El discreto oficio de indexar

Historia de los índices

Dennis Duncan

Traducción por Traducción de Juan Nadalini

Ampersand

Buenos Aires,,, , 2026, 402 pp.

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El ensayo Index. Historia de los índices se abre con un epígrafe revelador del escritor británico Isaac D’Israeli: “Yo, por mi parte, venero al inventor de los índices […] ese jornalero anónimo de la literatura que por primera vez expuso los nervios y las arterias de un libro.” Esta elección anticipa las pasiones y la curiosidad intelectual del propio autor del libro, Dennis Duncan, miembro de la Royal Historical Society del Reino Unido.

La imagen de esos “nervios y arterias” recorre toda esta historia cultural de los índices, en la que Duncan desentraña esta herramienta destinada a facilitar la lectura y la consulta, cuya aparición, en el siglo xiii, estuvo estrechamente ligada al desarrollo de los códices y a nuevas formas de estudiar, copiar y transmitir el conocimiento.

Podría pensarse entonces que se trata de un libro reservado a filólogos, bibliotecarios o documentalistas. Sin embargo, el propio autor desmonta esa impresión desde las primeras páginas al recordar que todos somos, en cierto modo, indexadores. Cada vez que ordenamos los armarios de la cocina o decidimos en qué carpetas archivar los viejos apuntes de la universidad estamos elaborando índices, aunque sean tridimensionales.

En lugar de entender el índice como un simple instrumento de consulta, Duncan lo concibe como una estructura viva que revela la anatomía de un texto. Su libro parece dirigido especialmente a aquellos lectores que sienten fascinación hacia el libro como objeto, ese prodigio del diseño cuya forma básica apenas ha cambiado en más de cinco siglos. Para Duncan, la gran innovación del índice de un libro consiste en que “rompe el vínculo entre la estructura de la obra y de la tabla”. Esa emancipación convierte al índice en una herramienta con lógica propia. Al fin y al cabo, la historia de los índices es también la historia de cómo estos fueron adaptándose a los cambios en las prácticas de lectura.

En los primeros capítulos detalla cómo se fue implantando el orden alfabético, una solución que hoy aceptamos con total naturalidad, pero que durante siglos estuvo lejos de resultar evidente. Duncan nos recuerda que los griegos apreciaban mucho ese sistema de clasificación, mientras que los romanos lo contemplaban con bastante menos entusiasmo: les parecía “un orden con el que hay que conformarse a falta de otro mejor”. El autor aprovecha este recorrido para rescatar algunas curiosidades literarias y habla incluso de la existencia de una posible “literatura alfabética”. Entre sus ejemplos tenemos el relato El índice, de J. G. Ballard, construido íntegramente como el índice alfabético de la supuesta autobiografía de Henry Rhodes Hamilton, o la novela El misterio de la guía de ferrocarriles, de Agatha Christie, donde los asesinatos siguen el orden de las letras en el alfabeto.

Duncan también conduce al lector por monasterios y universidades medievales, instituciones donde las nuevas formas de estudio hicieron indispensable el desarrollo de sistemas de localización cada vez más sofisticados. También aparecen algunos de los grandes pioneros de la indexación, como Hugues de Saint-Cher, el monje responsable de un monumental conjunto de comentarios bíblicos y de la primera concordancia de la Biblia, que ordenaba alfabéticamente las palabras clave del texto sagrado e indicaba en qué libros y capítulos podía encontrarse cada una de ellas.

Uno de los mayores aciertos de Duncan es su facilidad para transmitir entusiasmo por cuestiones que, a primera vista, podrían parecer ínfimas. En sus manos, la aparición del primer número de página de la historia se convierte en un auténtico acontecimiento. La emoción con la que describe su estancia en la Biblioteca Bodleian de Oxford mientras contempla el número “1” que figura en la primera página de un sermón de Werner Rolevinck publicado en Colonia en 1470 podría valerle el calificativo de nerd o de friki. Sin embargo, precisamente gracias a investigadores como él los lectores descubrimos episodios que difícilmente habríamos conocido sin ensayos capaces de situar en primer plano la materialidad del libro.

Index demuestra también que ciertas bromas sobre los hábitos de lectura tienen una larga tradición. Mucho antes de que existieran Google o los resúmenes generados por inteligencia artificial, Erasmo de Rotterdam ya ironizaba sobre quienes se conformaban con leer los índices. En el prefacio de una de sus obras, publicada en 1532, se burlaba de esos lectores que preferían recorrer la tabla antes que internarse en el libro. Eso sí, un índice tampoco puede aspirar a reproducir la totalidad de la obra, pues sería tan inútil como ese mapa a escala 1:1 imaginado por Borges en el relato “Del rigor en la ciencia.

El ensayo dedica además un capítulo a un asunto poco frecuente: los índices en las obras de ficción. La escritora Jeanette Winterson los considera una mala idea, pero Duncan discrepa y presta especial atención al índice de Silvia y Bruno, una novela menor de Lewis Carroll, quien, como no podía ser de otra manera, convierte esa parte final en un ejercicio de humor. Al fin y al cabo, ningún índice es completamente objetivo; todos reflejan, en alguna medida, la mirada de quien los confecciona. De ahí la célebre cita que figura en este ensayo, atribuida al historiador y político liberal Thomas Babington Macaulay, quien, mientras preparaba su Historia de la revolución de Inglaterra,advirtió a su editor“Que ningún maldito tory haga el índice de mi Historia.”

Un libro dedicado a los índices no podía terminar de otra forma: el volumen se cierra con un índice elaborado por la indexadora profesional Paula Clarke Bain, miembro de la Society of Indexers, la organización profesional británica fundada en 1957. Es un cierre casi inevitable para un ensayo que consigue que una de las piezas más discretas de cualquier libro termine ocupando el centro del escenario. ~


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