenes es porque se trata de una representación a cabalidad, de imágenes cautivadoras. La tauromaquia siempre envolvió la barbarie en belleza. Los colores rojo y amarillo de los trajes de Roca Rey contrastan con los ocres de la tierra que levanta el toro y que empolva la imagen, de él mana la sangre espesa y caliente que tiñe su propia piel, el ajuar del torero y también su cara y sus manos.
Con Roca Rey, Serra encontró casi un alter ego. Altivo, el torero es la contraparte del Miguelín de El momento de la verdad (1965), la película de Francesco Rosi que es el antecedente directo de Tardes de soledad. El italiano encontró en Miguel Mateo Miguelín al protagonista ideal de su película, que mezcla elementos documentales con ficción. Inspirado en el desempleo en España, Rosi buscaba a un hombre joven que tuviera todavía la inocencia de quien quiere triunfar, un rostro bello pero humilde. A diferencia de Miguelín, que en su día solía romper los códigos –por ejemplo, salir con saco y camisa al ruedo–, Roca Rey sigue el canon, es fiel a las formas, algo difícil de sostener actualmente, lo cual parece fascinar a su director.
Serra ha evitado filmar Tardes de soledad como si los toros fueran un concierto o un evento turístico, devolviéndole dignidad a la ceremonia. Se ve poco el público, en realidad se escucha, y el lenguaje del cine cumple su promesa, generar la sensación del contacto directo con lo que se filma, sin ahorrarse los detalles brutales. La película –y el gran cine en general– no es un medio informativo que, por ejemplo, desenfoca o difumina lo que considera obsceno u ofensivo. El catalán sabe muy bien que, conforme al presente, está toreando a quienes exigen que el cine –y el arte– apoye la corrección política y que acompañe y sea motivo de consignas sociales.
Tardes de soledad es un ejercicio de estilo que no es, ni siquiera sutilmente, servil hacia una idea o un tema. No es una tribuna acerca de nada. Sus imágenes existen por sí mismas, por la fuerza y la astucia de su composición. No son ilustraciones, sus imágenes son bellas en su potencia y logran algo muy difícil, fijarse. Hay pocas películas así, que se definen por la forma. En el rostro y el cuerpo de Andrés Roca Rey Serra halló una serie de formas dignas de enmarcar, un recorte devocional conmovedor que reflexiona sobre la capacidad de representación del cine, todavía activa. ~