Quizás hayamos vivido rezando en el altar equivocado. Lo digo porque llevamos dos décadas haciéndonos una pregunta vana –¿quién es mejor, Messi o CR7?– que tiene la respuesta resuelta hace tiempo –Lionel Andrés, y a llorar al hospital infantil– y las mismas décadas con otra pregunta innecesaria –¿es Cristiano el mejor de la Historia?–, que ya quedó implícita en la respuesta anterior y porque el sujeto de la inquisición, Don Cristiano Ronaldo dos Santos Aveiro, el gran CR7, no entra siquiera en la discusión por los tres o cuatro mejores de la existencia. (Vengan de a uno.)
Creo, sí, que la pregunta correcta es otra.1 Lo que a mí me atrae es el socarrat de la olla, y eso es, ¿por qué la rivalidad Messi-Ronaldo nos parece, en los momentos de mayor intensidad, una disputa no solo deportiva, sino metafísica? ¿Por qué, cuando Cristiano Ronaldo da el saltito y clava los puños a los lados del cuerpo ante sesenta mil personas –“Siiiiuuuu”– y Lionel Andrés simplemente levanta los ojos después de un gol en la conversación privada que lleva años sosteniendo con su abuela, sentimos que hay algo más, que estamos viendo algo que trasciende el partido, el marcador, ese día?
La respuesta a esto –y no pido disculpas porque vaya a sonar tan pretenciosa como suena– está en Max Weber. En Max Weber y en el Concilio de Trento. En Max Weber, el Concilio de Trento y dos religiones que nacen de una. En Max Weber, el Concilio de Trento, el catolicismo messianico y el protestantismo cristiano como herencia de D10S. Y ya me explico, pero, por si acaso, vengan de a uno, almas tristes.
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Bien mirado, hoy nos parece casi obvio, pero en 1905 Weber produjo un escándalo cuando en La ética protestante y el espíritu del capitalismo arguyó que la Reforma protestante cambió tanto la teología como la psicología del hombre occidental. Esto es, que el ascetismo religioso derivó en el cimiento desde donde crecería una ética racionalista que estaría en el corazón de la futura cultura del trabajo capitalista. En el corazón reformista, Lutero ya había trasladado la responsabilidad de la salvación al individuo: cada alma se para sola ante Dios, sin sacerdotes intermediarios ni necesidad de comunidad sacramental. La nueva arquitectura del yo luterana fue luego perfeccionada por Calvino –el éxito terrenal y la disciplina laboral son caminos ciertos de salvación personal– y retomada finalmente por Weber para presentar la nueva constitución del sujeto productivo moderno: si estás predestinado a la gracia, el trabajo duro, la disciplina, la excelencia demostrada son señales visibles de esa elección. El éxito no te salva, pero es la prueba de que ya estás a salvo, de que hay rectitud en tu existencia. En términos prácticos, esa noción es capaz de producir el tipo de persona que entrena seis u ocho horas diarias, lleva una dieta de monje, no fuma, no bebe, duerme diez horas, contrata crioterapia, y después agradece su éxito solo a sí mismo –al menos en la retórica del gesto, si no en las palabras.
Esa persona es Cristiano, cuya ética es protestante aunque su bautismo sea católico. Y eso es algo que Weber hubiera predicho: el calvinismo cultural ha colonizado incluso a quienes rezan el rosario. Cristiano encarna la noción calvinista de que la excelencia personal es la manifestación exterior de una elección. “A quien trabaja duro, dios lo recompensa”, dijo en una entrevista. El individuo en el centro. El mérito o el fracaso como responsabilidad personal y el individuo en el centro de la calidad moral de la vida. El cuerpo como templo que se construye y se exhibe, la disciplina y la conducta ordenada como sinonimia del estado de gracia. Puro Cristiani.
Y luego está Lionel Andrés Messi Cuccittini. Que es, en el sentido que aquí interesa, un fenómeno completamente distinto, no solo en estilo sino en ontología. Para entender a Messi en términos teológicos –soy consciente de que esto puede parecer ridículo, pero prometo que no lo es– hay que entender qué significa la gracia en la tradición católica posterior al Concilio de Trento, que, entre idas y vueltas, duró la friolera de 19 años, algo menos que la carrera de Lionel Andrés. A diferencia del protestantismo, donde la gracia es algo que Dios confiere de modo irresistible y completo, la teología católica tridentina insistió en que la gracia divina no puede ser completamente dada, sino que hay que ganarla: alcanzar la salvación demanda aportar cooperación humana al regalo divino, que existe, está allí, pero solo se realiza si es correspondido. Dios ofrece y el hombre responde. Y esa respuesta no es un acto aislado sino un proceso continuo, hecho de sacramentos, de comunidad, de sufrimiento redentor, de mediación colectiva. Nada de esto es individual en el sentido protestante. Es, sí, orgánico y relacional.
