Me levanté una bonita mañana
a sentir sonar el mundo.
Me puse a escribir con el oído
muy pegado hacia la mesa,
pero sólo pude escuchar
el quisquillar de las cucharas,
el susurro de las tazas, los dilemas de mi pan.
Entonces, puse mi oreja sobre el muro
y me dediqué a seguir el rojo de los cables
hasta la cobriza luz de un foco.
Encendí el apagador
para que la noche se fuera. Afuera
era una bonita mañana,
pero aun así prendí la luz
para que me vieran
para mandar señales como un faro:
cada dos segundos sí, cada dos segundos no.
Mandé señales al señor que pasaba:
Era el señor de la pala que alargaba su jornada en mi oído,
me arrastró hasta el sonido del traj, traj, traj,
de pronto un rin
y la pala que choca contra el piso:
rin, traj, traj, rin, traj, traj.
Era uno pero sonaba como tres.
Y yo me detuve a mirar esa música de manos
que entraba en mí como litros de sol
ahogándome en esa líquida mañana.
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