La lectura de Contra toda esperanza (Acantilado, 2012), de la escritora judía rusa Nadiezhda Mandelstam (1899-1980) –publicado en inglés por primera vez en 1970, después de su circulación clandestina por la Rusia soviética– es un magnífico antídoto contra los lugares comunes que recorren esta época. En particular, los de una izquierda sin ideas para el siglo XXI que se regodea en rasgarse las vestiduras con el auge de las derechas, olvidando convenientemente los horrores de las dictaduras socialistas. Si es cierto que la ética tiene todavía algún valor, la figura de esta mujer tienen que interpelarnos, sobre todo en un período histórico en que el sacrificio pareciera un atavismo propio de cristianos primitivos y la democracia liberal el enemigo común de extremistas de todo pelaje. Se trata de unas memorias escrita con una lucidez extrema por una mujer ya mayor que, –al igual que el pensador judío Víctor Klemperer (Quiero dar testimonio hasta el final: Diarios 1942-1945) sumergido en el nazismo– decidió ser testigo de su tiempo, subsistiendo con lo mínimo y en espacios pequeñísimos.
El texto retrata la persecución estalinista que sufrieron tanto ella como su esposo Ósip Mandelstam (1891-1938), desde la primera detención del poeta en mayo de 1934 a causa del “Epigrama contra Stalin”, poema satírico inspirado en el tirano, hasta su segunda detención y posterior muerte por infarto en un campo de tránsito cerca de Vladivostok. Esta es la versión más creíble del fallecimiento según la propia viuda, quien se enteró de su fin porque le devolvieron un paquete de provisiones con la indicación de que su destinatario había fallecido. Mientras los poetas soviéticos pasaban por estas amarguras, los de Occidente cantaban loas a Stalin, caso de Miguel Hernández (“Rusia”), Pablo Neruda (“Oda a Stalin”), Rafael Alberti (“Redoble lento por la muerte de Stalin”) o Nicolás Guillén (“Stalin Capitán”). El pobre Mandelstam incluso llegó a poner su esperanza en figuras como Romain Rollan, escritor comunista francés, Nobel de Literatura, por cuyo intermedio pensaba que podía congraciarse con Stalin. Para la autora, la identificación de los poetas extranjeros con la Unión Soviética constituía motivo de humillación, tristeza y desconcierto.
Vemos como lejanos esos textos alabanciosos, motivo de vergüenza para la memoria de quienes los escribieron, si bien no hemos cambiado tanto. ¿Acaso no se han celebrado homenajes a Fidel Castro en respetables instituciones mexicanas y de otros países? ¿Hugo Chávez no fue recibido con bombo y platillo por las izquierdas de todo el mundo mientras dinamitó la economía y la democracia? Stephen Koch, en El fin de la inocencia. Los intelectuales occidentales y la tentación de Stalin, describe con maestría el efecto contundente de “la agenda del bien”, basada en la meta de un mundo más igualitario y justo, sobre tantas figuras del pensamiento, las artes y la literatura. Koch explica este fenómeno como propio de inteligencias altamente creativas que ven el mundo de la modernidad como una arcilla muy maleable a los deseos y aspiraciones. La agenda del bien funciona como cemento ideológico para incautos, caso del gobierno de mi propio país, Venezuela, incurso en gravísimos delitos contra los derechos humanos y contra el erario público, que sigue proclamando su sostenida acción por pobres, una burla tremenda que se parece a las consignas del estalinismo en su época de esplendor. Aquí no termina el parecido: un poema, una canción, una protesta en la URSS de los años treinta llevaba a la cárcel o la tortura, como en Cuba, Nicaragua y Venezuela en este siglo.
Ósip Mandelstam fue declarado contrarrevolucionario por violar el Artículo 58 del Código Penal de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, el cual condenaba toda actividad en contra del pueblo y del gobierno. Escribir contra Stalin un simple poema valía como acto de propaganda antisoviética. Caídos en desgracia, los Mandelstam recibieron visitas de chivatos con intereses literarios, que solicitaban leer los últimos poemas del bardo o sus copias manuscritas, ya que la obra del perseguido había quedado fuera de los planes editoriales porque sus poemas no cabían dentro de los límites impuestos por el Estado. Tarde o temprano se llevaría a cabo la detención. Nadiezhda relata en detalle la noche del registro en su domicilio de Moscú por agentes de la policía secreta, la requisa de sus manuscritos y la posterior captura de Ósip en presencia de su amiga cercana, la poeta Anna Ajmátova:
“Cada hoja de papel que sacaba del baúl la ponía, después de ser revisada, en una silla, donde se iba formando poco a poco un montón que luego sería confiscado, o la tiraba al suelo. Por el modo de seleccionar los papeles se podía conjeturar siempre sobre qué base se formularía la acusación; por ello me ofrecí como ayudante del agente de mayor graduación; le descifraba la difícil letra de Mandelstam, fechaba los manuscritos y trataba de salvar todo lo posible.”
