Foto: Laura Campos

“Mi” Ucrania

Traducir literatura puede llegar a convertirse en la rampa de acceso a nuevas identidades y ciudadanías. En este ensayo, el autor relata el camino que lo ha llevado a identificarse con el pueblo ucraniano.
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¿Se puede sentir como propio un país en el que nunca has vivido, que tampoco has visitado, cuya lengua ni siquiera conoces? ¿Existe ese vínculo esencialmente humano que dinamita toda barrera nacional? A juzgar por las masivas muestras de solidaridad que vemos ahora todos los días, ese vínculo existe. Y si no existiera, sería preciso crearlo.

La identidad nacional (aun en sus ámbitos más locales, como el de la Heimat alemana, el terruño más microcósmico) es un constructo de socialización muchas veces esclavizador, pero extremadamente cómodo, que nos permite espantar la soledad, atrincherarnos frente a lo desconocido, eludir responsabilidades individuales y, en el mejor de los casos, dejarnos llevar por una historia y una inercia de tradiciones colectivas con las que muchas veces, en nuestro fuero interno, ni siquiera nos identificamos.

Traducir literatura es (o pudiera ser) un oficio peligroso de cara a los intentos de instrumentalizar con fines innobles la llamada identidad. Traducir literatura, cuando se hace a fondo, cuando es no (solo) medio de vida ni ornamento, cuando no se ve como recurso para ascender en escalafones de efímeros “prestigios” ni se practica con el fin de alcanzar cotas de poder, puede llegar a convertirse en la rampa de acceso a otras nuevas identidades, a nuevas ciudadanías. “La lengua de Europa es la traducción”, dijo Umberto Eco, y esa máxima ha sido asumida por las instituciones de la Unión Europea como parte de su labor cultural.

Los racimos de bombas que ahora caen sobre la población ucraniana caen, precisamente, porque alguien que abomina de identidades difusas, que lleva un par de lustros fabricando nuevas ficciones de “grandeza nacional”, ve con muy malos ojos, con ojeriza, que una mayoría de ucranianos quiera, por fin, retornar a la multinacional Europa, el lugar al que legítimamente pertenecen. Un anhelo que a lo largo de la historia se vio truncado una y otra vez por la agresividad de la ficción nacionalista rusa.

Je suis Ukrainien, es el clamor que repito para mis adentros no ya desde que se inició esta nueva invasión rusa, sino por lo menos desde que en 2014, a raíz de la anexión de los territorios en Crimea y el Donbás, uní en un diálogo al escritor ucraniano Yuri Andrujóvich y al historiador alemán Karl Schlögel. (Véase este enlace.)

Yo, nacido en la tórrida Habana, he conseguido identificarme con ese pueblo ahora agredido no solo a través de un buen número de contactos personales, afectivos o intelectuales, sino a través de un modo individual de entender la traducción de literatura que trasciende el ámbito del mero prestador de un servicio cultural, que va más allá de toda transacción monetaria (por legítima que sea) y solo siente desprecio para el uso de este oficio con fines de orquestar cabildeos de ascenso entre la perifollería de las vanidades culturetas.

Son muchos los grandes de la literatura que podrían hoy acogerse con mucha más legitimidad a ese clamor: Je suis Ukrainien podrían decir autores tan distintos como Gregor von Rezzori, Paul Celan o Rose Ausländer, los tres nacidos en Czernowitz, la actual Chernivtsí, en el suroeste de Ucrania. Podría clamarlo también, en su estilo furibundo, el gran Joseph Roth, hijo de la Galitzia oriental, cuyos magníficos reportajes nos abren la puerta a la historia de ciudades que hoy colman los telediarios, como Járkov o Leópolis. O el menos conocido Ludwig Schajovicz, nacido también en Czernowitz, afincado luego en Viena y, tras la llamada anexión de Austria al Reich hitleriano en 1938, emigrado a La Habana, ciudad en la que fundó el Teatro Universitario, creando con ello las bases del teatro moderno cubano. Todos esos autores son testimonio vital y literario de esa identidad difusa, de esa bella condición del apátrida, de lo que fue Ucrania antes de ser devorada por el imperialismo ruso.

