Según la Sociedad Española de Neurología, en España se producen cada año alrededor de 90.000 nuevos casos de ictus. La cifra puede parecer exagerada, pero lamentablemente es conservadora. En el informe del Ministerio de Sanidad de 2024 titulado Estrategia en ictus del Sistema Nacional de Salud, se habla de unos 120.000 casos al año. Sea como fuere, resulta un peligro para la salud pública lo suficientemente frecuente como para que existan programas específicos de prevención y de recuperación. Los primeros porque, según el propio Ministerio de Sanidad, un escalofriante 90% de los casos podría ser evitable; los segundos, porque el accidente cerebrovascular puede tener consecuencias en los supervivientes que lastren su calidad de vida y requieran intervención profesional.
De todas las repercusiones que puede tener el ictus en nuestra vida, en esta columna nos interesan especialmente, claro está, los problemas que tienen que ver con la producción y comprensión del lenguaje, esto es, las afasias. En concreto este mes os propongo que nos detengamos en un síntoma habitual en todas ellas, la denominada anomia. Y es que, de un modo u otro, todos los afásicos tienen retos en su relación con el léxico. En ocasiones, se trata de una dificultad en la pronunciación de los sonidos que forman las palabras, como si los músculos de la boca no acabaran de cumplir las órdenes que les da el cerebro. La palabra que se quiere decir está clara, pero, por alguna razón, no se consigue articular con destreza. Otras veces, el problema aparece un poco antes, en el etiquetado. En estos casos, sabes lo que tienes que decir, pero, por mucho que te esfuerces, no aparece la palabra concreta que buscas. Encuentras otras, parecidas, cercanas, pero no son la que necesitas. La sensación es similar a la que sufrimos todos cuando tenemos una palabra en la punta de la lengua, pero la intensidad y la frecuencia hacen que la experiencia sea cualitativamente distinta. Por último, cabe la posibilidad de que esté afectado el ámbito más conceptual del léxico. En estos casos, a pesar de que se reconocen vagamente las palabras que se escuchan, no se acaba de entender qué significan. Una anomia de este tipo impacta de un modo central al paciente, pues la niebla mental se apodera de su mente de un modo abrumador. Y es que, como hemos advertido en varias ocasiones por aquí, las palabras que habitan en nuestra mente no solo son instrumentos de comunicación, sino que son verdaderas herramientas de nuestro pensamiento. Cuando faltan, el mundo se convierte en un lugar sin duda más inhóspito e incierto.
Todas estas dificultades, que aparecen de forma brusca e inesperada en la vida de los pacientes, complican enormemente, como vemos, su cotidianidad. De hecho, conllevan con frecuencia problemas en su salud mental (estados depresivos y ansiosos), en su autoconcepto y en su autonomía personal. Dependiendo del modo en el que las palabras se hacen las escurridizas, nuestra salud mental se verá afectada de uno u otro modo. Por ello, parece indispensable que la evaluación de los pacientes sea lo más detallada posible. Conocer de forma pormenorizada los retos a los que se enfrentan y las fortalezas con las que cuentan permitirá, no solo un mejor afrontamiento de las dificultades comunicativas, sino una mejor comprensión del momento que está viviendo el ser humano que tenemos delante. La tarea no es sencilla: cada paciente es distinto al resto y suelen combinarse problemas de distinto tipo en distintos grados. Además, su estado está en continuo cambio, como el sistema dinámico que es. Por ello, es imprescindible tener herramientas adecuadas que permitan valorar mejor cada situación. En esta línea ha trabajado la Dra. Sara Rodríguez Gascón, que presentó su tesis doctoral el pasado 12 de junio. En ella, realiza una propuesta para evaluar la anomia a la que ha denominado EVAL-AL (evaluación de acceso léxico). Lo valioso de este tipo de investigaciones es que pone al paciente en el centro y busca, como interés de primer orden, que la exploración contribuya a mejorar su vida. Los miles de pacientes que cada año pasan por episodios cerebrovasculares y presentan como consecuencia problemas de anomia lo merecen.