La protesta juvenil y, más específicamente, del estudiantado ha sido una constante en las democracias liberales, sobre todo después de los años sesenta. Ha ocurrido en las dictaduras de izquierda y de derecha también, pero los jóvenes han pagado muy caro su audacia: para muestra, las actuaciones de la dictadura argentina a finales de los sesenta, de la dictadura china a finales de los ochenta y de las dictaduras nicaragüense, cubana y venezolana en la última década, por no hablar de la matanza de Tlatelolco y el Halconazo en México.
La protesta en la calle le ha dado la vuelta al mundo como forma de expresión política y su eficacia depende de la debilidad relativa del gobierno en ejercicio. En los regímenes parlamentarios tal vez logre el adelanto de elecciones, como ocurre en España a raíz del desahucio de Maricarmen Abascal; en los autoritarios puede llevar a una fuerte represión y, en algunos casos, a que se divida la coalición gobernante, como ocurrió en Etiopía en el año 2018, cuando el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope se dividió y dio paso a una transición; puede no ocurrir nada que ponga realmente en peligro a los mandamases, casos de la protestas populares en Nicaragua, Cuba y Venezuela. Otra posibilidad es que se abra el camino a procesos constitucionales como ocurrió en Chile –fallidamente, por cierto– luego de las protestas de 2019, o a gobiernos de signos políticos que nunca habían llegado al poder, como el de Gustavo Petro en Colombia. En cuanto a las protestas de la llamada Primavera Árabe, ya se sabe cómo terminaron: en regímenes de fuerza. Es de lamentar el trágico saldo de las protestas iraníes y de admirar la salida masiva de la juventud india (aunque hayan escogido el nombre de cucarachas).
He protestado tanto en mi vida que siento simpatía por quienes lo hacen, siempre y cuando no destrocen instalaciones útiles para la gente de a pie como el transporte público, no afecten a comerciantes que nada tienen que ver con las razones que empujan a la gente a la calle, ni pongan en juego las viviendas de los particulares. De los ladrones de televisores, teléfonos inteligentes o ropa de París y Milán solo digo una cosa: malandros. A quién se le ocurre que alguien que lucha en serio por la educación o la salud pública aproveche para llevarse gratis un teléfono de última generación o un boxer de marca. Y, por favor, no me vengan con el cuento del consumismo capitalista que empuja a la gente a este tipo de actos. Es políticamente ineficaz manifestar deseos consumistas en una manifestación política.
Aunque es difícil controlar mareas humanas, la experiencia demuestra que puede haber autocontención. En esa maravilla que es la marcha del 8 de marzo en Ciudad de México, el vandalismo causa escándalo pero en realidad es ejercido por poquísimas mujeres. Me cuesta entender la pasión chilanga por vandalizar monumentos que no tienen ninguna relación con las luchas específicas de los marchistas, pero en esta debilidad por el orden influye que vengo de un país que se deterioró mucho. Aprecio el ornato público, por no hablar de que los monumentos no pertenecen solo al Estado, sino a la ciudadanía.
En Venezuela protestamos hasta dejarnos la piel en las calles sin destruir panaderías o robar tiendas de videos, aunque llegó a haber saqueos en los peores momentos del desabastecimiento, sin relación con la acción política opositora. En cambio, las protestas en Francia han sido extremadamente vandálicas, más parecidas a las chilenas y a las colombianas de 2019 que a las venezolanas, cubanas y nicaragüenses, lo que hace sospechar de pescadores en río revuelto, sean delincuentes o activistas políticos. A Jean-Luc Mélenchon, de extrema izquierda, se le ha visto muy sonriente en las protestas en París, aunque me temo que quienes se están frotando las manos son la extrema derecha de Marine Le Pen y su Renacimiento Nacional. Los extremos salen ganando en estas circunstancias.