De Ucrania es también una figura extraordinaria, Sofia Yablonska, emigrada en París, cuyos relatos de viajes por Marruecos o China entre finales de la década de 1920 y principios de 1930 han sido recuperados recientemente por la editorial alemana kupido literaturverlag, con la que he mantenido una estrecha colaboración de trabajo.

Yo, nacido en la tórrida Habana, he conseguido identificarme con ese pueblo ahora agredido no solo a través de un buen número de contactos personales, afectivos o intelectuales, sino a través de un modo individual de entender la traducción de literatura.

Pero la presencia constante de Ucrania en mi imaginario europeo comienza allá por los años noventa, cuando empecé a leer a fondo a Gregor von Rezzori, que inicia uno de sus magníficos textos biográficos diciendo que “nació en un coche de posta camino de Czernowitz”, lo que marcó para siempre su condición de nómada entre culturas: del origen siciliano de su familia, el arraigo en el Imperio Austrohúngaro, su nacimiento en Czernowitz en vísperas de la Primera Guerra Mundial, y su largo peregrinar por Europa (Kronstadt, Viena, Berlín, Hamburgo, Múnich, París) hasta finales de los sesenta, cuando se estableció en la Toscana y Nueva York. Él mismo se definía como un déraciné, un desarraigado imposible de encorsetar entre fronteras nacionales, mucho menos en los de una ideología nacionalista.

Pero Ucrania ha estado próxima a mí en otros ámbitos profesionales más contemporáneos. Hace unos años traduje para Acantilado un magnífico libro del historiador Karl Schlögel, el mayor experto alemán en la cultura rusa y ucraniana. En Decisión en Kiev (aun no publicado), Schlögel traza un fascinante recorrido por las principales urbes ucranianas, en ensayos que son, a la vez, reportajes de viaje, autobiografía y análisis cultural y político de actualidad. 

Otro vínculo duradero con la Ucrania postsoviética se creó cuando, en 2003, conocí en el Palacio Wiepersdorf, en Brandemburgo, al poeta, ensayista y narrador Yuri Andrujóvich. Ambos teníamos una beca. Para mí eran los inicios de un exilio que este 2022 cumplirá veinte años. A pesar de pertenecer a generaciones distintas y de haber crecido en contextos tan dispares, nos entendimos a la primera. Ambos compartíamos vivencias en regímenes comunistas, pero, más allá de eso, teníamos una visión muy próxima de lo que debería ser la literatura. La obra de Andrujóvich, bastante traducida en nuestra lengua, es muestra de esa visión rabelesiana, de esa mirada sarcástica a lo propio o a los enternecedores o abominables sinsentidos de todo fanatismo de las ideas, a las aristas más absurdas de los comportamientos humanos. Por entonces, en la primavera de 2003, aún no era un escritor conocido en el resto de Europa, pero tres años más tarde, cuando acudí a mi cita anual en la Feria del Libro de Fráncfort, la entrada al stand de la editorial Suhrkamp la presidía un gigantesco retrato del autor. Allí nos reencontramos y nos pusimos al día, creo recordar que más tarde visitamos juntos a Jaume Vallcorba en el stand de Quaderns Crema, donde me hice con el recién publicado El último territorio, uno de los ensayos más brillantes leídos en los últimos años. Me precio de haber leído toda su obra traducida al castellano o al alemán. Y en el año 2010 traduje para Acantilado un epílogo de Andrujóvich a su libro Moscoviada, un texto escrito originalmente en alemán.

Han pasado varios años, pero pude reafirmar mi convicción de estar ante uno de los escritores centroeuropeos más relevantes cuando esta primavera, en Viena, me regaló la traducción al alemán de su novela más reciente, Los favoritos de la justicia. Novela parahistórica en ocho capítulos y medio. Libro que leí de un tirón en los días siguientes y recomendé para su traducción. De ese encuentro ahora tan doblemente entrañable surgió la invitación para acudir al Festival Meridian, uno de los proyectos culturales ucranianos que dan buena fe de esa voluntad europeísta de las fuerzas vivas del país, un intento noble por convertir de nuevo a Czernowitz en la urbe cosmopolita que fue.

En su novela, cuyo hilo conductor a través de diferentes naciones y periodos históricos es un circo trashumante, Andrujóvich recorre la historia de su país en direcciones radiales que llevan a sus personajes –todos, en cierto modo, forajidos, parias, rebeldes, subversivos– por los cuatro puntos cardinales del continente europeo, trascendiendo no solo fronteras, sino siglos.

