Cortesía del Festival Internacional Cervantino

Cristoph Marthaler y la estética del desconsuelo

El director suizo presentó una de sus puestas en escena en México por primera vez y aprovechamos para repasar su obra.
AÑADIR A FAVORITOS

Cristoph Marthaler no se reconoce como el inventor de un estilo de teatro ni de un método de trabajo, aunque sus puestas en escena sean muy identificables. Rara vez trabaja con un texto predeterminado, pero sí utiliza el tiempo de manera particular, es un tiempo suspendido, quizá intermedio, donde los actores sólo están, permanecen en escena. Sin su escenógrafa y su dramaturga, el director de origen suizo ha soltado la sentencia de que le sería  imposible hacer teatro.

Tessa Blomstedt no se rinde, la puesta en escena producida por la Volksbühne am Rosa-Luxemburg-Platz de Berlín, fue su primera obra en México, y su presencia acaparó la atención como lo mejor de la oferta artística del recién concluido Festival Internacional Cervantino en Guanajuato.

La crítica afirma que el estilo del director de 65 años no se parece a ninguno y ha instaurado una estética propia, un sello tan particular que cualquier otro que ose imitarlo, queda eclipsado. Exageración o no, Marthaler tiene una producción envidiable que llega a la cifra de 75 puestas en escena entre ópera y teatro.

Ganador en 2015 del León de Oro de Venecia, este hombre de la escena, músico de formación y alumno de Jacques Lecoq en París, se ha metido irreverente con los clásicos. No concibe, según sus propias palabras, una vida sin humor. Sus puestas rellenan las butacas en cuanto teatro de Europa lo programa y son memorables sus versiones de Fausto, Tristán e Isolda o ¡Murx, los europeos!, que estuvo cuatro años en cartelera (1994 a1997).

Parte fundamental en  la concepción de los personajes de Marthaler es acudir a los antihéroes, los perdedores, hombres y mujeres sombríos que precisamente por esa condición, lucen luminosos, radiantes, triunfan en su miseria.

Su Tessa Blomstedt es pues una conjunción de teatro, canciones, silencios, parodias, diálogos fragmentados, gestualidad y una ironía desopilante sobre la búsqueda de pareja en el mundo virtual.

La protagonista se multiplica en varias generaciones, presenta o representa –si puede hablarse de personaje–, a varias de ellas. Hay música en vivo y las interpretaciones en solo y coro se suceden casi una tras otra con el pretexto de hablar de las cartas de antaño o las citas de amor por teléfono, la incursión en el mundo virtual y lo insólito que puede resultar llenar un perfil de usuario para encontrar pareja, con las engorrosas y absurdas preguntas de los sitios en línea.

La idea de este montaje en particular fue la relación con el mundo virtual; de ahí se llamó al elenco para iniciar los ensayos a partir de las historias que ellos conocían, sus asociaciones, la búsqueda del amor, las canciones que creían uno y otro que dialogaban con esa primera estructura de la obra. Entonces comenzaron a hacer música, ensayar a piano solo y recordar canciones de diversas épocas. Se incluyó Hotel California o el tema de la película El Guardaespaldas, entre más.

Después vino la relación con los espacios, los objetos, el manejo del tiempo, los silencios, la inclusión de algunos textos cotidianos en Internet que iban a formar parte del montaje o también, durante los ensayos, estar horas y horas sin que pase gran cosa, como parte de lo que algunos han querido encorsetar como el método “Marthaler”.

Y aunque el texto puede ser dinámico e ir mutando, en el ensayo general el director ya no permite cambios y hace un trabajo tan personalísimo con cada actor, que la obra no cambia de elenco, pues el personaje fue pensado para ese hombre o mujer determinado.

“Hay muchos que sueñan con ser parte del elenco de Marthaler pero no es fácil. Hay que ser un cierto tipo de actor o actriz y hay que tener cierto aire cómico en su forma de ser; y la principal es que hay que poder cantar muy bien. (…) El tema del tiempo es muy importante y estar parados durante mucho tiempo y comulgar con ese ritmo actoral que él exige, por ejemplo estar horas frente a una pared sin que pase más cosa”, había platicado el director de giras de la Volksbühne, un día antes de las dos funciones de la obra en el Teatro Principal de Guanajuato. “Del vestuario, Anna Viebrock tiene tendencia a subrayar siempre una figura perdedora, y eso es tan emblemático, no ha cambiado y ha instaurado una moda en Berlín. Tiene una fascinación por el cliché, no lo teme y lo exacerba, igual en el maquillaje”.

A diferencia de sus montajes anteriores, lo novedoso en Tessa…es la utilización del video y el tema mismo en el imaginario del director (lo que sorprendió en Alemania desde el estreno de la puesta en 2014), el del amor en el contexto virtual de las relaciones.

Han-Thies Lehmann, uno de los grandes teóricos alemanes del teatro contemporáneo –en América Latina se conoció por su libro Teatro Posdramático, publicado en México en 2013–, ubica la poética de Marthaler en esta corriente de teatro posdramático, específicamente en el llamado teatro coral. Emparenta el trabajo de Cristoph Marthaler donde hay una presencia coral de los actores exenta de drama y cuya propuesta funciona como una varieté o un circo, donde también está presente el “coro social”, para presentar el estado de las cosas que suceden en escena.

El autor le dedica también a Marthaler y Viebrock  unas líneas a propósito de la estética posdramática del espacio, cuando cita que en los años noventa, hay en ambos creadores una obstinación  estilística por una especie de “espacio del trauma”, y lo pondrá también como ejemplo del uso posdramático del tiempo en cuanto a los conceptos de duración y repetición, donde Marthaler convive con algunas ideas estéticas de Robert Wilson, Jan Fabre o Lauwers en la utilización de estos elementos.

Crear belleza a partir de las debilidades o los fracasos existenciales, aderezar estos materiales con canciones o pequeñas coreografías en los montajes de Marthaler, ubican al director inmerso  en una de las varias preocupaciones del teatro contemporáneo: el cuestionamiento de la belleza como mero objeto de contemplación, para subirlo a la palestra de la política, la religión, el documento, la relación intrínseca de sus protagonistas con este concepto como práctica social y de relación ética y estética.

 


    ×  

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: