Es bien conocido que los seres humanos contamos con un instinto que nos permite adquirir nuestras lenguas maternas sin necesidad de una instrucción específica. Hablar es, por ello, un asunto natural, de especie, similar al de desplazarnos de forma bípeda o reconocer rostros con facilidad. Algunos individuos concretos pueden tener problemas con estas acciones cotidianas, pero por lo general son actividades que hacemos sin proponérnoslo, como otros animales aprenden a volar o a cazar de noche.
Hablar en nuestra lengua materna es fácil, por tanto. Otra cosa es hacerlo bien. Los que me conocéis de leerme por aquí ya sabéis que con esto no me refiero a seguir al pie de la letra las normas de una institución como la RAE. Cuando digo hacerlo bien me refiero a algo mucho más profundo: conseguir, con la expresión lingüística, aquello que pretendes, evitar en la medida de lo posible que se malinterpreten tus palabras y entender, más allá de la literalidad del mensaje, lo que el otro intenta expresar. Para todo esto hacen falta años de trabajo individual. En primer lugar, porque es necesario un buen autoconocimiento y una gestión de las emociones para saber qué es exactamente lo que quieres transmitir (el conocido pensar antes de hablar). Pero, además, es necesario contar con instrucción explícita para saber cómo transmitirlo de forma eficaz y para poder comprender adecuadamente al otro. Es decir, hace falta un acercamiento al estudio de la Lingüística para saber de forma técnica como transmitir la información.
Esto, en la vida cotidiana, se puede conseguir a través de píldoras divulgativas y este es uno de los objetivos de los que nos dedicamos a escribir columnas como esta. Sin embargo, en la comunicación política en general y en las relaciones internacionales en particular hace falta algo más. Porque cuando se produce un conflicto en ese ámbito, las consecuencias pueden ser fatales para la vida de millones de personas. Hablar sin pensar y sin medir bien cómo hacerlo, en política, es un acto supremo de irresponsabilidad. Desde este humilde rincón reivindico, por tanto, que las relaciones internacionales salgan de la peligrosa área de las redes sociales y vuelvan al ámbito de la diplomacia, con los profesionales adecuados y los tiempos calmados de una interacción meditada.
Todo profesional de la diplomacia conoce, por ejemplo, la importancia de mantener una imagen social buena de todos los implicados, reconoce los indicios de peligro al respecto y utiliza de forma adecuada las mejores estrategias para evitar el desastre. Además, sabe que esta imagen social es dinámica y que puede contribuir a adaptarla hacia los fines que persigue: un uso inclusivo de los pronombres personales, una utilización eficiente (quirúrgica, si se me permite la expresión) del humor o un conocimiento profundo de las metáforas contextualmente adecuadas.
Por otra parte, si hablamos del conflicto en sí, es importante saber cómo enfocar el problema de modo que se ofrezca un marco adecuado para que el consenso sea viable. Cuando hablamos, presentamos la realidad desde una determinada perspectiva, enfatizando aquellos aspectos que nos resultan más relevantes. Saber cuándo es mejor utilizar la voz activa o la pasiva o recurrir a verbos causativos o inacusativos, por poner un ejemplo, puede resultar crucial para que nuestros interlocutores se muestren receptivos o se cierren en banda. De un modo similar, es importante tener cierta soltura en el ámbito de la argumentación, para conseguir convencer al otro de que nuestro punto de vista no es descabellado.
Recurrir a profesionales es fundamental también en las conversaciones que se producen en el marco de las relaciones internacionales. En concreto, es importante que todos los interlocutores se hayan formado en técnicas de escucha activa. La reformulación, las expresiones fáticas que expresan no solo interés, sino atención plena o las preguntas que reclaman confirmación son estrategias que han demostrado su eficacia en la resolución de problemas. Que el otro se sienta escuchado es fundamental para que desee continuar con la negociación. De todo esto y de mucho más (no tengo espacio para hablaros de la comunicación no verbal, que en circunstancias normales representa el mayor porcentaje de información transmitida) se encarga la lingüística. Y a ella deben recurrir aquellos que tienen nuestras vidas en sus manos. Porque ser capaz de hablar no significa que sepas hacerlo bien.
Vivimos en un mundo incierto, donde los conflictos estallan de forma constante y virulenta. Para evitar que escalen en gravedad y nos lleven a un lugar de no retorno, son esenciales las técnicas lingüísticas de mediación y la formación académica específica de los diplomáticos. La lingüística puede y debe ser un instrumento para la paz.