En cuanto se inició esta guerra, le escribí. Y ahora, mientras escribo, no puedo sino estremecerme al recordar sus palabras: “Me deseo a mí mismo que pueda darse un nuevo encuentro contigo”. Una frase que, en el contexto actual, implica muchísimo más que una mera expresión de afecto hacia mi persona. Conociendo sus declaraciones a los medios, en las que ha dejado clara su voluntad de permanecer en su país para defenderlo hasta donde pueda y del modo que buenamente pueda, esas palabras expresan más bien un anhelo de sobrevivir. Porque no es la primera vez que el gigante ruso, en su afán por unificar identidades, extermina a las fuerzas vivas de una nación ucraniana siempre en ciernes. Recuérdese lo que hizo Stalin durante el llamado Holodomor, la gran hambruna con la que exterminó a un millón y medio de ucranianos en su afán expansionista hacia el oeste.

We shall overcome”, fueron las últimas palabras de Andrujóvich en ese correo de hace pocos días. Las mismas que empleó en una entrevista concedida a La Vanguardia, en la que el periodista decía “no verlo asustado”. “Venceremos”, fue la respuesta impasible de Andrujóvich.

Una consigna que ahora, para mí, se re-significa, se re-semantiza. Porque ese “Venceremos” era la fórmula huera con la que otra opresora ficción nacionalista que sí conozco de primera mano, la cubana, destruyó desde dentro, sin invasión de fuera, a todo un país, a por lo menos tres generaciones de sus ciudadanos.

En esa entrevista el autor ucranio recuerda, además, que ha participado en otras dos revoluciones: la de 2004 y la de 2013-2014. Y es esa referencia la que ahora abre otro vínculo muy personal y afectivo con Yuri Andrujóvich y su país: mi hija Laura, que es fotógrafa, visitó Kiev, cámara en mano, a los pocos días de haber terminado la revolución del Maidán en 2014. Todavía estaban bien visibles las huellas de aquel combate. La foto que preside este artículo da buena fe de ello. Y bien que podría erigirse ahora en un símbolo aterrador de lo que, a todas luces, va a suceder ahora con los destinos de Ucrania.

Rememoro el terror que sentí entonces cuando supe que mi hija (por entonces radicada en Vilna) viajaba a Ucrania. Recuerdo el nerviosismo con el que movilicé a colegas ucranianos para que, en caso de emergencia, asistieran a “mi pequeña”. Y no puedo dejar de pensar ahora en Evgenija, en Oksana, en Nelia, en la bielorrusa Iryna (a la que al menos sé ahora a salvo en Suiza), en Vasyl, en Roksolana. Colegas todos, escritores con los que alguna vez me he cruzado en el camino. ¿Qué va a ser ahora de ellos?

Si algo deja estupefacto al ver en los telediarios los testimonios de decenas de ucranianos es el altísimo nivel de español de los entrevistados. O de inglés, de francés, de alemán. Es el mejor ejemplo de la voluntad de un pueblo de integrarse en Europa.

En cambio, ¿qué conocemos en España de Ucrania? ¿Cuánto nos hemos interesado por los vínculos culturales de ese país con nuestro continente? Y no hablo, claro está, de la conmovedora y masiva movilización de la gente de a pie en apoyo a los ucranianos, de las nobles muestras de solidaridad de tantos y tantos españoles. Hablo más bien de la mayoritaria indigencia de conocimientos de nuestro entorno intelectual, cuyas excepciones (que las hay) vienen tan solo a confirmar la regla.

Tal vez sea un buen momento para que, desde nuestro aún mullido y legañoso bienestar, empecemos a indagar más sobre el país agredido, sobre su rica cultura, sobre su relación con Europa y con el mundo.

El discurso intervencionista de Vladimir Putin alude a los verdaderos vínculos históricos de Rusia con el país agredido. Pero se trata del discurso de un “padre” abusador, un padre del que hace tiempo reniegan quienes no se reconocen como sus hijos. Sin embargo, ese discurso ganaría en eficacia si no le oponemos desde este otro lado un clamor inverso: “Ucrania es nuestra, Ucrania es Europa”.

8 de marzo de 2022                       

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