La guerra iniciada en el verano de 1936 constituye el acontecimiento nuclear de la España contemporánea. Por más que sea mediante razones y bajo acusaciones diferentes, el consenso al respecto parece claro. Se trata de un episodio histórico que sigue tocando las emociones y agitando las pasiones. Por ello resulta particularmente maleable de cara a objetivos que poco o nada tienen que ver con una voluntad de mayor conocimiento y comprensión.
¿Quién no tiene una opinión general ya establecida sobre aquello? Una opinión formada, además, por influencias íntimas y de fuerte carga emocional; es decir, conformadoras de identidad. Por lo tanto, sacar a discusión la Guerra de España, con sus raíces y consecuencias, supone una injerencia en la esfera más íntima. La suspicacia, cuando no directamente el rechazo, es reacción esperable. Lo anterior se ve abonado, además, por una larga tradición patria de antiintelectualismo, anticientificismo y antiacademicismo. Tradición reforzada en la modernidad actual, en un mundo tan sobreinformado como desinformado; en tiempos proclives tanto al reduccionismo como al relativismo y al consumo rápido, al criterio impulsivo y a la ausencia de márgenes para la concentración y el sosiego.
La ya de por sí difícil relación entre academia, medios y sociedad se hace harto más compleja cuando las interpretaciones en clave presentista alcanzan la esfera pública, mediante los usos y abusos políticos y su polémica proyección mediática. Sin embargo, en lo que atañe a la discusión en torno a aquella quiebra nacional, el problema no se agota en las legítimas divergencias historiográficas. Las implicaciones van mucho más allá.
Pretender abordar en estas líneas el significado de la Guerra de España resultaría tan pretencioso como estéril. Al igual que suele ocurrir con coyunturas trascendentales y acontecimientos dramáticos a lo largo de la Historia, aquel conflicto resultó una experiencia tan dolorosa de vivir como fascinante de estudiar. Pero para explicar tanto la espectacular producción sobre el tema (cuantitativamente anómala, por resultar solamente equiparable a acontecimientos de carácter global y no a otros con un marcado epicentro nacional) como sus huellas sobre el conjunto de la sociedad es menester partir de que la Guerra de España fue mucho más que una mera guerra civil entre españoles. Enmarcada en la progresiva crisis internacional de entreguerras, se trató también de una contienda internacional por interposición, proyectada y contenida a conciencia en las fronteras españolas. Ello tuvo lugar a través de la –mal llamada– política de no intervención, variable específica para el caso español dentro de la política general de apaciguamiento, que condenó a la República mientras los sublevados recibían un sostenido apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista. La posterior intervención soviética resultó imprescindible para la supervivencia temporal, pero insuficiente para darle la vuelta a la balanza de la guerra.
Sin embargo, pese a la evidencia, el viejo ensimismamiento nacional operó contra una correcta comprensión de la Guerra de España –terminología más rigurosa e incluyente, que comprende su dimensión de guerra civil y no admite equívocos con otros episodios de la historia nacional– en su normalidad internacional. La consolidación del concepto de Guerra civil española –terminología restrictiva, que ignora o subordina la incidencia decisiva de su dimensión internacional–, asentado a posteriori en la historiografía pero lejos de constituir una denominación predominante entre los contemporáneos, estuvo lejos de resultar una cuestión anecdótica. La asunción de una separación terminológica (en la propia denominación del conflicto) y cronológica (mediante su interesada desconexión con la guerra extendida a suelo europeo) parcializó la naturaleza de la contienda hasta una adulteración en toda regla. Las tensiones endógenas y la polarización entre españoles fueron factores imprescindibles, pero no suficientes, para la posibilidad de un enfrentamiento como el que tuvo lugar; las intervenciones y retracciones internacionales resultaron determinantes en su estallido, prolongación, desarrollo, resultado y consecuencias (a corto, medio y largo plazo).
El internacionalismo liberal de la Sociedad de Naciones y las democracias occidentales dejaron morir a la República, pese a los tan crudos como dramáticos discursos de los representantes españoles. Temores, prejuicios e intereses marcaron el terreno. Al frente de la dinámica internacional estuvo el gobierno británico, en apuesta convencida por el apaciguamiento como vía de contención y, sobre todo, de conservación de un statu quo favorable, prioridad tan absoluta como miope. Tras las impunes agresiones en Manchuria y Etiopía por parte del imperialismo japonés y del fascismo italiano, respectivamente, se constataron el expansionismo nazi alemán y el abandono a la causa republicana española. El resultado fue un escenario de inseguridad colectiva. Todo lo contrario al objetivo fundamental definido sobre las ruinas de la primera posguerra mundial.
