Foto: Javier Campos/dpa via ZUMA Pres

Sísifo en Venezuela

El doble terremoto del 24 de junio es la reiteración del drama en que vive atrapada Venezuela. Frente a un Estado indolente hay una población que ha aprendido de sus errores.
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Estaba escuchando un programa de opinión política cuando este fue interrumpido para dar la noticia del doble sismo en Venezuela. De inmediato me puse en contacto con mi parentela en Caracas, con la amiga que renta nuestro departamento y con otras personas muy queridas. Entendí al paso de las horas la magnitud de lo ocurrido, más allá de los datos concretos de los medios de comunicación, cuando mi gente allegada me comentó acerca de parientes y amistades heridas, desaparecidas o fallecidas, por no hablar de las afectaciones en las viviendas y negocios, con casos que incluyen desde evacuación definitiva hasta arreglos que costarán fuertes sumas de dinero, lo que no abunda en el país.

Vivo la curiosa condición de quienes se han ido de su país a causa de las circunstancias políticas: dos mujeres conviven en un cuerpo, una vive, trabaja y disfruta en México; otra está en Venezuela bajo la lógica del mito de Sísifo, un rey soberbio e impresentable a quien el implacable Zeus condena por toda la eternidad a empujar una roca por la cuesta de una montaña, que luego indefectiblemente rueda por la pendiente. Este personaje de la mitología griega constituye una metáfora perfecta de Venezuela, castigada a raíz de una equivocación política: hasta 2013 el voto popular respaldó a la Revolución bolivariana, epítome del rentismo, el militarismo y la ineptitud. Después de que el chavismo perdió el sostén popular, el país ha intentado salir de la dictadura izquierdista a través de la protesta, el voto y hasta un gobierno paralelo. Una intervención extranjera se llevó al dictador Nicolás Maduro, pero la roca volvió a caer: la dictadura continuó, si bien el país empezó a mejorar tímidamente en cuanto a economía, apertura política, liberación de presos políticos y libertad de expresión.

Sísifo no puede descansar: el 24 de junio pasado el doble terremoto ocurrido en un par de minutos dejó de lado las limitadas mejoras. En su eterna guerra contra la población civil, el chavismo desmanteló las capacidades del Estado. La terrible ruina del estado La Guaira es la manifestación más visible de los múltiples daños ocurridos en la región central al norte del país, que incluye a Caracas, a su área conurbada y a estados como Carabobo y Aragua. La devastación ha sido retratada no solo por la acción periodística sino por la ciudadanía de a pie que sube videos a las redes sociales mientras hace lo imposible por ayudar. Las pérdidas materiales se calculan en 6,700 millones de dólares; en cuanto a las humanas, están en el orden de las 2,300 personas, con una gran probabilidad de que sean muchas más, cifra fatal a la que se agregan unas 50 mil personas declaradas desaparecidas.

Es preciso sumar la impunidad con que alguna morgue cobra en dólares por entregar un cadáver a su familia, los saqueos que realizan los cuerpos de seguridad, la incapacidad oficial para gestionar la ayuda nacional e internacional, la inacción del Estado que no hizo absolutamente nada durante las horas inmediatamente posteriores, cruciales para el rescate de las víctimas entre los escombros. Los reclamos de la población civil a los militares y policías que están estorbando las labores de rescate van desde súplicas hasta insultos, empujones y amenazantes rechiflas. El Estado no cumple ninguna función en Venezuela respecto al bienestar ciudadano, simplemente administra quiénes quedan vivos entre la agonía y el desespero, reducidos a la condición de “homo sacer”, como diría Giorgo Agamben, de ciudadanos desprovistos de derechos que pueden ser eliminados sin consecuencias por la vía de la acción (represión, sistema de salud colapsado) o de la omisión (qué importa que muera la gente ante la necesidad de preservar el poder).

En contraste, las situaciones memorables se multiplican: la población que obliga a los guardias nacionales saqueadores a romper los dólares que le extrajeron a personas fallecidas; la fotografía de un hombre, rodeado de gente, que sostuvo una pieza de concreto armado para ayudar a salir a otras personas; la declaración del mexicano Héctor Méndez, con 80 años a cuestas y parte de la organización rescatista Topos Aztecas, que se negó a alabar a Delcy Rodríguez a petición de una “periodista” de un canal oficial, acto que lo ha convertido en un héroe popular; la gratitud hacia los rescatistas venezolanos que trabajan con las manos y hacia los extranjeros que apoyan con sus buenos equipos; la población empobrecida solidaria a más no poder; la organización de los propietarios de edificios que no han tenido daños de consideración para manejar las afectaciones en cuanto servicios públicos, resolver los daños urgentes y proteger a las personas más vulnerables, como las de edad avanzada. Por último, aunque no menos importante, hay que destacar la protección hacia la infancia que ha quedado sola para que no sea víctima de la maldad que suele surgir en medio del caos.

Aunque la ayuda internacional ha sido ejemplar, se depende de la cleptocracia revolucionaria que ha probado sistemáticamente su ineptitud. Sin cambio de gobierno, Venezuela seguirá en la infernal repetición de Sísifo. El chavismo ha hecho suya la consigna atribuida al militar franquista español José Millán Astray “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, pues ha despreciado sistemáticamente el conocimiento, visto como “tecnocracia y ciencia neoliberales”, con el consiguiente desmantelamiento de logros apreciables de la sociedad venezolana en cuanto a protección civil y construcción de edificios antisísmicos. Una prueba de esta afirmación: parece que no se aprendió nada del deslave del hoy estado La Guaira, una tragedia ocurrida en 1999 que manifestó fehacientemente las limitaciones de la localidad para la construcción masiva de viviendas. Al hambre, la enfermedad, el éxodo, la muerte, la tortura y el empobrecimiento masivo, se suma ahora una catástrofe de enorme magnitud, un evento natural inevitable sucedido en una población a la que el Estado abandonó.

Venezuela no es solo mi país sino uno, quizás el más importante, de los temas de trabajo a los que me he dedicado durante muchos años. Sísifo está en mí en este momento; quisiera, aunque me resulta imposible, dejar a un lado el drama de mi país. Recordando El mito de Sísifo, de Albert Camus, en la lucha está el sentido para seguir adelante. Es el momento de la política de verdad: el gobierno estadounidense se equivocó de plano al pensar que Delcy Rodríguez convenía a sus intereses así que debería actuar en consecuencia presionando para la transición democrática; el regreso de María Corina Machado a Venezuela es imprescindible y es perentoria la etapa de transición política, la cual debe acelerarse con un gobierno de unidad nacional capaz de gestionar lo que el país necesita. El momento de la liberación de Sísifo, que ya ha aprendido de sus errores, tiene que llegar. ~


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