Quien se quede callado por las noches podrá escuchar todavía cómo crujen los muebles, como si se desperezaran. Sus miembros se sueltan, se sacuden la realidad diurna. Algo similar pasa en el lienzo. Veamos. La delgada pata de una silla se estira y busca algo en el cajón del armario, por cuyas puertas entran las nubes; una pata de la mesita donde reposan las herramientas de tejido se enlaza con ternura con un pie del sillón; este le corresponde con su pata trasera.
Son apenas unos trazos, en apariencia secundarios, de Mimetismo (1957), la pintura de Remedios Varo donde una mujer imita las características del lugar donde se encuentra, quizá para hacerse invisible. La piel de su rostro, por ejemplo, adopta el patrón de la tela con que está forrado el sillón que la soporta. Sus discretos pies, por otro lado, son iguales a las patas de las sillas.
Es evidente que el cuadro tiene una protagonista, pero hay que notar al resto de los personajes. Atenta a la vivacidad y el poder de lo otrora inanimado, Varo borra las fronteras. Para ella, el alma de las cosas es ostensible e inherente a la materia, como el piso de dominó que viste al personaje de Ciencia inútil o El alquimista (1955), cuyo traje es el mismo parqué, se funde con él.
Hay una extraña quietud en todos esos seres tenues, a veces casi transparentes, humanos y antropomorfos, llenos de una música callada y contenida que aguarda unos oídos, y una mirada, atentos, que franquean lo aparente.
Para adentrarse en los personajes de la pintora española, el Museo de Arte Moderno propone Remedios Varo. Habitantes de lo insólito. La muestra es una invitación a redescubrir su obra a partir de sus personajes, en especial sus estilizadas figuras, que el curador Carlos Segoviano clasifica en tres categorías: nómadas del exilio, seres iniciáticos y anatomías fantásticas. La exposición se inscribe, a la vez, en latendencia actual por ampliar las lecturas a un conocimiento más allá de la razón para interrogar el pasado, como sucedió el año pasado con Bajo el signo de Saturno. Adivinación en el arte.
Los seres de Remedios van siempre a lugares indeterminados. Si son un trasunto de ella misma –exiliada de España en México, con una biblioteca que la representa: libros en español, francés e inglés, divididos entre volúmenes científicos, psicoanalíticos, alquímicos, esotéricos y de literatura fantástica, como se ve en la breve selección que conforma uno de los núcleos de la muestra–, es menos importante que el viaje que realizan, el trance, metafórico y metafísico, en el que están.
Un paraguas invertido transporta a una pareja que se eleva a la altura de las montañas en La huida (1961); uno de los personajes maneja el extraño vehículo a través de unos hilos, van a otra parte. El Vagabundo (1957) busca algo también, transita por un frondoso bosque en otro artefacto curioso, un monociclo que, quizá, es también su casa, donde van sus libros, macetas, la imagen enmarcada de un ser querido e incluso su gato.
Hay que notar las pinceladas de la creadora, finas, infinitas, tanto que ninguna reproducción editorial o en pantalla hace justicia a las obras. Ya que son prodigiosas, hay que verlas directamente para admitir su genio en su propia dimensión, bosques, hojas, pasto y maleza hechos de miles de pequeñas líneas.
En este mismo apartado se encuentra la fotografía de Homo Rodans (1959), la única escultura conocida de la artista. La imagen de la pieza, autoría de la fotógrafa vasca Ikerne Cruchaga –creadora que ha sido poco explorada y que formó parte del círculo de artistas del exilio republicano en México–, retrata un personaje con la columna vertebral enroscada, el círculo o aro que forma su espina es un artefacto de locomoción integrada.
Este ser híbrido, un tecnocuerpo que, de nuevo, borra fronteras de forma anticipada, Remedios lo formó con restos óseos de aves y pescados. Es una especie de reliquia inventada, un ser anterior con ingeniería insólita. Por si fuera poco, la artista acompañó la escultura con un falso manuscrito científico, pastiche antropológico satírico que firmó como Hälikcio von Fuhrängschmidt.
Los seres iniciáticos, por su lado, invocan y preparan la transformación. A veces la ceremonia es alquímica como en la célebre La creación de las aves (1957). En otras, las más fascinantes, el rito invoca la arquitectura, transforma el espacio, lo construye. Es la melodía de El flautista (1955), donde un pálido ser, que parece desprenderse de un arbusto, orquesta con sus notas el alzamiento de un edificio hecho de piedras antiguas, con mensajes cifrados esculpidos en ellas, que se elevan por la magia de la música, tan viva y tan callada a la vez. Es la música del interior del cuadro.
El universo de Remedios Varo se dobla en sí mismo, operación que, curiosamente, produce un efecto expansivo. En los límites del lienzo se contiene una amplitud que los desafía. Esto se ve en La mujer saliendo del psicoanalista (1960), obra canónica del arte moderno mexicano. Ahí está, por supuesto, la mujer alargada con la túnica verde, pero el espacio y la arquitectura circular tan alta y cerrada, las puertas del fondo, sugieren un mundo subyugante de entradas y salidas por el cual es posible huir, esconderse, un camino que se extiende más allá de la vista.
Esta impresión de desahogo ya estaba en Carricoche (1955), obra que combina la música de una pianola que ejecuta un ser, la locomoción de una bicicleta que pedalea un curioso cochero con el rostro medio cubierto y el espacio natural de otro bosque espeso, sin olvidar la arquitectura. Lo que transporta el remolque de la bicicleta es una construcción con largos pasillos e incluso una escalera que conduce a un espacio misterioso, imaginable, las calles de un medioevo onírico. En el dibujo Los ancestros (1956) hay otra intuición de esta profundidad en la que un personaje envuelto en una túnica revela en sus pliegues otra arquitectura que se hunde en sí mismo.
Cerca del final de la muestra están los gatitos conformados por helechos, anatomías fantásticas igual que el famoso Tauro (1962), donde la pintora fusiona el rostro de Walter Gruen –exiliado austríaco de origen judío, propietario de la tienda de música clásica Sala Margolin, con el que tuvo una relación sentimental que permitió a Varo tener la estabilidad para dedicarse a su obra– con el cuerpo de un toro.
El cierre de la muestra es sugerente, un autorretrato en dibujo de Remedios Varo, evanescente y mortecino, igual que las presencias de sus obras que juegan un juego tenue, que se asoman a la realidad desde las grietas de los muros, una fisura por la que se cuela un poco de ellas, que las protege. ~