Cronologías y terminologías nunca son anecdóticas en la configuración de las narrativas históricas. La separación de la Guerra de España del conjunto de la Segunda Guerra Mundial, mediante la denominación de la primera en clave de mera “guerra civil” entre unos españoles presentados como malsanamente habituados a matarse periódicamente entre sí, abonó los seculares estereotipos hispanófobos. Por la parte británica se buscaba salvaguardar intereses tanto geopolíticos como económicos, a la par que justificar los (injustificables) resultados del apaciguamiento y de su vertiente española de no intervención, como éxitos de contención y no como pasos en falso de graves derivaciones en el camino de una nueva guerra mundial. Con ello fue relativamente sencillo mantener la separación semántica, cronológica y geográfica en la segunda posguerra mundial. Se tradujo en una nueva excepcionalidad: el paso de la no intervención a la no liberación.
Tal anomalía derivó en dificultades adicionales para el establecimiento de un relato histórico. Por un lado, estaba la verdad única en forma de propaganda emitida a través de un Estado autoproclamado como totalitario. Para los disidentes en el interior que no terminaron ejecutados, el panorama se reducía a cárcel, clandestinidad y silencio. En el exilio, la división entre los perdedores se acrecentó y se buscó despejar responsabilidades propias, mientras se competía por las legitimidades y los recursos para una diáspora geográficamente dispersa y sin fecha de caducidad. Durante el proceso de transición hacia la democracia, los equilibrios extraordinarios en aras de una salida democrática para España fueron prioridad, posponiendo la resolución del pasado para tiempos más venturosos. El movimiento memorialístico se abrió paso. Se recrudecieron las batallas por el pasado en la arena política y sociocultural del país, pero también en las esferas íntimas. Las polémicas han estado lejos de dar tregua; todo lo contrario. La guerra de 1936-1939 es un pasado que no pasa. Y que terminó estructurando un “largo siglo XX” español, eje de autosuficiencia explicativa de la contemporaneidad nacional, desde los estertores imperiales que cerraron el siglo XIX hasta la parte inicial de un presente siglo XXI que arrastra las sombras de aquel pasado.
La Guerra de España no puede comprenderse cabalmente si no es en un doble contexto: de tiempo (en ese “largo siglo XX” propio) y de espacio (en sus dimensiones internacionales). También tiempo y espacio resultarán perspectivas para comprender, evaluar e historiar aquel acontecimiento con sus circunstancias. Ya no quedan testimonios vivos de protagonistas. Por otro lado, España ha ido transformándose aceleradamente y es actualmente un país radicalmente diferente en composición social, procedencia cultural y bagaje identitario, ya no solamente en relación con el de los años treinta, sino con el del siglo pasado en todo su alcance. Cabe mencionar asimismo al notable número de españoles que residen fuera del país, cuya contemplación adquiere inevitablemente otros tintes desde la distancia. Las escalas de valores, individuales y colectivas, no son permanentes, sino dinámicas. Varían en función de cada época, dando respuesta a las inquietudes y desafíos de su contemporaneidad. Los acontecimientos históricos también van siendo reformulados conforme al nuevo prisma.
En diez años se cumplirá el más redondo de los aniversarios del más determinante acontecimiento de la España contemporánea. Rumbo a un siglo después, sigue sin producirse una superación de aquel pasado mediante la ruptura psicológica con sus cadenas y traumas. Desconocemos los parámetros sociales, culturales, políticos e intelectuales bajo los cuales se interpretará y reinterpretará el conflicto. También cómo se reformulará y resituará su significado en el conjunto de la vida nacional, tanto pasada como presente. Si bien el vaticinio del futuro es la más fútil tarea a la que puede dedicarse un historiador, y la aceleración del tiempo presente no invita precisamente a la reflexión en torno a un pasado cada vez más remoto (y, por ende, Historia más que pasado vivo en sí), tampoco parece previsible que dentro de una década la Guerra de España deje de estar presente en la vida del país. ¿Cobrará entonces, al fin, una dimensión eminentemente histórica? ~