Foto: Elihú Cortés/ Prensa Ibero

Roger Chartier, cazador furtivo

En una iluminadora conferencia, el historiador francés Roger Chartier abordó discusiones fundamentales en torno a la lectura, la IA y la edición de libros.
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Los tiempos de la acción son distintos de los del pensamiento, pero de vez en cuando hay voces que parecen hacerlos coincidir, aunque sea brevemente, para dar cuenta de la oscuridad y alertarnos. “La escritura, la lectura y el libro en la época de la reproducción digital y de la inteligencia artificial”, la conferencia magistral que Roger Chartier ofreció el pasado 22 de septiembre en la Universidad Iberoamericana, fue, como diría Faulkner, la luz de una cerilla en medio de un campo en mitad de la noche. Chartier, autor de libros tan importantes como Historia de la lectura en el mundo occidental, El presente del pasado, El mundo como representación y Las revoluciones de la cultura escrita, un pensador que ha dedicado su obra a estudiar cómo los seres humanos nos relacionamos con la palabra escrita en diversos soportes, examinó en esta conferencia algunas de las transformaciones cognitivas y los desafíos democráticos de la era digital. La charla aconteció, de forma muy oportuna, en medio de una coyuntura global y nacional que reúne, cuando menos, tres discusiones fundamentales para el pensamiento y la cultura: la revolución de la IA y sus peligros para el ser humano; el apoyo a la cultura y las editoriales como prerrogativa del gobierno en la era digital; y los cambios en los hábitos de lectura frente a la obstinación con las pantallas.

A partir de  los resultados de una encuesta sobre las prácticas culturales de los franceses realizada por el Ministerio de la Cultura de Francia (2020), y un estudio del Centre National du Livre, publicado en 2025, Chartier comenzó advirtiendo que, en la era de las inteligencias múltiples, la lectura enfrenta un retroceso sostenido, en especial entre las generaciones más jóvenes. En Francia, 84% de quienes nacieron entre 1945 y 1954 declaró haber leído al menos un libro en el último año; el número desciende a 58% en los nacidos entre 1995 y 2004. Además, el porcentaje general de lectores pasó de 73% en 1988 a 62% en 2018; y el de quienes leen más de 20 libros al año cayó de 28% en 1973 a 15% en 2018. A ello se suma que uno de cada seis franceses declararon que su consumo cultural pasa únicamente por la pantalla, excluyendo actividades como ir al teatro, a conciertos o leer libros impresos. Los datos de 2025 confirman la tendencia: solo 63% de los encuestados leyó cinco libros o más en el último año, frente a 69% en 2023. De este 69%, apenas 41% declaró leer solo libros impresos.

El aumento en la lectura de los libros en formato electrónico, argumentó Chartier, no puede considerarse un mero desplazamiento de una materialidad a otra, pues, en primer lugar, la lectura en pantalla está vinculada con otras prácticas de comunicación y entretenimiento que distraen a los lectores de su tarea. A esto se suma la aceleración de la práctica y con ella, la falta de cuestionamiento en cuanto a la fiabilidad de lo leído. Algunas investigaciones retomadas por Chartier demuestran que la lectura de los textos electrónicos es apresurada e impaciente, solo busca información y desea llegar rápido a los desenlaces. Leer críticamente, en cambio, reclama tiempo, concentración y una enorme disposición a emprender una serie de operaciones exigentes y poco complacientes con la inmediatez y las conclusiones aceleradas.

Para el catedrático del Collège de France, hay una brecha significativa que separa la cultura digital del mundo impreso, a pesar del vocabulario engañoso que se esfuerza por hacer familiares realidades novedosas con palabras como “páginas web” o “libro electrónico”. Romper el vínculo entre el texto y el objeto que lo transmite no es cosa menor. El historiador francés aseguró que se ha impuesto una ecología de lo escrito que se caracteriza, primero, por el uso del mismo soporte para leer y escribir; segundo, por una continuidad morfológica entre diferentes tipos de discurso: la misma materialidad contiene mensajes de redes sociales, libros, noticias (verdaderas o falsas) o artículos académicos. Esa continuidad borra los procedimientos tradicionales según los cuales se solía comprender una publicación de acuerdo con su formato. Una tercera característica es que sobre la pantalla aparecen fragmentos textuales cuyos límites son imposibles de percibir; es difícil identificar de manera inmediata la totalidad del texto. De tal suerte, dijo Chartier, “la lectura discontinua, segmentada de los textos digitales otorga autonomía a los fragmentos, transformándolos en unidades textuales descontextualizadas”. El vínculo visible entre el fragmento y la totalidad queda roto.

Desde luego, el historiador reconoció que dichas discontinuidades han permitido nuevas formas discursivas, producciones textuales que exploran las potencialidades de la plurimedialidad y crean experimentos creativos imposibles en la realidad analógica. Pero es precisamente la originalidad de estas producciones digitales lo que nos permite recordar que las diversas formas de inscripción, publicación y apropiación de lo escrito no son equivalentes. Las colecciones digitalizadas, por ejemplo, no equivalen a los libros impresos en las bibliotecas, ni las compras en Amazon a las de una librería. Esta engañosa equivalencia, argumentó Chartier, puede explicar las contradicciones de hoy en día entre la resistencia del libro impreso en el mercado editorial, por un lado, y la crisis de las instituciones de la cultura impresa, por otro:

