Me pongo a leer las cartas y postales que se escribieron, entre la primavera de 1987 y la de 1990, los poetas Carlos Edmundo de Ory y Rafael Pérez Estrada. Las ha publicado hace poco la editorial Mixtura con el título eléctrico de Entre el impacto y la electrocución. Esa especie de rayo se desencadenó entre los dos polos de las ciudades donde vivían −en Amiens Ory, en Málaga Pérez Estrada−, y es una imagen extraída de una de las cartas del segundo (“La admiración […] está entre el impacto y la electrocución”). De admiración están llenas las cartas −aunque, como canta Battiato en Il mito dell’amore, “lo que te une, te dividirá”; si eso es verdad lo veremos un poco más adelante−, y también de dibujos, collages, versos, asociaciones chocantes, versos disparatados y, en fin, de toda clase de imágenes plásticas y verbales, que parecen como ramilletes de flores cósmicas recién recogidas que los poetas se ofrecen mutuamente como regalo.
Las cartas están reproducidas facsimilarmente en la segunda mitad del volumen. Son muy bonitas, llenas de curiosidades. Muchas están escritas a máquina, y se detectan los dejes de cada aparato, como las tildes que percuten con más fuerza en el papel, o el borrado de la letra corregida que se distingue debajo de la definitiva. Ory escribe de vez en cuando en papel de colores muy saturados, naranja o fucsia. La letra de Estrada comparte el trazo limpio y musical con sus dibujos de estrellas, mujeres, animales. Se adivina que Estrada debía de disponer de una buena colección de estampas antiguas, con las que decora muchas de sus cartas y que le sirven para desarrollar algunos de sus característicos dibujos.
El libro lleva también un epílogo de Salvador García Fernández, director de la Fundación Carlos Edmundo Ory, que está en Cádiz y que conserva las cartas. Cuando García Fernández recibió el encargo de escribir un artículo para la revista El Maquinista de la Generación, abrió la caja donde se guardaban las cartas. Entre ellas había un escrito de Ory con indicaciones sobre la manera idónea de publicarlas en forma de libro. De las cartas de Pérez Estrada dice Ory que son “muy hermosas, bonitas, elegantes, como primores del buen gusto y la gracia del poeta malagueño”. El libro debía ir introducido por un texto titulado “Prosa sobre la amistad”, pero el texto no estaba por ningún lado. Dado que Ory era muy cuidadoso con sus papeles, es probable que no le diese tiempo a escribirlo. Lo escribió el propio Salvador García, con ese mismo título, y ahí explica las circunstancias de la amistad entre esos dos poetas que eran “dos niños viejísimos o dos viejos niñísimos”, como dice en una imagen que en este ambiente parece muy natural.
Las cartas no son muchas, pero están tan abigarradas que valen por el triple, aunque no quiero que se tomen por mercancías. La sensación que inspiran, desde las primeras líneas, es la de un ping-pong de fuegos artificiales, como una competición amistosa en la que cada intervención inspira del contrincante, que trata de enrevesar aún más el fresco pintado a medias. Entre las rutilantes orquídeas verbales hay también información, peticiones, consejos, pero la clásica noción de que la poesía es el lenguaje que pretende llamar la atención sobre sí mismo difícilmente encontrará ejemplos más claros que en este despliegue de ingenios.
Es bonito abrirlo al azar, como yo voy a hacer ahora. Primero copiaré la frase, y hay que adivinar quién la escribió: a) “Es monstruoso lo que amamos al unísono algunos seres descabellados”. O b) “Estoy inventando un productor para colorear la luz de las estrellas”. Daré las soluciones en próximos artículos. Y sí que es bonito abrirlo al azar y dejar que la cónica rana irisada te salte a los ojos antes de escaparse, pero es también muy interesante leerlo seguido, como ciñéndose a “la insípida estructura del pensamiento de escalafón español” [RPE], porque entonces empiezan a distinguirse las personalidades, las tendencias, que tan empeñados parecían los corresponsales en ocultar. Por ejemplo, que Rafael Pérez Estrada era abogado es posible adivinarlo a partir de la lectura de estos somormujos cuánticos, pues se le cuelan aquí y allá algunas formas jurídicas y alusiones judiciales (“El nuevo código penal va a castigar severamente el abandono de epistolario”), y a veces quejas por las formas que se suponen rígidas de lo jurídico, entendido como oficinesco o muy formal. La lectura cronológica también permite comprender el malentendido que interrumpió la amistad epistolar. La mayor parte de las cartas las escribe Pérez Estrada, y se dirige a su destinatario en términos muy laudatorios, habla de él muchísimo, le expresa su devoción, hace muchos juegos de palabras con el apellido Ory y el elemento oro, y Carlos Edmundo participa en el juego de proyectar fantásticas imágenes, hasta que en una de las cartas le pide que deje de alabarlo tanto y dice que él no es ningún duque sino un matarife y un tabernero, y además califica las cartas de su amigo de “histéricas” e “histriónicas”. No recibe repuesta. Pérez Estrada debió de quedarse helado. Quizá lo más chocante sea que el tono de esa carta, o al menos de ese párrafo, no es tan florido como el resto de la correspondencia, lo que indica la verdadera suspensión del juego. Hay una última carta de Ory en que le aclara a Estrada que no tuvo intención de ofensa, que todo formaba parte del mismo juego, pero la correspondencia parece interrumpirse. Alivia y alegra leer después que su amistad, aunque ya no por carta, se mantuvo intacta y cálida; Salvador García lo averigua y lo cuenta en el epílogo.
Y algo también muy interesante que permite la lectura seguida es detectar patrones en sus cartas, lo que se repite en el aparentemente libre flujo de conciencia, lleno de obsesiones o imágenes recurrentes que afloran en estas formas de expresión menos controladas que un poema. Así, llama la atención la cantidad de veces que Ory alude a las manos: manos monomaniacas, cuatro manos de Siva, manos maniáticas y nunca maniatadas, manos sacerdotisas, el manejo de los guantes de tu alma… Es también llamativa la atracción de Estrada por el imaginario del mar: mi sexo de azul mediterráneo, alas de gaviotas, el mar enrolla alfombras de espumas, los más bellos pescadores… También es frecuente en Estrada una especie de cosa sacerdotal, como con solemnidad de cultos antiguos o también católicos (olvidando los siete puñales, con fondo de tambores sagrados del sur, ibas en una silla gestatoria conducido por cuatro históricos cardenales, unicornio rampante y sagrado) que a veces se funde con una visión de una Andalucía como mitológica. Repite Estrada también varias veces una fórmula futura que anticipa el momento verdadero y definitivo de la existencia: algún día te hurtaré el tú y seré un guapo muchacho hablando francés en la biblioteca municipal de Málaga; algún día, cuando llegue el momento de adornar las piedras incólumes, yo grabaré tu nombre; algún día me harás llegar […] la hermosa donación de un diente tuyo; Cádiz sufrirá lo suyo y al fin te ungirá como emperador profano del Atlántico… Y por supuesto, y además de muchas impresionantes imágenes más, hay en estas cartas gran concurrencia de ángeles: inocencia querubínica, el ángel guardián de cada uno es uno mismo, el ángel de la estética declinante…
Es una suerte eléctrica cruzarnos en esta vida con alguien que hable nuestro idioma.