Biblioteca para la angustia: Las chicas, de Emma Cline

La angustia ambiente enceguece y nubla. Desde esta redacción proponemos aliarnos a la lectura para hacer frente a la singularidad del triunfo de Donald Trump. Hemos conversado con nuestros colaboradores y les hemos propuesto que nos recomienden libros o artículos, ensayos o reportajes, crónicas o fábulas pertinentes. Bajo el encabezado de Biblioteca para la angustia, agruparemos esos títulos y los párrafos que detallan la recomendación  
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Cuando el mundo se vuelve insoportable, una buena lectura distrae, reivindica. Si perturba, mejor aún. No se trata de huir de la realidad, sino de verla desde otro ángulo. Eso es justo lo que consigue Las chicas, la deslumbrante primera novela de Emma Cline.

Ocurre, en su mayor parte, durante el “verano del amor” a finales de los años sesenta. Se basa, libremente, en el caso de Charles Manson y su extraña secta La Familia, quienes cometieron, como es sabido, una serie de horripilantes crímenes en California, entre ellos el asesinato de la actriz Sharon Tate, quien estaba embarazada.

Emma Cline posee una madurez y una destreza difícil de encontrar en una persona tan joven. Lo que menos le interesa es narrar los detalles escabrosos de los asesinatos. En cambio, crea una embriagadora novela sobre la adolescencia femenina, el difícil tránsito a la adultez, y la vulnerabilidad de la mujer en un mundo de predadores, siempre con ojo crítico: “Pobres chicas. El mundo las engorda con la promesa del amor. Cuánto lo necesitan, y qué poco recibirán jamás la mayoría de ellas”.

Las chicas está lejos del True Crime y más cerca de la tradición novelística de la que forman parte libros como Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay; Un juego de niños, de Donna Tartt, y Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides: historias sobre adolescentes en problemas en tiempos problemáticos.

Cuando la presidencia del país más poderoso del mundo está a punto de ser tomada por un ególatra demagogo, el libro de Emma Cline tiene mucho qué decirnos sobre la peligrosa influencia que las figuras mesiánicas –Charles Manson en este caso– ejercen sobre las mentes más endebles y desorientadas. Los seguidores de Manson obedecieron sus órdenes sin chistar, y luego reían y cantaban canciones durante el juicio. No era cinismo. En verdad no se habían dado cuenta que acababan de cometer una atrocidad.