La libertad de América a los 250 años. Cómo se ve desde fuera

Las instituciones de Estados Unidos están siendo degradadas desde arriba, pero defendidas con valentía desde abajo.
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Mientras Estados Unidos conmemora el doscientos cincuenta aniversario de su experimento democrático, los pocos amigos que le quedan en el exterior –alguien como yo, por ejemplo– se preguntan qué pensar de este momento. La euforia compartida de la celebración del bicentenario que recuerdo de 1976 ha desaparecido. Si un outsider como yo asistiera hoy a una fiesta del Cuatro de julio, estoy seguro de que me recibirían con la típica cordialidad estadounidense, pero sospecho que las barbacoas, las fiestas callejeras y los fuegos artificiales solo se mantendrán en paz si todos se comprometen a no hablar de política. Las divisiones y los desacuerdos en Estados Unidos se han ensanchado hasta convertirse en un silencio peligroso. Una menguante tercera parte de la población, según las encuestas, cree que el presidente todavía puede volver a hacer grande a su país, mientras que una mayoría, cada vez mayor, cree que ha acelerado su declive. Los pesimistas se preguntan, parafraseando una célebre observación de Benjamin Franklin, si serán capaces de conservar su república.

Franklin se hacía eco de los historiadores de la Antigüedad griega y romana, que habían enseñado a los fundadores a temer que las repúblicas estaban condenadas a la decadencia. Doscientos cincuenta años después, los signos de ese declive se exhiben sin pudor en Washington: el ejercicio del poder ejecutivo al margen de la ley, la crueldad gratuita hacia los más vulnerables, la erección descarada de monumentos de autoglorificación, la corrupción sistémica en los niveles más altos y el desprecio abierto por lo que piensan los que alguna vez fueron aliados de Estados Unidos ante semejante espectáculo indecente.

La América que yo amaba se preocupaba profundamente por lo que el resto del mundo pensaba de ella. La Declaración de Independencia proclamaba que la nueva república americana debía “un respeto decente a las opiniones de la humanidad”.  A lo largo de los siglos, ese respeto por las opiniones de sus amigos se convirtió en la esencia de lo que el politólogo Joseph Nye, mi antiguo decano en la Escuela Kennedy, llamó el “poder blando” estadounidense. Doscientos cincuenta años después, ¿qué respeto decente queda, de un lado o del otro? Ningún presidente en la memoria de nadie ha causado más daño a la capacidad de persuasión y al ejemplo virtuoso de Estados Unidos que el actual mandatario.

Los amigos de Estados Unidos en el exterior han visto con estupor cómo sus amistades se convertían en pretexto para la extorsión. Un aliado inofensivo y amistoso como Canadá descubre que su dependencia del mercado estadounidense se ha convertido en un arma. Los canadienses creían que importaban y han tenido que aprender, en palabras del presidente, que “no necesitamos nada de ustedes”. Ucrania lucha por su supervivencia y descubre que al líder estadounidense parece no importarle si su democracia sobrevive. No tienen cartas que jugar. La dependencia ucraniana de las armas estadounidenses le da al presidente la palanca para exigir el pago íntegro, respaldado por la amenaza de cortar el apoyo de inteligencia si no lo hacen. A Europa, que se cree una superpotencia reguladora, se le advierte que intentar regular la inteligencia artificial la expone a la amenaza de aranceles del cien por ciento. Las alianzas que alguna vez dieron a Estados Unidos el poder de rodear a sus verdaderos adversarios –China y Rusia– se convierten en redes de protección mafiosa. Cuando eso ocurre, los amigos despreciados aprenden rápido a valerse por sí mismos. Los antiguos aliados se desvinculan, se protegen de una América depredadora y se unen para resistir su poder. Cuando la administración estadounidense prohíbe el uso de modelos de IA a los no estadounidenses, los no estadounidenses compran modelos más baratos de China y los adaptan a sus propios usos. Cuando los estadounidenses dan la espalda a la energía limpia e intentan explotar la dependencia europea del petróleo y el gas estadounidenses, los europeos simplemente compran más paneles solares chinos y aceleran su transición energética verde. Estados Unidos tiene que reaprender la lección más antigua de la física del poder: a toda acción corresponde una reacción igual y de sentido contrario.

Estados Unidos también tiene que enfrentarse a su falsa confianza en su poderío militar. Han comprobado que los débiles pueden imponerse a los fuertes si adoptan antes que ellos tecnologías que los fuertes ignoran con imprudencia. Los ucranianos fueron los primeros en comprender las devastadoras capacidades de los drones, y los utilizaron para humillar a un ejército ruso muy superior. Los iraníes emplearon las mismas armas para golpear a los aliados estadounidenses en el Golfo y obligar a la superpotencia a aceptar un humillante alto el fuego. Una revolución radicalmente desestabilizadora en los asuntos militares es el peor momento para que Estados Unidos celebre la superioridad inexpugnable de su fuerza militar.