Messi habla siempre del equipo. La idea de comunidad es vital para el catolicismo, de una manera central que no es visible entre los protestantes, luteranos y calvinistas. Messi valora el trabajo (cero duda) y la entrega personal (cero duda), pero tiene un espacio dedicado para la vida comunitaria: el equipo, la familia, los amigos son argentinamente messianicos. En esa lógica, no es inusual que cuando Lionel Andrés hable de sí mismo, se quite peso. “Dios me dio un don”, dice. “Yo tengo que seguir trabajando para aprovecharlo”. No hay nada curioso en esto: si fue formado católico, esa figura está con todos –nosotros–: es la formulación exacta de la doctrina del mérito cooperante, la gracia divina como regalo que exige respuesta humana. Calvino –o Cristiano– hubiera dicho: “Yo trabajé para conseguir esto”. La diferencia es decidora: en una cosmogonía, el sujeto es el corresponsable de algo que lo precede y lo excede; en la otra, es protagonista central.
Pero para apreciar la singularidad de ambos, resulta útil una taxonomía comparada –en realidad, es solo mirar a seis tipos más– para considerar el lugar que ocupan otras grandes figuras del fútbol en esta misma cartografía teológica.
Pelé, por ejemplo, pertenece a una tradición anterior a esta dicotomía: es el mito premoderno. El semidiós del sincretismo brasileño donde el candomblé, el catolicismo popular y la magia de la pelota se funden en un individuo sin equivalente doctrinal. Pelé no necesita teología porque es, él mismo, una forma de cosmogonía futbolística. Su existencia prueba que hubo un momento primordial –los años 60, sobre todo, el Maracaná, el 1-0 del 58, el jogo bonito todavía más coral del 70– en que el fútbol todavía era pura epifanía sin mediación intelectual. El estadio profético, la enunciación.
Maradona es el caso más complejo, intenso. El propio Diego tomaba con gracia el nombre D10S, una autoconciencia que pocos tienen –Cristiano es otro– con tanta mezcla de ironía, sinceridad, claridad sobre su propio lugar en el mundo, e inteligencia con dientes. Maradona es el Cristo trágico, el que baja, sufre, cae, resucita y vuelve a caer. Era todo en uno: D10S, pecador redimido, vuelto a pecar, ángel caído, el diablo en el cuerpo. Su teología envuelve la encarnación completa, incluyendo la carne en sus costados más oscuros. Es el carmelito Juan de la Cruz más que Santo Tomás de Aquino, porque no viene de la miasma sino que va a ella. Su camino a lo divino pasa por la noche oscura del alma, la cocaína, el exilio napolitano, las peleas con la FIFA.
No hay reivindicación completa tras entrar en el burdel, sino entradas y salidas de un mundo que ya no es este, y quizás jamás lo fue. Si Pelé se mitificó dentro del poder evitando meterse en líos, D10S se historizó –bajó a la Tierra, se sacrificó, murió en su cruz. Maradona es la santidad heterodoxa que el catolicismo popular siempre ha sabido fabricar mejor que ninguna otra tradición: el pecador redentor. (Messi heredó su número y no por casualidad, pero no esa vocación y santidad trágicas, y tampoco por casualidad.)
Johan Cruyff pertenece, si se me permite la metáfora, al reformismo holandés: el calvinismo hecho táctica. El fútbol total de Cruyff –el 4-3-3, la posesión como forma de dominio– no solo es cartesiano, racionalista, estructural sino que representó una reforma de la teología futbolística. Cruyff fue el Lutero del balón. La Naranja Mecánica, su Ajax y su Barça no fueron una orden religiosa sino otra iglesia. Cruyff no creía en el talento bruto: creía en el talento disciplinado por la idea.2 El individuo existe pero está subordinado a un sistema que lo trasciende. Es Spinoza jugando al fútbol –y los dos eran holandeses, lo cual podría ser más que una coincidencia, si uno cree en las determinaciones culturales que Weber describía.