Había que ser servicial y dado al disimulo, sin ofrecer la más mínima resistencia o duda, tratando al mismo tiempo de preservar la obra del poeta. A lo largo del libro, se establece que cualquier provocación al poder manifestaba estupidez y temeridad, no valentía. La autora registra cuidadosamente los gestos de la cara, los movimientos del cuerpo, las palabras de víctimas y victimarios, un empeño que trasluce la voluntad de retratar una época en su dimensión humana, así quede el sabor amargo de vivir de rodillas pese a una resistencia interior a toda prueba. Mandelstam admitió la autoría del “Epigrama a Stalin”, en medio de un interrogatorio en la cárcel de Lubianka. Nikolai Bujarin, importante figura de la revolución bolchevique que terminaría asesinado en las purgas de los años treinta, logró que Mandelstam fuese exiliado fuera de Moscú en lugar de ir a un campo de concentración. Bujarin apoyó a los Mandelstam, convertidos en parias, con ayudas y algunas actividades laborales, como traducciones. Reducir a la gente a la mendicidad, palabra que se repite en Contra toda esperanza, se constituyó en política de Estado, mientras los funcionarios y las personas mimadas del partido vivían con evidentes comodidades.
Durante el destierro en Vorónezh (1934-1937), Ósip no dejó de escribir, como atestiguan los Cuadernos de Vorónezh. Después de las peores carencias y de haber escrito una humillante loa a Stalin para recuperar su estima, consiguiendo de este modo su salvación, fue trasladado a los campos. Nadiezhda vivió con pavor y paciencia la situación, tratando siempre de recabar noticias porque sabía que hombres y mujeres extenuados enloquecían en los campos de concentración, cargados de piojos y al borde la inanición, el más seguro destino para un hombre tan vulnerable mentalmente. Algunos prisioneros sobrevivían después de largos años y querían olvidar, como el físico Lévi, quien, a pesar de todo, contó a Nadiezhda sobre los últimos tiempos de Ósip en un campo cerca de Vladivostok. Demacrado, agotado y sufriendo un alto grado de paranoia y angustia, se negaba a comer las raciones del campo; de hecho, solo aceptaba alimento de otros prisioneros, siempre y cuando ellos comieran primero, para así probar que la comida no contenía veneno.
Durante todo el libro las alusiones al frío extremo ruso y la falta de comida son constantes. Un buen abrigo constituía el mayor tesoro en un período y se hacían incluso de piel de perro. Como consuelo, en momentos de lucidez Ósip recitaba sus poemas; también se alegraba cuando los reclusos los conocían, una singular expresión de amor a la literatura. A pesar de estar consumido por la desnutrición y la enfermedad, en algunos momentos de lucidez recitaba versos a otros reclusos alrededor del fuego o en las literas. La poesía había tomado un inusitado auge en las primeras décadas del siglo XX, después de la absoluta hegemonía de la espléndida narrativa rusa del siglo XIX. Las personas se aprendían de memoria los textos de los poetas. En esta época tan enemiga de la memoria, pensar en hombres y mujeres que se aprendían poemas verso por verso para no correr peligro con la posesión de libros conmueve en extremo.
Resulta increíble a ojos actuales el respeto profundo de Nadiezhda Mandelstam por la literatura y, específicamente, por el trabajo poético del esposo. Se dedicó a velar por la obra de un proscrito, para lo que archivó los poemas, hizo varias copias a mano y las entregó a personas de confianza. Con una paciencia gigantesca, se empeñó toda su vida en la “rehabilitación” de su marido, tarea heroica que contribuyó al posterior conocimiento del bardo fuera de la Unión Soviética. Se trató de una manifestación de amor, qué duda cabe, pero también de esa certeza de fuego, propia de otros tiempos, acerca del radical valor humano y cultural de la literatura. Su afecto y admiración a Ajmátova respondieron no solo a la lealtad a toda prueba de la autora de “Réquiem” a la pareja Mandelstam, sino a su genio poético.
Según una tradición cristiana, el apóstol Pedro se encuentra a Cristo al tratar de huir de Roma y le pregunta a dónde va; él responde que vuelve a Roma a ser crucificado. Pedro regresa sabiendo lo que le espera y cumple su destino porque la fe incluye la inmolación. Nadiezhda amó sin condiciones al poeta Ósip Mandelstam, situación que he visto en las parejas de los presos políticos venezolanos, soportando pobreza, humillaciones de funcionarios y los traslados a ciudades lejos del hogar. Nadiezhda Mandelstam, con un talento memorioso descomunal, reveló la espesa urdimbre de un mundo de delaciones, miseria humana y material, miedo y muerte, con caseros que freían ratones para comer y una podredumbre moral tremenda. De la misma manera, dio testimonio de los tantos actos de bondad, amistad y cariño que recibieron de la gente común o de sus amistades como la familia del escritor, crítico y teórico literario Viktor Shklovski (1883-1984) y de Ajmátova. Cuando se refiere a la amistad entre la poeta y Ósip, la autora describe que cuando estaban juntos reían como chiquillos.
Joseph Brodsky, quien tuvo que salir de la Unión Soviética, escribe en “Nadiezhda Mandelstam (1899-1980). Una necrológica” sobre la singular calidad literaria de Contra toda esperanza, escrito por una mujer de 65 años que nunca se había definido como escritora, si bien contaba con avanzados estudios de filología. El Nobel busca las razones de este milagro en la grandeza de la prosa rusa del siglo XIX y la intensa relación de 19 años con su marido y de medio siglo con Ajmátova. La modesta albacea literaria de un gran poeta vivió para leer y escribir, hasta que con singular esfuerzo escribió las memorias que la harían famosa fuera de la Unión Soviética y, una vez más, despreciada adentro. Vivió con extrema frugalidad hasta el final de su vida, con su rebeldía a cuestas, sin pretender agradarle a nadie porque, según Brodsky, era “terriblemente terca, categórica, lunática, desagradable, idiosincrásica; muchas de sus ideas eran absurdas o habían sido elaboradas de oídas”.
Gran cosa: su marido también era un lunático. ~