“Querida amiga: […] La carta que acabo de recibir, no tienes derecho a habérmela mandado.” “Camilo José: […] Yo te ofrecí el primer día que hablamos ‘un modesto buen deseo de comprender’ (no pensaba entonces cuánto iba a tener que echar mano de él).” Las primeras cartas que leemos se emplean en aclarar malentendidos de las precedentes. La conversación ha empezado torcida. Camilo José Cela tenía dieciocho años; Dolores Franco, “Lolita”, veintidós. Él preparaba unas oposiciones y escribía versos, ella era estudiante de filosofía y letras. Sus familias habían sido vecinas de veraneo en Las Rozas, cerca de Madrid. Se harían amigos –ella le acepta ese trato a partir de la siguiente carta– a pesar de nunca concertar del todo sus atenciones. Una mujer menos benévola y sincera, un hombre menos tenaz –o más adulto, o menos fatuo– pronto se habrían retirado. Se escribieron con afecto e inteligencia entre 1934 y 1939. El epistolario incluye alguna carta más hasta 1943. También una de Julián Marías, el personaje secundario más importante de estos episodios, con quien la futura madre de Javier se casó en 1941. Agradecía a Cela su aval para salir de la cárcel.
Las cartas refieren los fragmentos de una historia. Una donde hay amistad, amor no correspondido, conflictos familiares, ambiciones intelectuales, poesía y reflexiones religiosas; y también violencia política, asesinatos, enfermedades y traición. Pero no una novela, sin fingimiento de autor; sin otro fingimiento que el de los protagonistas que la escriben. Del hombre, especialmente. Y más aún por poeta. Como en el teatro, lo que queda fuera de la escena se aclara por la necesidad de mantener continuidad en la representación de los autores mismos de las cartas. Leído como género de la literatura, el epistolario no precede ni a la narración ni a la representación, sino que los rebasa en que cada personaje puede juzgar el papel del otro, como en la vida. En las cartas entre personas que saben escribir, un personaje puede rebelarse contra la ficción, contra que dejen de ser vida. Y eso hace Lolita Franco.
Hasta cierto punto, la de dos jóvenes cultos que se intercambian libros e ingenio en un país cada vez más violento es una historia europea de su tiempo: si borrásemos los nombres propios y las denominaciones religiosas podríamos adivinar que sucede en Madrid y no en algún lugar como Bratislava, sobre todo, porque no salen pianos. Por eso, algunas razones para leer este epistolario son muy generales. Una de ellas es cómo se hace –y deshace– un poeta; la mayor quizá sea cómo afrontan la escritura pública y privada los hombres y las mujeres (o sus arquetipos según Franco). Pero hay también motivos particulares de la memoria histórica española. Si la tercera España la reciben a veces con condescendencia los sacerdotes del culto histórico, la multitud de aquellos que no tuvieron el buen gusto de irse del país, sino que acogieron la paz con triste alivio, permanecen infantilizados, casi siempre sin voz.
La determinación del joven por convertirse en poeta y los seguros juicios de la estudiante sostienen el epistolario durante su primer periodo. Algunos de los versos de Cela acabarían formando su primera obra, Pisando la dudosa luz del día. Esperó hasta ser conocido y aun famoso por tres libros en prosa para publicarlo en 1945, con unas disculpas porque en sus poemas “no cuaja absolutamente nada y todo, o casi todo, se evapora”. Opinión que, a su pesar, era la de Lolita Franco. Todavía en 1943 le preguntó él qué le había parecido su Pascual Duarte y, en un perfecto epílogo, tras recordar cómo ya no eran los mismos, ella le devolvió una crítica sin concesiones.
También en aquellos años se le ocurrió a Lolita la idea de La preocupación por España en su literatura, publicado en 1944. Una estupenda antología comentada que después amplió y reeditó con su primer título: España como preocupación. El censor, cuenta Julián Marías, no quiso que España, preocupación, dolores y Franco fuesen tan seguidos. Sobra decir que el proyecto de Lolita no aparece en estas cartas.
No es raro entre quienes se escriben que la mujer muestre su mejor voz y el hombre una más hueca. En este epistolario, además, Dolores Franco teoriza sobre cómo lo opuesto sucede al escribir literatura y –por implicación– cómo se pueden confundir las cosas en las cartas: “a veces, los hombres –las mujeres no– son más sinceros al escribir, o al hablar en público, que con su mejor amigo. Esto hace tomar por más verdad la literatura que la vida, hace tomarla demasiado en serio, creerse que es realidad. Y da una falsedad radical a la vida”, (julio de 1935). En octubre de 1934 le había escrito, perdiendo un poco la paciencia: “¿Para qué me preguntas si sabes que te voy a decir la verdad? No te creo insincero (decir otra cosa de lo que se siente), pero tal vez un poco inauténtico (no saber bien lo que se siente y confundirse).” No se refería solo a sus poemas.