Si todo esto es cierto, resulta especialmente tentador para los amigos descartados empezar a creer que un país que fue grande está ahora atrapado en un declive irreversible. El relato antiguo de las repúblicas que sucumben a la hybris y la corrupción ha obsesionado la imaginación histórica durante milenios, pero los examigos de Estados Unidos deberían desconfiar de su atractivo seductor. Porque la América que antes amábamos sigue ahí. Los Estados Unidos cuya democracia muestra tantas de las patologías que los antiguos tomaban como presagios de declive son también los Estados Unidos cuyos jueces federales han echado abajo las maniobras ilegales de la temeraria administración. Los Estados Unidos cuyo espacio público digital está “mierdificado” por los desechos de la inteligencia artificial, son también un país con unos medios de comunicación libres que no cesan de revelar la incompetencia y los tejemanejes de la Administración. Los Estados Unidos que se preguntan si la maquinaria madisoniana de pesos y contrapesos puede sobrevivir son también el país con abogados y activistas de la sociedad civil decididos a agotar todas las vías legales para garantizar que las elecciones de mitad de mandato de noviembre sean libres y justas. Las instituciones de Estados Unidos están siendo degradadas desde arriba, pero defendidas con valentía desde abajo.

Además de ignorar la resistente virtud republicana de los estadounidenses de a pie, los relatos sobre el declive de Estados Unidos también pasan por alto el dinamismo implacable de su economía. Los canadienses que viven puerta con puerta tienen tanto que temer de que el nivel de vida estadounidense supere al suyo y atraiga hacia el sur a sus jóvenes, como razones tienen para temer el autoritarismo americano. Los europeos, que llevan tiempo denunciando las salvajes desigualdades del capitalismo americano para felicitarse por las bondades de la socialdemocracia europea, temen ahora quedarse atrás ante un capitalismo estadounidense resurgente que tiene en su mano las tecnologías del mañana.

Los liberales estadounidenses y europeos alguna vez hicieron causa común convencidos de que el propósito mismo del Estado liberal era evitar que el capitalismo destruyera la democracia. Ahora debemos preguntarnos si es precisamente la vigorosa salud del capitalismo americano lo que podría salvar su democracia. Un país cuya riqueza per cápita crece, aunque sea de forma desigual, puede tener más posibilidades de superar sus descontentos democráticos que economías como las de Francia, Gran Bretaña o Canadá, donde el crecimiento se ha estancado y los déficits presupuestarios estructurales hacen cada vez más difícil satisfacer las expectativas de la población.

La vigorosa salud de la economía estadounidense, al menos en su sector de alto crecimiento y alta tecnología, proporciona a las instituciones democráticas americanas los recursos para sanar las divisiones del país. Si los utilizará ahora para cerrar las heridas de la desigualdad depende de si esas instituciones son capaces de controlar el poder político de los nuevos plutócratas. El impacto abrumador de las nuevas tecnologías y la riqueza que generan ha invertido la antigua relación entre el Estado y el sector privado. Todavía en la década de 1960, fue el Estado americano, en forma de la NASA, quien llevó a la humanidad a la Luna. Ahora es una sola empresa privada, SpaceX de Elon Musk, la que promete llevar a la humanidad a Marte. Un Estado que depende de un solo hombre para realizar sus sueños nacionales ha dejado de controlar soberanamente su propio futuro. La pregunta a la que se enfrenta la democracia americana en su 250 aniversario es si sus instituciones son capaces de obligar a sus hombres de billones de dólares a obedecer la ley y la voluntad de su pueblo. La escala de la nueva riqueza puede ser inédita, pero la gran riqueza ha sido temida como némesis de la libertad pública desde los historiadores griegos y romanos. La solución constitucional de los fundadores americanos al problema de la desigualdad fue enfrentar el poder contra el poder para mantener libre al pueblo. Los amigos de Estados Unidos tienen razón en admirar su democracia, pero la llamamos un experimento porque ninguno de nosotros puede estar seguro de si sus instituciones garantizarán la libertad pública, ni por cuánto tiempo. La riqueza inimaginable que se acumula en pocas manos representa hoy para la democracia americana su mayor prueba. Sus amigos en el exterior deberían esperar que esté a la altura del desafío.

Publicado originalmente en el Substack del autor.


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