Ronaldinho Gaúcho es el fútbol como gracia pura. No busca ni mérito ni reconocimiento: una teología de la danza, del cuerpo que celebra porque sí, porque puede, porque la pelota y los pies hacen algo hermoso, y eso basta. Si Cristiano es la ética del trabajo y Messi la cooperación con la gracia, Ronaldinho es el Espíritu Santo: llega cuando quiere, no se puede planificar, y cuando se va –como se fue después de los treinta– deja la memoria de la luz y un estado pacífico en el alma, una suerte de calma beatífica, de alegría celestial por haber participado de unas de las formas de la realización material de lo supremo.
Ronaldo Nazário –O Fenõmeno, el verdadero Ronaldo, R9, ese que cuando atacaba (Valdano dixit) era una manada– es quizás el caso más trágico de todos porque su teología era la del don puro, anterior a toda disciplina, y su cuerpo lo traicionó. Ronaldo era la demostración de que el talento puede ser tan absoluto que no necesita ética ni sistema: un milagro sin doctrina. Cuando su rodilla cedió, cuando los músculos dijeron no va más –siempre hay un cuerpo sufriente en la fe–, el gordo hermoso no tenía nada detrás. No había teología de respaldo, solo el misterio doloroso de lo que pudo haber sido.3
Zidane era otra cosa: una figura mística, contemplativo. Sus movimientos tenían la fluidez de algo que ocurre en un orden superior al del esfuerzo visible. Zidane no parecía correr sino trasladarse como esos chicos de TikTok que caminan en el aire. El futbol se revelaba en Zidane de una manera extraordinaria, de modo que cuando El Monje –no era vano el apodo– parecía decidir, en realidad recordaba algo que ya sabía. Si Cristiano es el asceta activo y Messi el cooperador con la gracia, Zidane es esa contemplación superior: la persona en quien la gracia se ha manifestado tan profundamente que ya distingues entre acción y recepción. Meister Eckhart haciendo una rabona en el Bernabéu.
Lo que diferencia a Messi y a Cristiano de todos esos tipos es la duración y, quizás, la autoconciencia. Han coexistido durante veinte años, han ganado (casi) los mismos trofeos, han roto (casi) los mismos récords, y sin embargo nunca se han parecido. Lo que el tiempo ha revelado es que su diferencia no es de cantidad sino de especie.
La santidad católica –dirá Hans Urs von Balthasar en Gloria: una estética teológica– no se expresa en la autosuficiencia sino en la entrega.4 El santo católico no reclama –acepta– ni acumula mérito visible: puede vivir con la renuncia. Y Messi ha hecho, en los momentos decisivos, exactamente eso. Renunció a la selección argentina en 2016 después de perder la final de la Copa América contra Chile, diciendo “No se me daba”. La frase es sintomática, una renuncia ante algo superior: no dijo “no pude” sino “no se me daba”, como si el don dependiera de una voluntad exterior que decide cuándo otorgarlo y cuándo no.
Cristiano, en los mismos momentos de derrota, ha buscado primero razones externas y en muy raras excepciones se ha puesto en el centro de la diana. Los árbitros, los compañeros, la suerte. No creo que lo haga por deshonesto, sino porque en su teología personal no hay espacio para la aceptación del misterio. Cristiano ve la culpa en una externalidad, jamás en sí mismo, pues no hay tipo más consciente de su propio trabajo para que la fortuna le acerque la silla. En el protestantismo riguroso, las cosas se explican: si fallaste, es porque no trabajaste suficiente, o porque no eras el elegido. Cristiano vive en ese universo donde todo tiene una causa rastreable y el fracaso es explicable por una razón. Donde la excelencia es el resultado directo del esfuerzo productivo.5
Messi, en cambio, vive en el universo donde la gracia existe y no siempre se explica. Donde el sufrimiento –diecisiete años sin ganar nada con Argentina, los penales fallados y las finales que perdimos/cuántos años las lloré…– es parte del proceso redentor. No hay allí anomalía por corregir sino un camino de expiación. El catolicismo, decía el teólogo alemán Karl Rahner, es la tradición religiosa que más seriamente ha tomado el misterio como categoría teológica permanente, incluso más que su tronco fundante, el judaísmo: el misterio jamás es una especie de ignorancia provisional o momentánea a la espera de que la ciencia resuelva, sino que es una dimensión constitutiva de la realidad –¿un en sí en camino a un para sí?–, aquello que está más allá de toda comprensión, pero sin por eso estar más allá de toda experiencia. Messi experimenta ese misterio en la cancha. No sabe –y cuando le preguntan, lo dice– cómo hace lo que hace. Simplemente lo hace. Dios proveyó, ¿quién es uno para inquirir de más?
