El 10 de octubre moderé una tertulia sobre clubes de lectura en la Feria del Libro de Fráncfort. Para prepararla leí Reading Together [Leyendo juntos] (2025), un ensayo de Katarzyna Bartoszyńska. Explica que normalmente compartimos la lectura de un libro en contextos jerarquizados, como el colegio o la iglesia. El club de lectura, en cambio, es más horizontal y relajado.
No existe un censo español de clubes de lectura, pero uno de los ponentes del encuentro en Jerez estima que superan los 6.000. Se concentran en la red de bibliotecas públicas, los centros educativos y universidades, las librerías y editoriales, y las plataformas virtuales.
En Inglaterra y España hay clubes con listas de espera. El club del Instituto Cervantes de Fráncfort cuenta con casi cien miembros y una asistencia de entre veinticinco y treinta personas. Volé a Alemania para participar en una de sus sesiones, ilustrando así otra tendencia: el turismo de clubes de lectura.
Los formatos son muy diversos. En un extremo está el tópico de las señoras que leen a Pérez-Reverte u otras cosas menos confesables; en el otro, un club de California que tardó veintiocho años en terminar Finnegans Wake, de Joyce, a una página por sesión. Luego están los clubes de estudiantes.
En bachillerato empecé a organizar un club de lectura con amigos. Lo llamamos Los Amanuenses. Nos reuníamos una vez al mes en Barcelona. El primer libro fue Bartleby, el escribiente, de Melville. Escoger a alguien cuyo lema es “preferiría no hacerlo” tenía su riesgo. Pero el club funcionó; con el tiempo se sumaron compañeros de la universidad y del trabajo. Entre 2004 y 2012 celebramos setenta y cinco sesiones.
Un mes tocaba Chéjov; otro, Kerouac. Leímos a Tolstoi, Freud, Góngora, Heródoto y Beckett. El repertorio era amplio, pero solo abordamos a cuatro escritoras: Virginia Woolf, Marguerite Duras, Jane Austen y Djuna Barnes. Habíamos absorbido El canon occidental, de Harold Bloom, y estábamos obsesionados con los grandes nombres. Tardé tiempo en percatarme de que el canon había marginado a muchas escritoras.
Tras mudarme a Cambridge, entre 2013 y 2018 organicé el Christ’s College Book Club en mi colegio mayor. Celebramos veinticuatro sesiones, cuatro al año. Hasta entonces había compartido libros con amigos. Ahora acudían estudiantes a quienes no siempre conocía. El entorno me incitaba a preparar más las sesiones; algunas se convertían en seminarios.
La media rondaba los ocho estudiantes, pero vinieron quince a hablar de Camus. Las tertulias duraban unas dos horas. Con el tiempo, las estudiantes pedían más escritoras; los asiáticos y africanos, salir del canon occidental. La elección de los libros se convirtió en una cuestión clave. Así que leímos a Kafka, Sófocles y Calderón, pero también a Ama Ata Aidoo, Nadine Gordimer y Tsitsi Dangarembga.
Animado por esta diversidad, quise organizar una cata del Corán, pues contábamos con una especialista. Pero me aconsejaron desistir, por temor a que alguna interpretación ofendiera a los estudiantes musulmanes. Sigo teniendo esa lectura pendiente.
Otra iniciativa malograda fue aún más curiosa. En 2015 me invitaron a dirigir un taller sobre Sor Juana Inés de la Cruz en la prisión femenina de Atlacholoaya, México. Pero en julio se escapó el Chapo Guzmán y las actividades culturales en las cárceles fueron suspendidas. Bartoszyńska cuenta que las mejores tertulias las ha dirigido en prisiones: allí donde hay pocos estímulos, los clubes de lectura adquieren una gran intensidad. Me quedé con las ganas de comprobarlo. Pero cinco años después llegó el confinamiento.
Con la pandemia creé nuevos clubes por Zoom. El más especializado es el Club de la Serpiente, dedicado a los cronistas de Indias. No comentamos un libro terminado, sino que nos reunimos semanalmente para analizar cincuenta páginas. Así, hemos celebrado veintitrés sesiones sobre el Inca Garcilaso (leímos sus obras completas), veintiséis sobre Guaman Poma y cuatro sobre Alva Ixtlilxóchitl. En una sesión coincidieron participantes conectados desde América, Europa y Asia.
Los tres son autores complejos, pero Guaman Poma se lleva la palma. Mezcla el español con el quechua y el aimara. Leyéndolo por entregas, se comparte la incertidumbre. Una reunión puede corregir la interpretación de la anterior. Grabar las sesiones permite ponerse al día si uno se descuelga. Sin el club, dudo que hubiéramos terminado las 1.200 páginas de la Nueva crónica y buen gobierno. Y yo no podría enseñar a Guaman Poma como hago ahora. Otros participantes le han dedicado ensayos. Años después, aquellas tertulias siguen dando frutos.
Pero no todos los clubes necesitan tanta frecuencia. Mantengo otro de literatura centroeuropea, sobre todo de entreguerras: escogemos un mamotreto para el verano y lo comentamos en septiembre, también por Zoom. Hemos leído Auto de fe, de Canetti, La marcha Radetzky, de Roth, y La montaña mágica, de Mann. También han pasado por el club Walser y Gombrowicz. Los sonámbulos, de Broch, nos derrotó, y esa sesión no pudo celebrarse. Estas tertulias me han servido para profundizar en una literatura ajena a mi especialidad.
En definitiva, he acabado organizando clubes muy distintos. Quizá esa variedad explique que haya mantenido la costumbre durante más de dos décadas. Los clubes me animan a leer a autores que no habría escogido solo y, sobre todo, a volver a ser un lector entre otros.
Cada vez aprecio más las diferencias entre una clase y un club. En el aula llevo la batuta. En la tertulia ignoro adónde vamos. Las digresiones y las anécdotas sazonan el debate. Las mejores sesiones surgen de los libros que dividen. Cuanto más radical sea la obra, más dispares serán las reacciones. Un club puede leer a Sade, a quien jamás asignaría en clase. El cine presenta los clubes de lectura como espacios amables. En realidad, permiten leer los textos más provocadores. Pero tanta libertad tiene sus riesgos.
Pues también hay malas tertulias: alguien monopoliza, otro falta al respeto, una ocurrencia pasa por interpretación. El moderador es crucial en estos casos. La pluralidad puede bajar el nivel, aunque a veces un aficionado ve detalles que al profesional se le escapan.
Con todo, el balance es positivo. El compromiso ayuda a terminar libros que, abandonados a nuestra iniciativa, seguirían esperando. Se lee a solas, pero con los interlocutores en mente. La tertulia completa la lectura.
Hay obras que, al cabo de unos años, apenas se recuerdan. Difícilmente ocurrirá eso con un libro debatido. La conversación deja una segunda memoria sobre la primera. Leer juntos no vuelve menos solitaria la lectura; la vuelve más duradera. Al cerrar el libro y concluir la tertulia, quedan superpuestas la voz del autor y la de los tertulianos, como las capas de un palimpsesto. De ahí que algunos libros se conviertan en lugares compartidos.