En el pasado solía usar la palabra “temblor”, ahora prefiero decir “terremoto” y prácticamente nunca digo “sismo”, mucho menos “seísmo”. En cualquier caso, el verbo es “temblar”.
Procopio de Cesárea, historiador del siglo VI, tiene una escueta narración de lo que pudo haber sido el más mortal de estos movimientos telúricos, ocurrido en Antioquía en el año 526. “Pues bien, poco después, cuando ya Justino gobernaba a los romanos, sobrevino un terremoto muy violento que sacudió toda la ciudad y en un momento tiró al suelo la mayoría de sus más bellos edificios, y se dice que murieron trescientos mil antioqueños”.
La cantidad es muy elevada, tomando en cuenta la población de la ciudad y el hecho de que en tal pasado no se vivía en edificios de muchos niveles. Lo bueno de los libros clásicos en las mejores ediciones, es que suelen estar plagados de notas pertinentes que nos llevan a otros libros. Tal parece que la fuente es el cronista bizantino Juan Malalas.
Muy en el estilo de la época, Malalas cuenta que la ciudad cayó por la ira de Dios. Da la fecha y hora precisa. Y cuenta que la desgracia fue tan grande que “ninguna lengua humana puede describirla”. La ira del “Señor todopoderoso en su maravillosa providencia” fue tan grande, que luego del terremoto hizo comenzar un incendio que devoró a quienes estaban bajo los escombros. “Quienes huían encontraron las llamas y quienes se refugiaron en sus casas terminaron chamuscados”. Nos dice que “nada quedó de esta gran ciudad sino una fila de casas construidas en la montaña”.
A diferencia de Procopio, Malalas pone los muertos en doscientos cincuenta mil. Cuenta que “se había reunido una gran multitud en la ciudad” por tratarse de la fiesta de la Ascensión; y el temblor sobrevino tan pronto comenzaron a sonar las campanas. Los cristianos festejando a dios, y dios resentido por alguna friolera. Por si fuera poco, algunos supervivientes tomaron sus pertenencias y salieron de la ciudad; pero acabaron siendo asesinados por salteadores y soldados.
Sin necesidad de un campanero, los terremotos hacen sonar las campanas.
Muy famoso es el terremoto de Lisboa de 1755, que se dio el primero de noviembre, día de Todos los Santos. En vez de buscar explicaciones divinas, Immanuel Kant trató de explorar las causas físicas, ganándose la postiza reputación de ser el primer sismólogo, con etimologías griegas, pues no decimos terremotólogo; y en España, aunque se empeñan en el “seísmo”, no dicen “seismólogo”. Las teorías de Kant sobre cavernas, gases y explosiones fueron desechadas, pero al menos ya se había dado un paso científico para explicar el fenómeno.
Antes que Kant, Plinio el Viejo escribió sobre las creencias de los babilonios: “Los temblores de tierra y las grietas se producen por el mismo influjo de los astros que origina todos los demás fenómenos”, o sea, lo mismo que causa las mareas. Tan cerca y tan lejos de Newton. Plinio prefería creer que los terremotos venían por la presión de gases en la tierra, de modo que era precursor de las ideas de Kant.
Tales de Mileto, el primer hombre con pensamiento científico, acertó poco al decir que la tierra flotaba sobre el agua, y los terremotos se debían al movimiento de estas aguas.
Quien se interese, puede leer el tratado sismológico de Séneca, en el que enumera muchas teorías de sus antepasados.
Entonces, lo que hizo Kant fue reinscribir los movimientos telúricos en la ciencia, luego de que varios siglos de cristianismo los habían convertido en castigos venidos del cielo.
Y volviendo a Lisboa… Quedó también ese terremoto en un clásico de la literatura: en el Cándido de Voltaire, con una breve descripción. “Calles y plazas se cubrieron de torbellinos, de llamas y cenizas; se hundían las casas, se caían los techos sobre los cimientos, y los cimientos se dispersaban, y treinta mil moradores de todas edades y sexos eran sepultados entre ruinas”.
Edward Paice dedica todo un libro a este terremoto. Con cierta obviedad, se titula The wrath of God. Los testimonios que recoge de testigos de la época son lugares comunes. Alguien dice que los edificios se derrumbaban con “gran estrépito”; otro, que se “sorprendió por el repentino movimiento de su habitación”, o “la casa comenzó a temblar hasta sus cimientos” o “la gente gritaba”, una “terrible escena”, “las paredes se mecían de una manera terrible”, y acaso la más interesante es “el rechinido de una casa que se frotaba contra la otra”. Un terremoto no es tiempo de poesía.
Lo que predomina desde hace décadas para describir estos eventos es que parece “una zona de guerra”, pero tal símil tampoco ayuda.
Quizás Malalas tiene razón y ninguna lengua humana puede describir lo que se vive.
Me extrañó el empleo en Voltaire de la palabra “torbellino”, pero su frase quizá vaya influida por Isaías 29:6: “Por Jehová de los ejércitos serás visitada con truenos, con terremotos y con gran ruido, con torbellino y tempestad, y llama de fuego consumidor”.
Los ilotas, o sea, los esclavos de los lacedemonios, o sea, de los espartanos, aprovecharon el descontrol luego de un terremoto para montar una insurrección.
Mateo nos cuenta que, cuando expira el cristo en la cruz: “el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos”. Pero nadie le cree ese retorno de los muertos vivientes, y los teólogos cristianos se esmeran en torcer sus palabras para darles otro significado.
Mucho hemos avanzado desde Tales para comprender por qué de pronto se mueve la tierra; pero los terremotos siguen teniendo el misterio de la predicción, y ahí donde la ciencia ignora, vuelve a meterse la religión. “Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre”. ~