Dios no condujo el balón desde el pie de Ferrán Torres a la portería argentina

Argentina bien podría haber ganado gracias a su juego sucio. De haber sido así, Occidente hoy estaría sumido en la más profunda desesperación.
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España ganó el Mundial, pero Argentina ganó en lucha grecorromana. Esa es la idea que, de forma más o menos chistosa, se repite en el debate público occidental: España merecía la copa, porque Argentina jugó sucio. La victoria moral coincidió con la reglamentaria, y eso pone contento a todo el mundo, como en una historia de Dickens en la que un pequeño héroe se enfrenta a la perversidad, o una película de Hollywood en la que el villano, a quien todo le sale a pedir de boca, cae finalmente en desgracia. La resolución de este partido mantiene el orden moral: humaniza el universo y refuerza la idea religiosa de que obrar bien tiene recompensa.

Pero el escritor Santiago Gerchunoff nos pone en nuestro sitio: ojo, que España ha ganado no por ser “buena gente”, sino por haber jugado mejor al fútbol. No ha sido un dios reparador el que ha conducido la pelota desde el pie de Ferrán Torres a la portería contraria para recompensar a los buenos chicos de la selección española. Pero es imposible desprendernos de la idea de castigar al que obra mal, porque detrás de la alegría generalizada hay un mecanismo biológico: la moralidad, que articula emociones viscerales para castigar el mal y premiar la virtud. Así, nos emocionamos negativamente con el juego violento de Argentina, y sentimos que la victoria española mantiene el orden moral.

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Argentina bien podría haber ganado precisamente gracias a su juego sucio. Unos minutos más y el partido se hubiera resuelto en los penaltis. De haber sido así, Occidente hoy estaría sumido en la más profunda desesperación. Nos recordaría lo que sabemos pero no queremos saber: que la historia no la escribe Dickens, sino Sade. La única diferencia es que los personajes de Sade no tienen doscientas cámaras apuntándoles, y como las fechorías de sus personajes pasan desapercibidas, se vuelven “los buenos” porque tras vencer son los que escriben las nuevas normas. Normas que, por supuesto, les favorecen.

Un atajo para trascender

No me interesa mucho el fútbol pero, ya que este tren no tiene mucha frecuencia, aproveché el momento. Vi la final en el Muñiz, junto a Juan Soto Ivars y Joaquín Reyes, protagonistas hace un par de años de un airado debate sobre cancelación. Ahí quedó en pelillos a la mar: dejaron sus yos para fundirse en el nosotros. El fútbol es un magnífico atajo para trascender, a pesar de que nada de lo que ocurre en el terreno de juego es materialmente importante (no nos devuelven Gibraltar, no te dan día libre en el trabajo, no hace que se salve un perrito, etc.), como tampoco lo es una procesión de Semana Santa. Pero el valor de estos rituales es, precisamente, su carácter cohesionador, y dar la apariencia de que el universo mantiene su orden.

Tras el partido me di una vuelta por Madrid. La ciudad entera era una fiesta de miles de personas que voluntariamente se hicieron indistinguibles entre sí: mismas camisetas, mismos colores, mismos cánticos. Llegué hasta la Cibeles, donde se estaba celebrando un macrobotellón. Pasaban las cuatro de la mañana de un domingo. Un amigo se fue a casa, dijo que en realidad no le interesaba tanto el fútbol. Yo me quedé. A mí tampoco me interesaba tanto el fútbol; me interesaba el interés. La euforia me ponía eufórico.

Messi merece el Nobel de la Paz

Hoy leo en internet que Messi es un soplón, que Unai Simón debería haberse llevado una silla y un periódico, y otras cosas que no entiendo mucho, pero que me han recordado a esta conversación de tasca:

—¡Alto allá! —declaró don Alonso, dando un fuerte puñetazo en la mesa—. Si el almirante Córdova hubiera mandado orzar sobre babor a los navíos de la vanguardia, según lo que pedían las más vulgares leyes de la estrategia, la victoria hubiera sido nuestra. Eso lo tengo probado hasta la saciedad, y en el momento del combate hice constar mi opinión. Quede, pues, cada cual en su lugar.

Es parte de una charla sobre la batalla del Cabo de San Vicente que Benito Pérez Galdós sitúa en una taberna de Cádiz. En aquel Inglaterra vs Francia-España de 1797 hubo casi 500 muertos; en el Argentina vs España de esta semana solo tortas. Si el ritual del fútbol es un buen canalizador de lo bueno de la moralidad, también lo es de sus aspectos negativos: el desprecio a los otros, la justificación del mal, la violencia tribal. No es descabellado sugerir que los futbolistas, incluidos los violentos jugadores argentinos, merecen el Nobel de la Paz por permitirnos exprimir lo mejor de la humanidad y canalizar lo peor hacia una emocionante gesta simbólica.


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