Prometeo tendría que ser un héroe favorito. En contra de la voluntad de dioses, trajo el fuego, las artes y las ciencias al ser humano. Y sabemos que los dioses del Olimpo y del Pentateuco se sienten mejor con seres humanos primitivos, impensantes, dóciles y emborregados. Lo mismo piensan los diosecitos terrenales.
El castigo de Prometeo fue que lo encadenaran en un acantilado para que viniera un águila a comerle el hígado todos los días. El hígado volvía a crecer, y el águila regresaba a comer. Un asunto de nunca acabar, como el de Sísifo, aunque quizás sea mejor empujar la piedra y no que a uno le devoren a picotazos las entrañas.
El encargado de encadenar a Prometeo es Hefesto, quien domina el fuego, pero no habría osado compartirlo con los hombres, pues era un dios de partido. Con mucha pena encadena al titán, diciéndole frases emparentadas con “yo no quisiera, ¿pero qué puedo hacer?, si yo solo sigo órdenes”.
Alguna vez escribí sobre esto, expresando que la figura de Prometeo nos seduce en la mitología o en la literatura, por ejemplo cuando leemos a Esquilo, pero no en la vida cotidiana. Me autocito: “Cuando uno lee Prometeo encadenado, se siente emocionalmente adherido a Prometeo: el espíritu libre, el rebelde. En cambio, Hefesto no luce muy respetable como un ser que, sabiendo que no hace lo correcto, argumenta que lo correcto es obedecer órdenes. El lector o espectador suele creerse un Prometeo, mas luego regresa a su hefestiana vida”.
Eso dije hace ya más de un año. Ahora veo que el texto se quedó corto. Ciertamente hay muchos Hefestos que siguen órdenes por conveniencia y pusilanimidad; pero ahora noto que, para una mayoría, el héroe de esta historia no es ni Prometeo ni Hefesto, sino el águila.
Disfruten el hígado crudo.
El presente es vulgar y el tiempo les pone luz a las cosas. Hoy cualquiera sabe decir que Borges debió recibir el premio Nobel. Pero en este presente, ¿qué habrían hecho las redes sociales con Borges cuando viajó al Chile de Pinochet para recibir un doctorado? En su discurso, que creo no se halla en sus obras completas, dijo:
En esta época de anarquía sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte. Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita. Y lo digo, sabiendo muy claramente, muy precisamente lo que digo. Pues bien, mi país está emergiendo de la ciénaga en que estuvimos. Ya estamos saliendo por obra de las espadas, precisamente. Y aquí ya han emergido de esta ciénaga. Y aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una espada honrosa.
Y pongo otra cita que también extraje del libro de Victorino Polo García sobre Borges: “Como argentino, estoy profundamente convencido de que la dictadura es la única forma de salvarnos de la anarquía, pero prefiero una dictadura de caballeros a una de hampones y rufianes”.
Parece pecado pronunciarlo, pero hoy se hace lo mismo mientras se dice con eufemismos, y así no llega la quimérica dictadura de caballeros, pero sí la de hampones y rufianes.
Hoy, vale más la literatura de Borges que su hígado; aunque siempre habrá hígado para los iletrados. Suelo ir a una taberna. El cantinero, un peruano que jamás ha leído un libro, sabe decir: “Yo no leo a Vargas Llosa porque no me gustan sus ideas”. Prefiere el hígado que La ciudad y los perros.
Aunque torcida y simplificada, la versión más popular del Prometeo fue aquel libro titulado Juan Salvador Gaviota, que dios lo tenga en su gloria. También presentaba al lector la fantasía de sentirse la gaviota envuelta en huevo cuando casi con certeza era parte de la manada.
¿Qué habría hecho el linchador virtual con Knut Hamsun? ¿Con José Vasconcelos?
Ese personaje metido en la moralidad de su presente habría escarnecido bien y bonito a Oscar Wilde.
El hígado es muy apetitoso; debe comerse fresco.
Por predicar verdades incómodas, quemaron a Savonarola. La justiciera concurrencia lo insultaba y le echaba piedras, mientras celebraban y bailaban, ya que los buenos estaban ejecutando al malo.
Al final, ¿quién estuvo en el error? ¿Émile Zola o la turbamulta?
Zola es un ejemplo, precisamente porque no se comportó ni impensó como muchedumbre.
Mirando atrás, nos simpatiza ese pensador agudo y original Giordano Bruno; pero los Bruno de ahora no resultan tan simpáticos.
Y no cito al cristo y la mujer adúltera porque eso ya está muy sobado, pero sí pregunto: ¿durante cuántos siglos lo correcto fue apedrear a la mujer adúltera y cuántas mujeres murieron apedreadas y cuántas piedras fueron lanzadas por gente que tuvo la certeza de estar actuando buenamente?
Se ha dicho hasta el cansancio que leer novelas nos ayuda a comprender las emociones e ideas ajenas, que nos dan empatía y tolerancia. ¿Serán palabras vacías?
También muchos escritores han repetido algo que ya es un lugar común: la literatura no provee respuestas, sino que hace preguntas. La ambigüedad es un valor en la literatura. La filosofía ha buscado certezas y es fecha que no las encuentra.
A Borges lo leo con admiración sin recordar su elogio a Pinochet. Las novelas de Hamsun, Hambre, Pan, La bendición de la tierra son admirables, aunque su autor haya estado del lado equivocado de la historia. Fue un autor que Rulfo solía recomendar. A Vasconcelos lo recordamos por lo bueno y no por su inclinaciones nazis. Si uno se equivoca, más vale ser un Prometeo equivocado.
Las águilas serán olvidadas, los Hefestos serán condenados, los Prometeos serán redimidos. ~