Aquí se habla así, o eso escriben

La novela ‘Pajaritos preñados’, de Andrea Abreu, es una especie de ‘Beowulf’ o ‘Ilíada’ canaria, pero su uso extremo de la oralidad es un gran lastre.
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Decía el ya fallecido crítico literario John Carey que las grandes obras de la literatura “no te dicen cuál es la verdad, sino que te hacen sentir lo que sería conocerla”. Precisamente porque esto es lo más difícil, es injusto pedirle a cada novedad editorial que consiga transmitirnos esa sensación, pero sí deberíamos reconocer en muchas de ellas, al menos, un esfuerzo por haberlo intentado con más o menos fortuna. Por eso, leer Pajaritos preñados, la nueva novela de la escritora tinerfeña Andrea Abreu, se siente como una ocasión perdida. La obra es ambiciosa en extensión, pero sin que la lectura produzca la sensación de alcanzar algún tipo de verdad. Más bien al contrario. Transitar por sus páginas es tener la percepción de estar expuesto a una visión acotada y distorsionada de la realidad en más de un aspecto, y no precisamente porque uno de los personajes principales, el chatarrero El Tiznado (inspirado en el abuelo de la autora), tenga visiones y parezca estar al borde de la locura.

Abreu ha hecho un esfuerzo erudito por recoger en una misma novela cientos de palabras, expresiones y giros lingüísticos de la variante dialectal del español hablado en las Islas Canarias, una rica mezcla de portuguesismos, anglicismos, latinoamericanismos y vocabulario amazigh de los primeros pobladores del archipiélago, los aborígenes. Todo ello para situarnos en el noroeste de Tenerife durante los años noventa, donde la explosión del desarrollo turístico choca con la precariedad material y espiritual de los personajes que lo hacen posible y que pueblan sus páginas. Por momentos estos canarismos son insertados con cierta belleza metafórica. Como cuando en las primeras páginas del libro, que narran unas fiestas de barrio, la autora se detiene en los clientes de un autobar para describirlos “con los brazos alzados pidiendo comida como pescaditos tragando engodo de la superficie del agua”. Engodar es un portuguesismo que en las islas significa dar de comer a los peces. No obstante, es precisamente cómo se presentan estos canarismos a lo largo de la novela lo que resta verosimilitud a la hora de reflejar la extensión y profundidad del español hablado en Canarias. No porque los personajes hagan uso del dialecto todo el rato, que es esperable, sino porque las voces narrativas también lo hacen constantemente. Hasta tal punto que pasadas unas cuantas páginas se tiene la sensación de que Abreu no está tan interesada en visibilizar el dialecto canario como en seguir explorando los cimientos de su propio idiolecto artístico que ya comenzó a erigir en Panza de burro. Llegado un punto, la representación deja de parecer una reproducción verosímil del habla para percibirse como una construcción lingüística artificial.

Canarias es una región con un fuerte sentimiento nacional, pero no tiene partidos políticos nacionalistas que desafíen seriamente al Estado. En ausencia de una lengua propia, los canarios, en mayor o menor medida, tenemos cierta obsesión por preservar y promocionar todos los aspectos de nuestro dialecto. Ante el avance arrollador del turismo masivo que despoja a los territorios de su identidad y una vida normal, ese celo puede estar justificado. Sin embargo, la obra trasciende esta defensa de la forma de hablar para dar a entender que sencillamente así es como se habla en Canarias. Hasta tal punto que, paradójicamente, en su afán por romper con determinados clichés sobre el archipiélago africano, la autora ha creado otro: que nuestra variante dialectal se usa constantemente, como ocurriría con un idioma. En realidad, esto depende de muchas cosas que se entremezclan como la edad, el trasfondo familiar y social, la parte del archipiélago en la que vives, el contexto de la conversación y la propia metaconversación, el interlocutor que tengas enfrente e, incluso, el humor que tengas ese día, que hace que en vez de decirle “anótate un punto” a un amigo con el que estás jugando a un juego de mesa, le respondas con un “arráyate un millo”. 

En el fondo, el trabajo de Abreu forma parte de tendencias más amplias dentro del panorama literario contemporáneo. Por un lado, está enmarcado dentro de ese subgénero que podríamos denominar como la literatura de las pequeñas diferencias identitarias. Por ejemplo: mi identidad sexual y de género es distinta de la tuya, mi problema familiar es distinto del tuyo, mi enfermedad es distinta de la tuya, mis hábitos alimentarios son distintos de los tuyos (me viene a la mente La vegetariana, de Han Kang). En el caso de la escritora tinerfeña, esos pequeños elementos diferenciadores vendrían a decir que en Canarias no se habla como en otro sitio de España, que su encaje territorial en el conjunto del país y la idiosincrasia de su gente también fueron y son diferentes o que el modelo turístico depredador en las islas destruye el territorio y las personas. Y todo eso es cierto. El problema no es que estos elementos no sean específicos de Canarias, sino que la novela parece presentar sus especificidades locales (lingüísticas, territoriales y sociológicas) como fundamento de una excepcionalidad mayor; y cuanto más muestra esas particularidades menos capaz parece de trascenderlas. 

