La escritura y la vida según Miriam Toews

En ‘Tregua, que no paz’, la escritora Miriam Toews intenta responder a la pregunta “¿Por qué escribo?”, pero lo más interesante son sus digresiones y desvíos.
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Un encargo desde México. La escritora Miriam Toews (Steinbach, Canadá, 1964) recibe una invitación para participar en un congreso en México con otros escritores. El encargo es sencillo: tiene que escribir un texto en el que responda a la pregunta de por qué escribe. Ella pregunta: “¿Por qué escribo… o por qué escribir? Por qué escribo”. Ese es el disparadero de Tregua, que no paz (Sexto Piso, traducción de Julia Osuna Aguilar), memorias, libros de duelo y de aventuras del día a día, libro híbrido en el que también responde a la pregunta de por qué escribe –aunque todas las versiones que manda a sus anfitriones en México les parezca que no encajan, que no responden a la pregunta hasta que, finalmente, le retiren la invitación. 

Los muertos de Toews. El padre de la escritora se suicidó, también la hermana se suicidó. La escritora tuvo un episodio de coqueteo con el suicidio: “Hace años, después de contemplar el suicidio a la orilla del Assiniboine, cuando creía que había destruido a la gente que más quería en este mundo, y tras conseguir solo lanzar el móvil al agua antes de que me convencieran de volver a la orilla […]”. Antes de suicidarse, los dos pasaron por episodios de diferente duración de silencio voluntario, los dos escribían, todos escribían, salvo la madre. “Después de suicidarse mi padre, a mi madre le dio por dejar de abrir sus cartas, mudarse a un piso a pocas calles del mío en la ciudad y empezar a memorizar palabras de tres letras.” De ahí surge la afición al Scrabble, organiza torneos en su casa. Toews recupera una cita de Christian Wiman: “Podríamos quizá recordar a nuestros muertos sin que nos persigan, darle a nuestra vida coherencia, que nos ‘cierre’, y aprender a vivir con nuestros recuerdos, nuestras familias y nosotros mismos en tregua, que no paz”. 

Dos abuelas en apuros. El libro mezcla varios tiempos –y varios asuntos–, en el presente de la narración, además de contar los avances del encargo fallido sobre la pieza en la que tiene que explicar por qué escribe, comparte aventuras con sus nietos y su madre: juntos juegan a el suelo es lava; los niños le dan su visión sobre su proceso de escritura (“Hace como que enciende una vela y la pone al lado del café y luego se queda mirando fijamente el ordenador y alarga la mano para coger la vela. Hace como que se la bebe y pega un grito”), ella le pregunta a su madre por el suicidio del padre y de la hermana. Hay muchas aventurillas de lo más simpáticas y una en la que la madre se convierte en heroína inesperada al sacar a su hija de la habitación llena de cristales rotos, fruto de una violenta ráfaga de aire: “En ese momento me pareció de una fortaleza sobrenatural, agarrándome los brazos con una fuerza que casi me dolía, y entonces me apartó de la ventana y me sacó del cuarto y cerró de un puntapié. Me acuerdo perfectamente de cómo lo hizo, con qué elegancia, con qué aplomo; era de lo más improbable, con la edad que tenía y lo que le costaba moverse; no sé cómo consiguió, incluso en movimiento, incluso conmigo cogida y apartándome del peligro, cerrar la puerta de esa forma tan bonita”. Tal vez eso sea hacer de tripas corazón. 

Desvíos. El libro de Toews tiene varios desvíos, o quizá sea más ajustado decir que el libro está hecho de desvíos –quizá por eso le rechazan el texto y la desinvitan–. Están sus fugas en versión caminatas por la ciudad, y las fugas del tema del libro: desde recuerdos de infancia y pinceladas de su familia, perteneciente a la comunidad cristiana de los menonitas. Entre esas fugas y desvíos, la del Museo de los vientos, fantasía-proyecto de Toews que va reapareciendo a lo largo del libro, casi a ráfagas. Me acordé de Principio, medio, fin de Valeria Luiselli, que tiene cuatro partes, cada una nombrada con un viento: Levante, Ponente, Scirocco, Maestrale. Me acordé de El libro moebius de Catherine Lacey, cuya familia es metodista, en una de las partes de su libro más reciente, la de no ficción, habla de su pérdida de fe, porque es sobre todo un libro sobre rupturas. 

Por qué escribe Miriam Toews. En Tregua, que no paz hay cartas, las que las dos hermanas se cruzaron, un poco a propósito de todo: de su primer libro, de la escritura del segundo; cuela también un puñado de cartas que conforman una especie de comedia romántica sin happy ending con su poco de coming of age y su aventura en ruta porque son las cartas que Toews le mandaba a su hermana en su viaje por Europa con un noviete. “Mi hermana me pidió todo tipo de cosas. Que le escribiera cartas, que la ayudara a vivir, que la ayudara a morir, que la comprendiera, que intentara comprender, que dejara de intentar comprender, que la dejara ir, que me fuera, que volviera, que hiciera listas […]”. Miriam Toews escribe porque su hermana se lo pidió.


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