La emisión número 51 del festival de Toronto finalizó el fin de semana pasado con la premiación de Angh(2026), nombrada la mejor cinta de la sección Platform lo que, por las nuevas reglas anunciadas este año, la convierte en candidata inmediata para ser nominada en la categoría de mejor película internacional en la entrega del Oscar del 2027. Será interesante ver si alguno de los filmes triunfadores en los festivales internacionales reconocidos por la academia hollywoodense –Sundance, Berlín, Cannes, Venecia, Toronto y Busán– termina listado entre los prenominados a fines de este mismo año. En todo caso, más allá de las inevitables elucubraciones cinéfilas, típicas de la iniciada temporada de premios, ¿qué podemos decir del cine presentado en Toronto en este año?
Por supuesto, es imposible hacerse de una idea precisa si hay un eje temático en todo el festival cuando la emisión 2026 de Toronto programó poco más de 200 largometrajes y quien esto escribe apenas pudo ver una veintena de ellos, pero si hay un denominador común en los mejores filmes que pude revisar fue el hecho de que me topé con varios personajes rebeldes y anticonvencionales, en difícil transición, física, sexual e, incluso, emocional.
En Soy Mario (México, 2026) el protagonista del título (el actor debutante trans Oustin León) está a punto de completar su transición. El servicial taxista de mirada honesta y barba incipiente ha ocultado durante mucho tiempo su anterior identidad sexual a sus colegas más cercanos, el maduro y relajiento Joaquín (Héctor Kotsifakis) y el joven y amable Tadeo (Krystian Ferrer), pero después de una fiesta en la que se deja llevar por el alcohol y por algo más, Mario termina embarazado, lo que, por una parte, provoca que se detenga su transición –está obligado a pausar el consumo de hormonas– y, por la otra, tiene que analizar si desea tener ese bebé con la pareja perfecta que se ha encontrado, la sensible y abierta artista plástica Jessica (Ruth Ramos).
La película, presentada en la sección Discovery y ganadora por partida doble en el pasado Guadalajara 2026 –tanto del premio Maguey por su temática LGBTQ+ como del Mezcal por la actuación de Oustin León– se mueve confiadamente en los terrenos del emblemático melodrama mexicano. La limpia dirección de la actriz convertida en cineasta Sharon Kleinberg nos muestra un dilema que, si borramos la identidad sexual del protagonista, es el más convencional y hasta el más tradicional posible: ¿tener o no tener un bebé? El asunto, por supuesto, es que el personaje embarazado no es el que podríamos haber esperado, por lo que el astuto guion escrito por la propia cineasta debutante subvierte expectativas no tanto por el planteamiento de su núcleo dramático, sino por el hecho de que, al final de cuentas, la historia de Mario, lo que hace, lo que decide y lo que deja de hacer, es vista con naturalidad y auténtica empatía. La mejor prueba de la generosidad de la cineasta/guionista Kleinberg con sus personajes es ver, hacia el final, ese conmovedor reproche materno que se siente tan genuino, cuando la mamá interpretada por Mercedes Hernández le dice a su hijo que dejara de ser hombre para soportar menos el dolor.
Y no solamente aguantamos mal el dolor. Los hombres que aparecen en Head to head (Irán-Alemania, 2026), ópera prima de la directora iraní educada en Francia Gasidhe Golmakani, se quejan por mucho menos de lo que se queja Mario. La rebelde cineasta multipremiada en el extranjero Bahar (Mehrnoosh Satari) está dirigiendo de manera clandestina su nueva película. Se trata de una auténtica provocación experimental, política y moral: recrear una serie de escenas del cine clásico iraní en el que aparecen solamente mujeres, pero en lugar de actrices, la decidida Bahar ha contratado a un grupo de actores para que se vistan y se comportan como mujeres, molesto hiyab incluido. Así pues, si hay una escena en la que están bailando, ellas –ellos, pues– realmente no se pueden mover, porque en el cine iraní quienes bailan son los hombres, no las mujeres, además de que tienen que ser muy conscientes de cómo se sientan y cómo caminan, y cuidar de que el hiyab esté bien colocado siempre y no quitárselo nunca, ni siquiera entre toma y toma. Es decir: el cuarteto de actores contratado por Bahar tienen que comportarse como buenas mujeres iraníes no solo frente a la cámara, sino detrás de ella.
En todo caso, la verdadera provocación de esta cinta presentada en la misma sección Discovery, no está en la ya descrita recreación travestida del cine iraní, sino que la desafiante Bahar, en colaboración con su equipo más cercano –su asistenta y su fotógrafo–, está haciendo en realidad otra película muy distinta: la que sucede fuera del escenario, con esos desconcertados y exasperados actores que no entiende por qué deben de llevar ese molesto hiyab todo el tiempo. Cuando la policía interrumpe la filmación y la directora, el fotógrafo y dos de los actores vestidos de mujer tienen que salir huyendo en una vagoneta, la película se convierte en una hilarante pero no menos angustiante road movie, unos de los géneros emblemáticos del cine iraní. En un régimen totalitario como el de los ayatolas, no hay nada más peligroso que una insensata mujer que no quiera llevar el hiyab “como debe” y que, para acabar, obliga a unos hombres a vestirse como mujeres. Lo paradójico, claro, es que Bahar es reconocida internacionalmente por su constante desafío al régimen teocrático de su país: es la persecución la que la ha empujado a hacer buen cine. Como la propia directora debutante Golmakani, de hecho.
La joven protagonista de Erinnungen eines waldes (Austria-Alemania, 2026), primer largometrajede Katharina Rabl, presentado también en la sección Discovery, está en otra encrucijada existencial similar, aunque sea otro tipo de transición y con otra posibilidad de rebeldía. Frieda (Julia Windischbauer) acaba de finalizar el doctorado –“solamente” le falta terminar su tesis– cuando le avisan que su adorada abuela acaba de fallecer, por lo que tiene que viajar hacia su pequeño pueblo natal, en el interior de Alemania, donde aún viven sus padres en la vieja granja familiar. Frieda solo piensa quedarse unos días, pues le han ofrecido trabajo en la universidad, aunque para asegurar el puesto debe obtener el título y, por ende, terminar de escribir su tesis. Sin embargo, apenas acaba de llegar cuando se entera que su abuela la ha nombrado única heredera de las 15 hectáreas maderables de un bosque cercano, por lo que debe decidir qué hacer con ellas y, por añadidura, con su vida misma.
El guion escrito por la propia directora en colaboración con Karla Cristóbal nos plantea que esa inesperada y hasta indeseada herencia familiar es parte del pasado que Frieda tiene que aceptar, no para resolver lo que sucedió antes de que ella naciera, sino para poder plantearse de otra manera su propio futuro, sabiendo qué decisiones tuvo que tomar su abuela –esa mujer que apenas ahora después de muerta empieza a conocer– y entendiendo mejor el comportamiento de su emproblemada madre. El gran acierto de la cineasta debutante Rabl radica en esa lúcida descripción de unos opacos lazos familiares en los que las emociones y los deseos han sido enterrados por un sentido de responsabilidad que parece haber renunciado a la posibilidad de ser feliz.
Al final de cuentas, Frieda entiende que no se trata de quedarse o de irse. No todas las opciones tienen que ser excluyentes: ella puede continuar con su vida sin olvidar los heredados “recuerdos del bosque” del título original en alemán. No es que se lo deba a su abuela; se lo debe a ella misma y a los que vengan después. Porque como entienden los protagonistas de estas tres cintas presentadas en Toronto, la imprevisible y caótica vida sigue delante de nosotros, lista para seguir viviéndola hasta el final. ~