Sin embargo, más cuestionable que lo anterior, pues la literatura de la pequeña diferencia también puede asombrarnos por su calidad, es el uso extremo que Abreu hace de la oralidad hasta el punto de convertirse en un lastre. En un mundo prácticamente dominado por pantallas y aplicaciones donde el formato vídeo es el rey, cabe preguntarse por la conveniencia de que la literatura tenga que salir a defender la oralidad, cuando es precisamente esta última la que está relegando enormemente a la literatura a través del smartphone. En un vídeo de treinta segundos cualquier tiktoker o instagramer de cualquier barrio de Canarias pone en práctica la oralidad mejor que cualquier libro. Por supuesto, oralidad, visualidad y literatura pueden mezclarse y enriquecerse mutuamente. La oralidad contenida o falsa oralidad ha sido ampliamente practicada en el terreno literario con resultados exquisitos. Pedro Páramo es un gran ejemplo de esto, así como de la misma manera la película china Kaili Blues encontró en Pedro Páramo la inspiración para mostrar el paso del tiempo con su propio lenguaje visual. El problema es cuando se pretende hacer de la oralidad el principal pilar de un libro, pues lo que se obtiene es un resultado tremendamente cercado. 

En su reciente y breve ensayo The New Dark Ages, que aborda el gran retroceso de la palabra impresa como forma masiva de comunicación y el renacimiento de una sociedad oral (con la inevitable pérdida de conocimiento que esto supone), el periodista James Marriott expone otra característica de las historias orales. Cita al filólogo Walter Ong para hacer notar que las grandes obras de este tipo de distintas culturas (la Ilíada, Beowulf o la epopeya Mwindo) se recrean enormemente en el duelo o el cruce de insultos. “Se trata de un modo de discurso que vuelve a estar en boga”, apunta Marriott en alusión a la actual deriva del debate político. Sin embargo, cuando uno lee detenidamente Pajaritos preñados, percibe que ocurre exactamente lo mismo. La historia que cuenta es pequeña, de personas que buscan sobrevivir a su miseria y a sus emociones en barrios depauperados. Es tan pequeña que apenas pasa nada remarcable, pero los personajes están todo el rato injuriándose, insultándose, formando parte de escarnios tragicómicos, bailando como si participaran en ritos de apareamiento, teniendo sexo o agrediéndose físicamente. Por haber, hay hasta una detallada escena de lucha canaria (a la cual acompaña una infografía con distintas técnicas del deporte cuya decisión editorial de incluirla dentro de la novela es un enigma). El Tiznado y su hija Cathaysa, una adolescente que empieza a descubrir su sexualidad y la atención salvaje de los hombres, participan de una u otra manera en todo lo anterior.

Hablar como se escribe a veces puede tener ventajas. Para Marriott, por ejemplo, puede enriquecer el debate político al hacer que los discursos sean más lógicos, racionales y argumentados. Compara, por ejemplo, discursos de expresidentes estadounidenses que eran grandes lectores con la ensalada de palabras profundamente emocional, irracional y simplista de Donald Trump, que no lee ni los resúmenes de sus servicios de inteligencia. Winston Churchill, otro gran lector, ganó el nobel de literatura por sus discursos. Por el contrario, a la vista de lo expuesto anteriormente y volviendo a la palabra impresa, no está tan claro que simplemente escribir como se habla aporte algún tipo de valor literario. Presenciar en vivo o en vídeo cruces de insultos o peleas, por ejemplo, llama enseguida nuestra atención y nos despierta múltiples impresiones, pero por escrito acaba aburriéndonos rápidamente. Por eso, tal vez lo apropiado no sea aproximarse a la novela de Abreu como una obra puramente literaria, sino como una obra oral con toques literarios que saltó directamente de la cabeza de la autora al papel sin pasar por ninguna boca. Si la consideramos desde este punto de vista, esta novela podría ser algo así como un Beowulf o una Ilíada canaria. Estas historias, como casi todas las de la tradición oral, contienen enseñanzas en su interior y seguramente, con mayor o peor acierto, la autora quiera enseñarnos algo. Sin embargo, la presentación de esa enseñanza en Pajaritos preñados mediante una oralidad extrema la sitúa lejos de las sutilezas inherentes a la palabra impresa que pueden hacernos sentir que hemos percibido una verdad sobre la naturaleza humana. 


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