Todo esto me lleva a la cuestión final: ¿no es una coincidencia extraordinaria que el protestante se llame Cristiano y el católico sea el Messias? Uno no solo invoca al individuo que sigue a Cristo sino a toda una fe productivista; el apodo de Messi –en la grafía popular argentina siempre junto al D10S maradoniano– invoca al ungido, al que fue enviado, al que trae un mensaje ecuménico. Lutero escribió en el prefacio a la Epístola a los Romanos que la fe no es una obra del hombre sino un don de dios que cambia al hombre desde adentro. Messi no lo leyó –todos sabemos eso–, pero, como la mayoría de nosotros que habitamos inconscientemente las ideas de filósofos muertos, lo practica de manera intuitiva. Cristiano es tan luteranamente personal que ha de suponer que existe en vida como un silogismo nietzscheano perfecto: CR7 ha compensado con esfuerzo y ciencia deportiva el talento que dios proveyó al Messias; el fin de dios solo puede ser producto de la razón del hombre.6
Insisto: la pregunta quién es mejor es la pregunta equivocada desde hace años. La cuestión es qué tipo de vínculo con lo sagrado nos propone cada uno. Porque, si el fútbol es tan trascedente para robarnos todas las horas que le dedicamos, para separarnos de obligaciones productivas y suspender el tiempo. Si, como dice Juan Villoro, el fútbol es una religión global que tiene estadios por catedrales e hinchas por devotos, no puede existir una iglesia –o varias– sin cosmogonías, santidades y dioses. Sin un dogma que propalar y defender. Cristiano propone la teleología del trabajo como nexo a lo divino. Messi viene de la gracia como regalo que exige una respuesta humana para validarlo y hacerlo crecer. Son dos modos de existir en el mundo y de relacionarse con el don y con el límite. Las dos teologías, encarnadas en dos cuerpos trabajados –porque no hay virtud sin dedicación–, han pregonado en los mismos campos durante dos décadas sin jamás llegar a ser la misma cosa, creando en el camino dos devociones disímiles, una obsesionada con el productivismo –los cristianos–; la otra –la messianica– que ve la victoria en la virtud con la que se juega y gana.
El protestantismo produjo el capitalismo, la modernidad, el individualismo moderno y el Balón de Oro como categoría meritocrática. El catolicismo produjo el sufrimiento redentor, la comunidad como condición de lo humano, y a un chico bajo de Rosario que llegó a ser el deportista más grande de la Historia. Todo porque alguien en un club firmó una servilleta de papel. Hasta hoy, esa servilleta es el documento fundacional más importante del fútbol contemporáneo. Es, también, un acto de fe casi religioso en que el don, si existe, siempre encuentra la forma de abrirse camino. Así algunos cristianos intenten interponerse. ~
- Porque las otras son una competencia innecesaria y falaz y porque el fondo vale más que la superficie de una batalla alimentada de un solo lado: los traumados hinchas del 7 de Portugal. ↩︎
- De la orden de Cruyff saldrán otros cartesianos que actúan de organizadores pastorales, Pep y Luis Enrique. ↩︎
- La religión futbolera, que es bastante sabia, entiende que el gordo tiene un lugar en el panteón de los diez dioses. ↩︎
- Von Balthasar tiene otra noción devocional: la belleza concebida como expresión, realización radiante, del bien y la verdad. Me cuesta disputar esa idea cuando veo una jugada magistral en el campo –como El Gol del siglo de D10S. ↩︎
- El misterio es incómodo para esa lógica. Calvino, en Institución de la religión cristiana, decía que Dios predestina a algunos a la salvación y a otros a la condena, y esa predestinación es absoluta, no permite albedrío. No hay misterio que aceptar, entonces; hay una lógica que entender, así duela. ↩︎
- Nada paradójicamente, la humanidad ha seguido refugiándose en las religiones ante el fin de otros relatos absolutos, incluida la promesa desmitificadora de la ciencia. La magia primitiva de la fe todavía triunfa sobre las teleologías racionalistas, tanto como el Messias sobre el humanísimo hijo que el hubris creó en Madeira. ↩︎