¿Qué vemos en las palabras?

Al leer, algunas personas dicen hacerse películas en la cabeza. Para otras, las palabras son solo palabras.
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El cine es una omnipresencia en la mente de muchas personas. Para elogiar cierto pasaje de alguna novela, no falta quien diga que es muy “cinematográfico”, cediéndole a la pantalla lo que podría estar en la imaginación. Me consta que antes de 1890 nadie elogió una novela con semejante adjetivo. Y mejor pregunto a un etimólogo si la palabra se construyó correctamente, si se trata de grafos en movimiento.

Esta semana escuché a una persona decir que, mientras leía, se iba haciendo la película de lo narrado en la cabeza. Sospecho que se trata de un despropósito. La lectura de una novela no avanza si constantemente estamos haciendo kinoimágenes en la cabeza. El cerebro es tan lúcido que entiende las palabras sin pasarlas por un traductor de texto a imagen. El cerebro también es tan práctico que no se desgasta creando vestuarios, decorados y escenografías.

Hay pasajes que no invocan imágenes: “Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre”.

Pero aún ahí donde hay algún estímulo visual, me es difícil pensar en una mente montándose imágenes en la cabeza. “El rudimentario laboratorio –sin contar una profusión de cazuelas, embudos, retortas, filtros y coladores– estaba compuesto por un atanor primitivo; una probeta de cristal de cuello largo y angosto, imitación del huevo filosófico, y un destilador construido por los propios gitanos según las descripciones modernas del alambique de tres brazos de María la judía.”

Hay muchos modelos de destiladores, construidos o no por gitanos. Puedo imaginar cualquiera, aunque también puedo pasar por las palabras, sabiendo bien lo que es un destilador sin necesidad de pensar en las formas de tanques, calderas o serpentines, de tal o cual capacidad, si de cobre u otro material si puesto en el suelo o sobre un soporte si…

He leído varias veces Anna Karenina y Madame Bovary, sin tener claro en mi cabeza cómo es Anna o Emma. Nunca, caminando por la calle, me he topado con alguien que se parezca a Ixca Cienfuegos ni a Palinuro de México ni a Demetrio Macías ni a Aureliano Buendía ni a Horacio Oliveira.

Como no he visto ninguna de las tres películas, puedo leer Pedro Páramo sin meterme el retrato de ningún actor en la cabeza.

Cierta vez, un colega cubano me insistió que viera una versión de Don Quijote. Le puse una condición. Si la película comenzaba con una voz en off que dijera “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre…”, entonces apagaríamos la pantalla. La película comenzó precisamente así, y no hay modo de que ese inicio parezca natural en cine. Imposible que apareciera el ama para decir: “Oh, mi señor, estamos en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre cierto narrador no quiere acordarse y usted es un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor…”

La voz en off, además, con guion de Camilo José Cela, le enmienda la plana a Cervantes, cambiando palabras por mor de ese capricho que algunos escritores tienen de traducir el Quijote. En la película, la lanza no está en astillero, sino en perchero; no son duelos con quebrantos, sino huevos con torreznos; no es salpicón, sino guiso de carne pobre.

En tres minutos estuvo apagada la pantalla, y yo quedé contento de leer, no de ver, a don Quijote.

La imagen puede tener un peso que aplaste las palabras. Casi todos tenemos una imagen de Sancho Panza como paticorto; sin embargo leemos en la novela: “Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo que decía: «Sancho Zancas», y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió de poner nombre de «Panza», y de «Zancas»; que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia”. Aunque más allá de estas líneas, Sancho siempre es Panza y nunca Zancas.

Algunas cuantas imágenes me saltan en la lectura de la novela, e incluso las hay que se mueven. Quizás de todo el Quijote, la escena que más me lleva a recrear imágenes en movimiento, es el manteamiento de Sancho.

Repasemos el inicio de El disparo de Argón, de Juan Villoro:

Era de mañana, pero no de día. Un cielo cerrado, artificial. Las cosas aún no ganaban su espesura; intuí a la bailarina en el escaparate, la zapatilla rosácea apuntando hacia el cristal, las pestañas sedosas, los párpados bajos, ajenos a las sombras de la calle. Normalmente, lo primero que veo en San Lorenzo es una explosión de rótulos, cables de luz, ropas encendidas en rojo, verde, anaranjado. Ahora el cielo aplastaba las casas de dos pisos; las azoteas eran miradores a una catástrofe negra y segura.

Toda la prosa está buenamente en su lugar. No hay imágenes, sino palabras que sugieren imágenes, y cada lector llevará la mente hasta donde quiera. Hay cuatro colores. Tres literales y uno metafórico. ¿Nos pasan los colores por la mente o la experiencia nos dice que bien sabemos lo que es cada uno de ellos? ¿Nos detenemos en el rojo? ¿Cuál rojo? ¿El rojo Pantone 032-C o el 18-1663 TCX? Yo puedo decir que ese párrafo lo disfruto en su trayecto por el entendimiento sin un procesador de imágenes.

Ni aún creando imágenes habría algo cinematográfico en la frase “la procesión pasó lentamente frente a mi ventana”, pues más allá de la complejidad de imaginar una procesión, leer tal frase apenas toma un segundo.

En el demoledor final de “Bienvenido, Bob”, de Onetti, me cae el peso de las palabras, no de las imágenes.

Y él acepta; protesta siempre para que yo redoble mis promesas, pero termina por decir que sí, acaba por muequear una sonrisa creyendo que algún día habrá de regresar al mundo de las horas de Bob y queda en paz en medio de sus treinta años, moviéndose sin disgusto ni tropiezo entre los cadáveres pavorosos de las antiguas ambiciones, las formas repulsivas de los sueños que se fueron gastando bajo la presión distraída y constante de tantos miles de pies inevitables.

Thomas Mann surte muchas palabras para decirnos cómo van vestidos sus personajes; por ejemplo, en La montaña mágica:

Clawdia Chauchat había sustituido la blusa de lana, corriente en esos lugares, por un vestido de gala, pero el corte tenía algo de arbitrario, más bien de nacional; era un conjunto claro bordado, provisto de un cinturón de un carácter rústico, ruso, al menos balcánico, tal vez búlgaro, decorado con lentejuelas de oro, y cuyos pliegues profusos daban a su silueta una plenitud particularmente suave, correspondiendo a lo que Settembrini llamaba «su fisonomía tártara», especialmente a sus ojos de «lobo de las estepas».

Ahí hay cierto grado de precisión que el lector no ha de acompañar, pues la lectura continua no permite debatir internamente sobre las diferencias entre un cinturón de apariencia rusa o búlgara o al menos balcánica. Detenernos a imaginar un vestido de gala con algo de arbitrario o nacional, es más trabajo etnográfico que literario.

En mil novelas podemos leer “abrió la puerta”. Se entiende lo que eso significa sin modelarnos una puerta específica. Lo mismo pasa con “se sentó a la mesa” o “se puso los zapatos” y tantas otras.

Usted, amigo lector, no tiene que estar de acuerdo conmigo, pues la literatura es rica porque cada lector tiene su lectura. La mía es muy escasa en imágenes. La suya puede estar repleta de ellas, fijas o en movimiento. Mis pocas imágenes no tienen detalle. Las suyas pueden estar cargadas de ellos. Desconozco si los que ven mucho cine acaben haciéndose películas imaginarias con la prosa. Para los que no vemos cine, las palabras son palabras. ~


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