Avisado estaba el autor, o actor, desde el comienzo, pues si ella había encontrado en el aprendiz de poeta “el aleteo de un alma bella”, también había sido esta su impresión: “tus bravatadas, tu tono de voz cuando hablas fuerte, tu especie de (no te enfades) fanfarronería, me resbalaba, me parecía externa e inauténtica, y hasta me molestaba”. Cela haría después frases como “si no me quieres como amigo, quiéreme como un mueble o como un perro”. Pero ella veía que Cela era Cela, y parece que él acabó entendiéndolo y entendiéndose. Ya empezada la guerra, cuando le escribe algunas de sus cartas más cansinas, le envía un bonito soneto dedicado, acompañado de la noticia de un “Himno a la masturbación” que prefiere de momento no adjuntar. Ella no responde. En otra ocasión le copia un poema donde celebra orinar sifones y defecar clavos. Le responde seca que no le ha gustado. (Ella, que en su libro reprocharía unos divertimentos de “lenguaje poco escogido” a Góngora.)
En febrero de 1936 le presenta a una “novia” con la que luego rompe por lo vulgar de sus gustos y amistades. Cela: “la culpa la tuve yo que no supe librarla y modelarla hacia otro ambiente”. Lolita: “no me parece una chica para modelar tú”, “a una muchacha […] le molestarán siempre esas frases y ese espíritu”. “Todos los hombres, cuando una mujer no se enamora de vosotros, reaccionáis contra ella.” “¡Muy pretencioso hijito, muy poeta!”
Estos hijos de familias católicas de clase media, más liberales como la de Franco o más conservadoras como la de Cela, se sentían parte de la tercera España. Un mundo fulminado, y con él las ganas de recitar o discutir. En los meses antes de la guerra Lolita pensaba que quienes se atrevían a oponerse eran una minoría sin peso: “Es verdad que es triste que haya media España que se alegre del atentado [a Jiménez de Asúa] […] y otra media que se frote las manos viendo arder iglesias. Y luego, unos cuantos cursis que censuramos lo uno y lo otro” (15/3/36). “Seguimos los doce cursis lamentando actos de violencia que disculpan nuestras energuménicas derechas” (14/4/36). Iniciada la guerra, Dolores es fiel al gobierno y sobre todo a su religión: “Hoy he ido por barrios obreros y he visto muchas penas. Mi lavandera ha perdido a su marido en el frente […] La hija de aquella Juana […] murió ayer” (3/8/36); “Me desconsoló el discurso de Prieto, pero fue muy bueno, con honda emoción humana y con espíritu cristiano, ¿lo oíste?” (15/8/36). Conocidas las persecuciones, en 1937 quedará la angustia por las personas y por el silencio que crece: “De Palacios […] perdieron su pista. Su familia es muy de izquierdas y eso me tranquiliza” (20/1/37). “Porque ‘nosotros’ cada vez somos menos” (22/5/37).
El otoño del 36 quebró a Lolita. “A la guerra no le veo fin […] Cada vez tengo más dolor. Los facciosos me han fusilado tres profesores, muy queridos nuestros.” También: “La luna está altísima, redondita y preciosa.” También: “No sé si sabes que ya soy profesora de instituto” (30/10/36). Poco después su hermano Emilio, de dieciocho años, es asesinado en uno de los centros de detención para presos políticos de Madrid, la llamada checa de Fomento. Cela intenta comunicarse, ella le escribe ya en diciembre “arrasada y deshecha” con algunos “latidos de lo inexpresable”. También: “Salvé mis libros de mi bombardeada casa ¿te lo dijeron?” (10/12/36). La respuesta de Cela, dice con razón el editor, es su mejor carta.
Como se sabe, Cela pasó al bando nacional. Su padre le consiguió un salvoconducto –de Prieto– para ir a Inglaterra, pero se fue a Galicia. Las cartas continuaron yendo y viniendo a través de su presunta dirección inglesa. Luego, las últimas se encabezaban “Año Primero de la Victoria”.
La edición es impecable salvo por este descuido. Lolita escribe “exotérico” y el editor se lo afea con un sic, como si la diligente estudiante de filosofía hubiese querido decir lo contrario, “esotérico”. Cabe pensar que Cela también tropezase en la X, y que no fuese un accidente. ~