Carta desde Lima. Lo que pasa en cinco minutos 

La ciudad ofrece galerías de personajes que tan rápido como llegaron, olvidaremos: nos hemos acostumbrado a considerarlos figurantes.
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La mayoría de las veces solo son eso: imágenes capturadas de un fluir constante, imposibles de clasificar, protagonizadas por personajes misteriosos o extraños. Si mantienes los ojos abiertos, puedes atraparlos in fraganti en el momento en que sus acciones los revelan. Algunos aparecen con la ligereza de una brisa fresca, otros irrumpen de forma cortante, llamando nuestra atención de golpe. Soportan en silencio su papel como parte del decorado urbano, o irrumpen para trastocar para siempre nuestro paisaje. En algún momento, las escenas que protagonizan forman una secuencia narrativa: somos capaces de apreciar la historia completa. 

Por ejemplo: el hombre que encuentro dormido sobre el retiro de una ventana, como cualquier borracho abandonado de sí mismo, en la esquina del hospital de Neoplásicas donde está internado un amigo. Una mujer, dándole la espalda, vende emoliente, nuestra bebida tradicional. Lo ha cubierto, generosa, con tres bolsas de plástico y algunos periódicos. Mientras apuro el trago de la bebida caliente que acaba de prepararme, pienso si la mujer realmente lo cuida o simplemente no quiere que su aspecto espante a sus clientes. Un momento después, me cruzo con un niño que arroja empaques vacíos de poliestireno a la avenida, esperando que alguno golpee el parabrisas del auto a su lado. Sus misiles son livianos, describen curiosas elipses en el aire y luego mueren muy cerca de los sorprendidos choferes que los esquivan con un golpe de timón. Al final de la calle, un hombre congestiona el tráfico saltando con su única pierna por el centro de la pista, empujando su propia silla de ruedas. Luego llegará a la esquina, su esquina, y con una dignidad de mandatario subirá a su trono para empezar una nueva jornada de limosnas. Y a metros de la entrada del Hospital de Neoplásicas, por poco me tropiezo con una mujer, visiblemente frágil y delgada, que ha salido de los consultorios de atención ambulatoria con dirección al paradero de taxis. Esconde su calvicie con un pañuelo con flores estampadas y el resto de su cuerpo con un abrigo excesivo para nuestro clima. Mira a los lados, como si temiera ser descubierta, y enciende un cigarrillo que aspira con voracidad.

Todos ellos son personajes concentrados en una secuencia de cinco minutos, y que tan rápido como llegaron, olvidaremos. Nos hemos acostumbrado a considerarlos figurantes en el escenario limeño. Un periodista les preguntaría por qué hacen lo que hacen. Un escritor, ajeno a toda impertinencia, preferirá especular sobre su circunstancia. Para el resto, seguirán siendo fantasmas que solemos evitar mirar de frente. Porque al hacerlo, se corre el riesgo de convertirlos, peligrosamente, en protagonistas.

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Seis de la tarde, de regreso del hospital: En el atestado autobús, un hombre se desliza demasiado rápido entre los cuerpos como para apreciar su perfil. Con igual velocidad entrega a cada pasajero unos papeles recortados color celeste. Pequeñas fotocopias en las que se aprecia, a la izquierda, el antes: el rostro de un joven de aproximadamente 25 años, que nos mira con la pose neutra de toda foto carnet. A la derecha, un terrible después: el mismo joven, de aproximadamente 26 años, desfigurado a causa de un accidente según dice el texto impreso al pie de la imagen. Necesita ayuda para costearse una cirugía plástica y obtener un rostro nuevo. Levanto la vista y es difícil mantener los ojos abiertos.

El muchacho encara al público de la peor de las formas: de frente. Pensaría que una visión así produciría pánico, pero quizás el susto ha sido tan bien repartido al interior del bus que su apariencia no hace huir a los pasajeros en estampida, como sucede en las películas de monstruos. Habla muy mal y pocos llegan a comprender las palabras que tritura un maxilar extraño, casi independiente de su cabeza. Pero entenderlo no es necesario: su letanía suena igual a tantas súplicas recitadas, a tantas plegarias no atendidas. Difícil definir el origen de nuestra compasión: por su rostro derretido como un queso, o por su ingenua ilusión.

Qué doctor podría retirar la máscara que hoy lleva para cambiársela por la cubierta que nos hemos acostumbrado a considerar humana. Rostros de hombres más o menos felices, o infelices, dependiendo de cómo veamos el vaso, si medio lleno o medio vacío, satisfechos de nuestra vida ausente de desafíos. Y, sin embargo, cuando se acerca la criatura, nuestro equilibrio natural se altera. Tememos que, al acercarse, el muchacho pueda brincar sobre nosotros y nos devore a dentelladas si no cumplimos con financiar solidariamente su deseo por ser como el resto.

La criatura ha llegado. Se entiende que si no le das dinero, por lo menos hay que devolverle el papelito. Y mirarlo, por piedad. En ese acto, por un instante recordamos el mayor de nuestros miedos: que nuestro rostro se descomponga irreversiblemente. He buscado en mis bolsillos y algunas monedas acompañan el papel color celeste que regresa a sus manos, como devolviéndole el registro de un rostro que no volverá.

Y también como sucede en las películas de monstruos, al fondo de su máscara dos ojos que podríamos creer familiares, agradecen. Y yo, cabizbajo nuevamente, atento a mis zapatos, me siento culpable por aquel acto de falsa caridad. En realidad, no es más que nuestra forma colectiva de decirle aléjate, no nos contamines con tu horror.


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