Los jóvenes que protestan en distintas partes del mundo tienen un punto en común: la preocupación por el futuro. Las enormes pérdidas materiales de las acciones vandálicas no aseguran, más bien al contrario, que los gobiernos hagan acto de contrición. Si las demandas se confunden con ataques a la democracia, tampoco hay certeza alguna de que serán satisfechas. La vida es así: la razón y la negociación deberían llevarnos a las soluciones más certeras pero no suele ocurrir de este modo. En el siglo XX pusimos nuestras vidas en manos del Estado y ahora solicitamos que nos asegure el futuro. Si aceptamos esta premisa, la pregunta es de dónde sacamos los recursos. El Estado de Bienestar sufragado con impuestos hace aguas en Francia; aunque el mundo ha dado un enorme salto económico, quienes atestiguan anhelantes la riqueza son más que quienes disfrutan de niveles de vida al estilo de Dinamarca o Luxemburgo.
Entiendo a los jóvenes porque yo también podría decir que no tengo futuro: una revolución, apoyada por Mélenchon por cierto, me lo quitó y se lo quitó a generaciones más jóvenes que la mía. Sin embargo, no coincido con la vocación apocalíptica de quienes alimentan en la juventud la idea de que no hay opciones. Me niego a pararme delante de un grupo de estudiantes a decirles que no hay nada para ellos porque de ser así la educación significa un acto inútil.
Cuando oigo a una persona de veinte años diciendo que no vivirá en su vejez como viven sus abuelos, me sumo en la perplejidad: con veinte años hay un camino por delante por construir y no me refiero meramente a la existencia individual. Los sindicatos, las grandes invenciones científicas, la democracia, los derechos humanos, la construcción masiva de viviendas, la educación y la salud pública no salieron de la nada. Son adelantos hechos por gente que, en ocasiones, no tuvo las ventajas que muchos de nosotros tuvimos. Hay soluciones ambientales, económicas, sociales y tecnológicas que requieren de nuestra participación y que ya no obedecen al mundo del siglo XX, por lo que tendrán que ser llevadas a cabo por las más recientes generaciones. Mi país está en la ruina más absoluta –muy lejos de Francia y España– pero yo jamás le diría a la juventud que no tiene futuro. Todavía hay mucho por hacer.
Desde la más absoluta simpatía y empatía, le diría a los jóvenes que no pidan vino nuevo de odres viejos. El jacobinismo parisino ya es muy antiguo y se ha desvirtuado con los hinchas futbolísticos. Por otra parte, y cambiando de país, cuando veo que los jóvenes berlineses votaron para la alcaldía de Berlín por Die Linke y a los de Sajonia por AfD, me siento en un cine maloliente, viendo una película en blanco y negro que se corta por momentos; una película antigua, malísima, con un torrente de música dramática y gestos exaltados de los actores. Die Linke desciende del Partido Socialista Unificado de Alemania Oriental, que gobernó el este del país con mano de hierro por décadas. En cuanto a Alternativa para Alemania, se trata de una organización filonazi. Provoca cantar la canción de Sex Pistols “No future”:
There’s no future
In England’s dreaming
Don’t be told what you want
Don’t be told what you need
Por sobre todo, creo que no hay que tener miedo ni creer en los profetas del Apocalipsis. Leo actualmente El Reino, de Emmanuel Carrère. Nos recuerda que San Pablo, el héroe de la cristiandad, andaba proclamando el fin del mundo y después no hallaba dónde meterse porque, obviamente, no ocurrió. Pertenezco a una de las generaciones que supuestamente se iba a extinguir con una guerra nuclear, pero aquí estamos. En cuanto a las amenazas de la inteligencia artificial, no hay nada escrito en piedra.
Al menos ir juntos a protestar tiene la virtud de dejar los imaginarios truculentos en casa (y en los dispositivos electrónicos), unidos en el ejercicio de la democracia surgente (Hannah Arendt): los cuerpos en movimiento en la búsqueda de un fin común siempre valen la pena. Los y las jóvenes tienen el derecho y el deber de aspirar a una vida mejor, pero, por sobre todo tienen que creer que es posible. ~