Hay momentos en los que la vida decide recompensar la perseverancia. No son comunes. En el fútbol mexicano son especialmente escasos. Y cuando llegan hay que saber reconocerlos, porque la memoria tiende a guardar más los dolores que las alegrías. El 3-0 de México sobre Chequia fue uno de esos momentos. No solo por el marcador, que habla por sí solo (tres partidos, tres victorias, seis goles a favor, ninguno en contra, liderato del grupo), sino por la manera en que las circunstancias se conjuntaron de una forma que el fútbol rara vez concede.
Tolkien tenía una palabra para esto: eucatástrofe. La definía como el giro inesperado hacia la felicidad que hace sentir que el sufrimiento previo finalmente tuvo sentido. No es simplemente un final feliz. Es ese instante en el que, cuando ya todo parecía difícil o improbable, la historia gira y el dolor encuentra su redención.
Es el regreso de Ulises a Ítaca después de veinte años de guerra y océano, desde que descubre su identidad a su nodriza Euriclea, hasta que derrota al último de los pretendientes, Antínoo. Es el instante en que Frodo destruye el Anillo y Aragorn recupera su trono, la última línea de El señor de los anillos cuando Sam vuelve a casa y simplemente dice “Bien, ya estoy de vuelta”. Son momentos que funcionan porque la vida real los concede muy pocas veces.
El Azteca repleto contra Chequia se sintió así. Para quienes recuerdan los años de desconfianza acumulada, la eliminación en Qatar, la actuación decepcionante en la Copa América, la rotación de técnicos, el ambiente tóxico que rodeó al equipo y que se fue disipando con los triunfos sobre Sudáfrica y Corea, el resultado del miércoles fue la redención de todo eso junto. No de manera definitiva, no para siempre, pero sí por una noche completa, que es todo lo que el fútbol puede ofrecer.
La despedida de Guillermo Ochoa fue parte fundamental de ese relato. Los griegos llamaban nostos al regreso del héroe después de la guerra, y el concepto iba más allá de la vuelta física: era recuperar la identidad, el lugar en el mundo, la manera en que los demás te ven. Ochoa llevaba años cargando con una narrativa que no merecía, cuestionado por una parte de la afición con argumentos que nunca resistieron el análisis serio, ignorado o minusvalorado en un debate que decía más sobre quienes lo sostenían que sobre el portero. Jugar su último partido con la selección en un sexto Mundial, con el Azteca aclamando su nombre, fue una forma de restauración que el relato deportivo rara vez concede.
Y luego está Gil Mora. A los 17 años, titular en un Mundial, con una actuación que no fue solo competente sino que presagió lo que está por venir. Hay jugadores que cuando los ves por primera vez en un escenario grande entiendes que están hechos para eso. No porque no vayan a tener errores ni momentos difíciles, sino porque la escala del partido no los achica. Los agranda. Mora jugó como alguien que ya sabe que pertenece ahí. Ese descaro, esa naturalidad con el balón en situaciones de presión, es lo más difícil de enseñar y lo más raro de encontrar en alguien de su edad. Lo que se vio contra Chequia fue una promesa que el fútbol mexicano necesitaba con urgencia.
La suma de todo eso –Ochoa en su despedida, Mora en su presentación, el Azteca unido, el marcador que nunca estuvo en discusión– produjo uno de esos días que el fútbol mexicano no conoce con frecuencia. No el triunfo agónico sobre Alemania en 2018, que fue emoción pura pero de la variedad que agota. No el empate glorioso contra Brasil en 2014, que fue una resistencia heroica al asedio auriverde. Algo más completo y más sereno: una noche en la que el equipo ganó con claridad, avanzó de ronda de manera que no dejó margen para el debate, y encima lo hizo rodeado de un relato que transformó el resultado deportivo en algo más grande.
Ahora bien, la lucidez obliga a decirlo también: esto no va a durar de la misma manera. A final de cuentas, el momento en el que el Quijote recupera la cordura es también en el que se despide del mundo. El deporte, como la vida –y más para México–, no garantiza nada más que la muerte futura. Por ello, es el momento de gozar lo que tenemos, y entender lo único del momento vivido.
En la siguiente ronda espera la muy difícil Ecuador, las circunstancias cambiarán, y el fútbol, que es generoso a veces pero rara vez sentimental, pondrá al equipo frente a sus limitaciones reales. La eliminación llegará en algún punto del torneo, como llega siempre. Y cuando llegue, una parte de la misma afición que cantó en el Azteca el miércoles volverá a encontrar motivos para el enojo.
Pero eso es después. Lo que pasó contra Chequia ya ocurrió, ya es parte de la historia del Tri, y nadie puede quitárselo. En una generación descrita como la más cuestionada de las últimas décadas, en un torneo rodeado de dudas, este equipo, y su gente, se ganaron el derecho a una noche en la que todo salió bien. ~