Al inicio del capítulo séptimo de la miniserie televisiva El juicio (México, 2026), estrenada en Prime Video el fin de semana pasado, la abogada feminista especializada en casos de abuso sexual Isabel Juárez (Teté Espinoza) le aconseja, sonriente, a su clienta, la recia adolescente Andrea Portillo (Karla Gaytán), que deje de ver películas gringas, que el careo en el que va a enfrentar a su abusador, el detestado y detestable hijito de papá Carlos Hurtado (Íker Sánchez, perfectamente intragable), no va a suceder con un jurado de 12 personas como testigo. Esa parte crucial del susodicho juicio se llevará a cabo solamente frente a un juez (Emilio Guerrero) que, para acabarla de gozar, está decidido a proteger al ricachón acusado porque no se cansan de repetir varios personajes a lo largo de la serie, “este es el país en el que vivimos”.
Creada por el ascendente guionista Daniel Krauze (de la escritura de varios episodios de la magnífica Un extraño enemigo [2018-2022] al guion de la reciente México 86 [Ripstein/2026], pasando por la coordinación de escritores en Luis Miguel: la serie [2018-2021]), El juicio se nos presenta como una versión tropicalizada de los emblemáticos dramas hollywoodenses de juzgado, en el que, más tarde que temprano, gracias a cierto personaje heroico –que puede ser un abogado, un miembro del jurado, un testigo, un agente de la policía, incluso el mismo juez–, la justicia llega a imponerse en contra de todo pronóstico habido y por haber. El discurso liberal hollywoodense es, a final de cuentas, optimista: por más que las instituciones fallen, sean omisas y hasta corruptas, siempre existirá el individuo que dará un paso al frente para, diría el clásico, desfacer entuertos, como ha sucedido en esos escenarios fílmicos desde 12 hombres en pugna (Lumet, 1957) hasta Jurado No. 2 (Eastwood, 2024), pasando por Heredarás el viento (Kramer, 1961) o Será justicia (Lumet, 1982).
Si el juicio del título no sucede entre las cuatro paredes de un juzgado, ¿en dónde pasa? Krauze y sus coguionistas ubican el caso de la protagonista Andrea Portillo en un entorno en que el clasismo más rampante y la corrupción más descarada dominan entre las élites políticas y empresariales de este país. El juicio no sucede realmente en el modesto juzgado que vemos en la serie televisiva sino en el espacio público, ahí donde, acaso, los poderosos están un poco –pero solo un poco– menos protegidos. Inspirada en hechos reales que, a mi ver, se conectan tanto con la violación de una adolescente llamada Daphne cometida por los apodados “Porkys de la Costa de Oro” en Veracruz en 2015, como con la violencia digital perpetrada en contra de la jovencita Olimpia Coral Melo Cruz en 2012, en Huachinango, Puebla, El juicio se nos presenta como un acezante drama social en el que la posibilidad de la verdadera justicia se acerca y se aleja en cada nuevo episodio.
Esta estructura narrativa hace muy difícil que uno deje de verla –yo confieso que la vi completa en dos sentadas–, por más que en alguna ocasión Krauze se engolosine con un desenlace tramposo entre un episodio y otro, y aunque haya ciertas subtramas que no contribuyen mucho a la historia, a no ser alargar artificialmente los capítulos para llegar a los 40-45 minutos de duración que tiene cada uno de ellos. Eso sí, la historia no carece de valiosos elementos simbólicos que subrayan el carácter de los personajes –por ejemplo, el perro robado como cachorro y luego descuidado ya como adulto por el insoportable junior Carlos– y, también, un conocimiento que se siente genuino del ecosistema privilegiado, racista y clasista en donde viven estos jóvenes indolentes, perfectamente retratado en varios momentos, sea a través de cierta conversación casual entre ellos (“¿Te has cogido a una chacha?”), sea a través del insulto más procaz (“Pinche becada de mierda”), sea a través de alguna orden dicha de manera displicente, como cuando Carlos le señala al recién corrido chofer y asistente César (Leonardo Alonso), quien ha venido a despedirse, que ya que va de salida, le diga a la cocinera, de pasadita, que le haga “unas quecas”.
Es en estos momentos, engañosamente digresivos, cuando El juicio vehicula mejor su encabronante discurso moral, muy bien encarnado por un ejemplar reparto extendido, con un adecuadamente tieso e inalterable Pedro Alonso en el papel del encumbrado padre protector de su hijo violador y un insólitamente contenido Eugenio Derbez como el indignado padre de familia convertido en feroz cruzado por el honor de su hija y, de cierta manera, de sí mismo. Los directores de la serie –los mexicanos Roberto Sneider y Jorge Michel Grau, más la española Belén Macías– alternan el interés dramático en los dos patriarcas enfrentados con el de la Andrea de Karla Gaytan, una joven actriz que resulta muy convincente no solo en su papel inicial de víctima indefensa sino también en el de muchachita coraje que no quiere dar su brazo a torcer y, sobre todo, hacia el final, cuando Andrea ha sobrevivido a todo este viacrucis para emerger como una mujer que, dijera Samantha Geimer, se niega a que un solo acontecimiento, por más doloroso que haya sido, defina el resto de su vida.
“No tienes de otra”, le dice en el primer episodio su mamá (Luisa Huertas, siempre bienvenida) al emproblemado hijo maduro interpretado por Eugenio Derbez. Hacia el desenlace de El juicio, nos queda claro que siempre queda de otra, aunque el camino sea largo y el resultado no sea siempre el mejor. Pero así suele ser la justicia no solo en México, sino en muchos otros lugares más. Los finales, en la vida real, no son exactamente hollywoodenses. ~