El ministerio del dolor al que alude el título de una de las novelas de Dubravka Ugrešić es un club porno sadomasoquista en La Haya para el que los alumnos de la escritora hacían trabajos de sastrería que abreviaban en “trabajos para el ministerio”. El Museo de la Rendición Incondicional, en cambio, sí es un museo, y según Ugrešić es el museo con el nombre más largo del mundo. “Está ubicado en el edificio en el que en el año 1945 (en la noche entre el 8 y el 9 de mayo) se firmó la capitulación alemana”, escribe. “En el Museo de la Rendición Incondicional hay silencio, no hay visitantes. Por la puerta entreabierta de la oficina del museo se ve a una anciana corpulenta. Está sentada en una silla, con las manos abraza su propia tripa como una almohada y dormita. En el vestíbulo del museo hay una enorme escultura de Lenin. En los recintos de rancio olor se acumulan las piezas, unos tres mil documentos: mapas, fotografías, banderas, cuadros, dibujos, carteles y un polvoriento relieve de Berlín con las calles escritas en ruso.” Según la web del museo, se inauguró en 1995, la novela se publicó un año después, en 1996, y aunque se mezclan varias historias, cuatro de las siete partes del libro son una enumeración de escenas berlinesas en las que la escritora, exiliada en la capital alemana, habla del portero del edificio en el que vive, coleccionista de sellos, de otros exiliados como ella, de sus dificultades o no con el idioma y de los paseos por la ciudad. Ugresić nació en Kutina, cerca de Zagreb, antigua Yugoslavia, hoy Croacia, en 1949 y murió en Ámsterdam en 2023, donde había llegado tras pasar por Berlín y Estados Unidos.
La novela se publicó en 1996 y la editorial Impedimenta la recuperó en 2022, con traducción de Mª Ángeles Alonso y Dragana Bajić. No son los traductores habituales de Ugresić, Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pištelek, y no sé si por eso, pero hay algo un poco menos fluido en la escritura que en otros de sus libros.
Si entendemos la obra de Dubravka Ugresic como una especie de novela total sobre el exilio, esta pieza es la inmediatamente anterior, en sentido cronológico, a El Ministerio del dolor. Aparece su madre, búlgara que emigró a Yugoslavia, y se cuenta su historia de emigración; usa elementos que usa en otras de sus novelas, como el cuaderno –en este caso, uno que le regaló Ugresić a su madre para que tomara notas y que usó finalmente como diario unos meses y que se incluye en el libro–. El tema es el pasado, la memoria y el exilio. Y los medios son la literatura: hay citas de escritores exiliados, de Brodsky a Nabokov. Lo que me seduce de las novelas de Ugresić es que siempre hay una exploración formal, trata de hacer novelas que nos lanzan la pregunta de qué es una novela. Aunque su terreno es el realismo, suele haber hueco para la fantasía. En este caso, aparece por la vía de la aparición de un ángel en la que será la última noche de un grupo de amigas, de las que nos cuenta qué fue de cada una durante y tras la guerra. “Parece que toda la historia la define un detalle. Y es que el ángel se olvidó de mí y no me regaló una pluma, intencionada o casualmente, quién sabe. Sea como fuere, a ellas, a las chicas, el ángel les regaló una pluma y el olvido, y a mí la memoria. Como si no supiera que debería haber hecho lo contrario, a ellas les tenía que haber dejado la memoria y a mí una pluma y el olvido. Ese desde el que algún día, empeñándome con todas mis fuerzas en recordar, podría empezar a inventarme la realidad. Porque inventar la realidad es la auténtica tarea de la literatura”.
Además, hay sitio para contar otras aventurillas en otras ciudades, como Lisboa, donde pasa unos días para acudir a un congreso y se encuentra con un ex y se deja embaucar por un local, que le enseña la noche lisboeta, que terminan en la habitación del hotel de ella, y luego le pide dinero: “[…] me pareció que éramos iguales: ¿es que no somos los dos trileros, que movemos las bolitas a la velocidad del viento, ahora las ves, ahora no las ves? Nuestro arte es el arte de la persuasión, el de la producción de ilusiones que ya en el instante siguiente se derriten como burbujas de jabón. La diferencia está en que Antonio era mejor, y ya que hablamos de literatura, mejor escritor. Con más corazón y más dispuesto al riesgo.” Las historietas con las que Dubravka Ugresić compone sus novelas nunca son convencionales, por mucho que podamos reconocer la trama, no lo son porque su punto de vista siempre es único, original y sorprendente.