Lista de vidas

El universo se expande más deprisa de lo esperado, las viejas ecuaciones que pretendían haber captado el mundo ya no funcionan.
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Resumen: persona encuentra en internet un listado de archivos que contienen toda su vida… y quizá la producen.

Buscando al azar por necesidad encontró una biblioteca que contenía archivos suyos de hace décadas y que nunca habían salido de ordenadores que llevaban años sin uso ni conexión. Se asustó por la poca calidad de esos residuos: aunque solo leyó las primeras líneas de algunos, comprobó que su evolución había sido nula.

El bajón fue efímero. Los sentimientos tenían la ventaja de disiparse y desaparecer en el scroll incesante que regía su cerebro… Podía pasar de la euforia al abismo en un suspiro, así que en el loco vaivén había una continuidad, como en El salario del miedo, Henri-Georges Clouzot (1953), cuando los camiones cargados de nitroglicerina debían correr para pasar sobre las cumbres de los baches y no estallar.

Primero pensó –o lo pensaron ellos– que esos archivos habían sido robados y les preguntó a sus ia de cabecera, que a veces (por despiste, por ser muy posteriores o por pertenecer a la competencia) podían delatar a sus homólogas.

Confirmaron que habían sido intrusiones sin intervención humana, simples rutinas de entrenamiento de bots primitivos o secretos, pues databan de años en los que no se mencionaban esos ingenios, el famoso desierto de la ia.

Los archivos estaban expuestos con sus títulos originales en un listado del que nunca asomaba el final.

Probó a buscar un término específico y el resultado arrojó cientos de miles de referencias, de las que se podía obtener un resumen sin necesidad de abrirlas. (Estos párrafos replican –o producen– el tipo de jerga abstrusa de esos archivos.)

En su simplicidad de texto con enlaces aquella página parecía desplegar el mundo entero. Enseguida reconoció una copia de su propio genoma (la empresa que los hacía quebró).

Llegó a la conclusión de que esa web estaba siendo creada para ella y eso de alguna manera las tranquilizó a ambas… y a ella, la persona en principio humana, le impidió conciliar el sueño intermitente con que se conformaba desde que ocurrió la gran disrupción (una suite de fenómenos raros que nadie sabía definir ni acotar y que enseguida formaron parte de la normalidad que solo se alteraba cuando, de pronto, fallaba la conexión, que era el único derecho reconocido por leyes universales en los escasos países que mantenían esas ficciones de siglos).

Los párrafos fallidos, como el anterior, se generaban mientras se abría el texto original, así que no había forma de leer nada que no estuviera siendo alterado en el acto.

La frase de Luis Buñuel sobre que el azar todo lo gobierna y que la necesidad viene después saltaba a menudo en forma de ventana emergente o pop-up.

Le inquietó la posibilidad de saber demasiado de sí misma. Afloraban cientos de documentos sobre asuntos que le habían interesado (aunque también se dio cuenta de que pocas cuestiones le habían interesado aparte del mero vivir).

En efecto, allí estaba y se rehacía todo, incluyendo su vida anterior a aquella internet primitiva, pues aparecían notas escolares, imágenes que nunca habían sido digitalizadas, células s, cuadernos, postales, contraseñas antiguas…

Temía que lo siguiente (al no poder parar en nada y vivir en modo El salario del miedo siempre estaba en lo siguiente) iba a ser su propia muerte… en el sentido tradicional: más o menos una zona de sombra forrada por una envoltura aséptica a la que nadie osaba asomarse, así que lo dejó estar.

Además, dado que aquella lista contenía su vida completa y hubiera necesitado otra vida para revisarla, no valía la pena.

Tampoco le interesaba lo demás, todo lo demás, que era indistinguible de su vida, o de lo que hasta poco antes se había venido considerando una vida personal, ya que ese espejismo también había sido reemplazado por simples vibraciones identificables por árboles de etiquetas.

En esa fase de la aceleración lo único interesante era la misma aceleración. El universo se expandía más deprisa de lo esperado, las viejas ecuaciones que pretendían haber captado el mundo ya no funcionaban. ¡Pop-up de Buñuel!

Convino que el monstruoso archivo no era un hallazgo producto de una búsqueda al azar, sino una aparición ejecutiva: el mismo listado y la máquina que sin duda lo iba segregando se le presentaban ahora por algún motivo que, de momento, se le escapaba… o en el que, por si acaso era la muerte, evitaba pensar.

Pero no ocurrió nada. Todo eran fantasías y terrores atávicos.

Cerró la página y la sepultó en el autoolvido de todo lo demás. Aunque de vez en cuando echaba una mirada, a ver si el listado seguía ahí… a ver si ambas seguían ahí, porque había supuesto o aceptado que sus vidas –la del archivo y la suya, que tal vez era el archivo encarnado– estaban entrelazadas, y al parecer así era… porque al abrir la web para echar un vistazo ya mostraba las actualizaciones hasta ese mismo instante póstumo.

Pero recordó, porque el propio archivo se lo estaba mostrando, que en la película El fantasma de la libertad (Luis Buñuel, 1974) la hermana del comisario, fallecida cuatro años antes (tras haber interpretado para él al piano, vestida solo con medias y zapatos, la Rapsodia de Brahms), lo llama por teléfono desde su tumba.

Esta escena de Buñuel le revela que es posible reeditar esos archivos, incluso cambiar el orden que creía inmutable… así que lo hace, poco a poco, sin agobiarse. Este sencillo superpoder le da opciones de cambiar su vida y la historia íntima universal, que es lo mismo. Entonces ve que hay otros innumerables frondosos archivos con las vidas posibles que no ha vivido. ~


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