La primera lógica es espacial, topográfica, cartográfica. La página de un libro, de una revista, las estanterías de una biblioteca, los espacios de una librería son territorios que el lector recorre; es un viajero, un peregrino, “un cazador furtivo”, para usar la expresión de Michel de Certeau […]. Esta forma del cazador furtivo que aparece en La invención de lo cotidiano: ‘Muy lejos de ser escritores, fundadores de un lugar propio, heredero del abrigo de antaño, pero sobre el suelo del lenguaje, cavadores de pozos, constructores de casas, los lectores son viajeros. Circulan sobre la sierra del prójimo. Nómadas que cazan furtivamente a través de los campos que no han escrito’. A este viaje que permite encontrar lo que no se buscaba se opone la lógica algorítmica del mundo digital, que procede a partir de una jerarquía de campos, tópicos, rúbricas y palabras claves, y  propone textos cuyo único contexto es el de su pertenencia a una misma temática.

Durante su conferencia, Chartier hizo varios llamados, en especial a quienes tienen responsabilidades educativas y culturales: en primer lugar, a no restringir la transmisión del conocimiento a la digitalización de bibliotecas –por más eficiente que pueda resultar– y a no destruir los objetos impresos. En segundo, a alertar sobre la importancia de la verificación de la información y los peligros de la manipulación emocional y de los prejuicios. “Lo que está en juego hoy en día es la capacidad de nuestras sociedades para rechazar la erosión de los criterios de verdad, el abandono del juicio crítico y las reescrituras engañosas de la historia. Un mundo total y exclusivamente digital es una tentación seductora –y para algunos provechosa. Por eso es fundamental dar a conocer sus peligros, cuando toda relación con los escritos, sean cuales sean, está caracterizada por las lecturas impacientes, crédulas y manipuladoras de las redes sociales. Es el vínculo fundamental que desde la antigua Grecia existe entre razonamiento y deliberación, entre juicio crítico y decisiones políticas, entre conocimiento y ciudadanía, el que se encuentra amenazado en este nuevo mundo”. En ese sentido, para el autor de El orden de los libros, la tecnología digital no debería concebirse solo como una herramienta, sino como una asignatura escolar que oriente sobre sus beneficios y perversiones.

Al abordar el panorama y los cuestionamientos que ha suscitado la inteligencia artificial, Chartier aseguró que la IA ignora conceptos fundamentales de la cultura escrita, como el vínculo entre identidad, responsabilidad autoral, originalidad intelectual o estética y propiedad.

Más allá de la incomodidad que pueda provocar el nombre por la reducción que hace del concepto de inteligencia, en la relación entre la IA generativa y las prácticas de escritura y lectura Chartier distinguió dos retos. Uno es el más discutido: la autenticidad y la fiabilidad de la producción automática de textos e imágenes requieren de un afilado pensamiento crítico para no caer en las engañosas respuestas de una autoridad lingüística impostada, que reproduce desigualdades, informaciones equivocadas y prejuicios.

El otro desafío está vinculado con la propia existencia de lo escrito, entendido como fuente fundamental del conocimiento. La IA traslada la búsqueda de informaciónde la lectura hacía una conversación con un ilusorio interlocutor humano. “Nuestra tendencia al antropomorfismo nos impulsa inconscientemente a tratar a la IA como si fuese un ser humano y por lo tanto a crear vínculos con ella. Esto la hace aún más insidiosa. ¿Cómo habla? Como un humano; pero olvidamos que no lo es. Como simula apoyo, amistad, amor, le atribuimos emociones que no posee. Como es tan empática solo puede ser benevolente. […] Así, la revolución de los agentes conversacionales no es solo una revolución técnica en acceso a la información, como lo fueron la aparición de la escritura, la invención de la imprenta o incluso la revolución digital: es una ruptura con las categorías antropológicas más esenciales que han configurado hastaahora nuestro orden de los discursos”, explicó.

Chartier consideró necesario disipar la ilusión de una presencia humana en textos generados de forma automática con el desarrollo de normas éticas y legales que impongan  transparencia, responsabilidad y respeto a la propiedad y privacidad. La IA, afirma, es un desafío más a la industria de la edición, que lleva varias décadas siendo debilitada por las exigencias del mercado y el marketing, imposiciones que atentan contra las necesidades intelectuales y las apuestas estéticas de calidad. Hemos de cuidar la edición con editores. “Como lo hemos visto en Francia y en España, con la ley del precio único del libro, se pueden moderar estas políticas, los efectos de las mutaciones. Todavía existen editores que editan y que publican títulos definiendo un proyecto estético o intelectual. La lógica del catálogo construida a lo largo de los años para demostrar la identidad singular de una editorial puede, por lo tanto, corregir la lógica brutal del marketing; pero para que esto suceda, las editoriales que asumen los riesgos de la creación estética o de la difusión de los conocimientos verdaderos deben recibir el apoyo de las autoridades públicas”. Una anotación muy apropiada en medio de una discusión nacional sobre la enorme importancia que tiene el apoyo del gobierno a las editoriales y el fomento a la lectura.

Antes de finalizar, Roger Chartier invitó a los lectores a ser también responsables con el mundo editorial y el libro impreso y no caer en las comodidades tecnológicas. Es indispensable, dijo, visitar bibliotecas, librerías y consultar materiales impresos para luchar contra la desinformación y apostar por la presencia, por el encuentro con los otros. Solo así es posible sostener una batalla por la supervivencia de la democracia. ~


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