Leonora Carrington, "El desconocido". Cortesía Centro de las Artes Inmersivas.

Leonora Carrington, perdida en el laberinto

¿Qué aportan las llamadas experiencias inmersivas a la lectura del legado de un artista? “Laberinto mágico”, que expone esculturas, grabados y litografías de Leonora Carrington, vuelve necesaria la pregunta.
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A quince años de su muerte, la obra y vida de Leonora Carrington (1917-2011) es continuamente revisitada, quizá porque el trabajo de las mujeres artistas se está poniendo en el centro de las conversaciones y quizá, también, por el auge de prácticas astrológicas donde el trabajo de Carrington encuentra ecos. Un ejemplo fue la exposición Bajo el signo de Saturno. Adivinación en el arte en el MUNAL, el año pasado, en donde se integró la reconocida escultura de Carrington titulada “La Quiromante”, y a la que asistió público especialmente joven o que visitaba por primera vez el museo: la pulsión por buscar respuestas en otros medios o caminos adquiere especial fuerza y resonancia en trabajos como los de esta artista.

A través de una producción que abarcó pintura, grabado, ilustración, bordado, escritura y escultura de gran formato, Carrington se empecinó en ser una mujer libre, en búsqueda de referentes que le permitieran construir y compartir su universo creativo. Hija de la alta sociedad inglesa, renuente a su linaje familiar y en búsqueda constante por su voz, cada gesto implicaba para ella una rebelión. En 1936 ingresó a estudiar arte en la Academia Ozenfant en Londres y ese mismo año tuvo su primer acercamiento al movimiento surrealista, con el que sería en adelante relacionada, a través de la primera muestra completa de arte surrealista en Reino Unido, con 390 piezas de Dora Maar, Marcel Duchamp, Max Ernst, Maruja Mallo, Joan Miró, Man Ray, Jacqueline B. y Leonor Fini, entre muchos otros.

En 1943, Carrington llegó a México, donde conocería a su círculo de amistades más cercano: un grupo de artistas refugiados de la Guerra civil española, entre los que se encontraban los fotógrafos húngaros Kati Horna y Emerico Weisz, con quien Carrington se casó y tuvo dos hijos. México fue el país en el que produjo la mayor parte de su obra: 200 cuadros y 68 esculturas, además de litografías y publicaciones editoriales, y aquí obtuvo fama y reconocimiento.

Hace poco se inauguró Laberinto mágico, una experiencia inmersiva en el Centro de las Artes Inmersivas (CAI) en la que se exponen 11 esculturas de gran formato, así como litografías y grabados de Carrington. La intención de este proyecto –al que me cuesta llamar exposición– es generar un recorrido sensorial, en el que la atención está puesta en la experiencia de quien lo visita y no en la obra que se presenta. ¿Qué rol tiene la artista en este contexto? ¿Para qué públicos está pensado y qué intenciones persigue? Recuerdo que en 2018, el Museo Nacional de Arte (MUNAL) presentó una exposición titulada Caravaggio. Una obra, un legado que, además de exponer “La Buona Ventura” (1596), una de las pocas obras existentes de este artista, integró una inmersión multisensorial titulada Caravaggio Experience, la cual consistía en una proyección sobre los muros, pisos y techo de una de las salas del museo en la que se observaba a los personajes del pintor en movimiento, así como maniquíes de madera para dibujo que participaban de la animación. Me acuerdo poco de la justificación para presentar uno u otro elemento, pero sé que tuve una sensación de mareo al salir del espacio y de tristeza por haber sido lo último que vi durante el recorrido, obligándome a dejar la impronta del cuadro mucho más atrás.

Cuando se trata de la revisión del trabajo de las mujeres artistas, pienso en uno de los carteles más icónicos del grupo feminista Guerrilla Girls, “The advantages of being a woman artist” (1988), en el que enumeran una serie de beneficios que atribuyen a la condición de ser mujer artista. Entre ellos aparecen: “Saber que tu carrera podría repuntar después de tus ochenta años” y “Estar incluida en versiones revisadas de la historia del arte”. Estas frases son de una actualidad feroz: más allá del reposicionamiento de las mujeres artistas en la historia del arte y en la escena contemporánea, resulta fundamental preguntarse de qué manera se presenta su obra y en qué contextos se inserta.

Hoy contamos con muchas herramientas para el desarrollo de cierto tipo de experiencias multisensoriales, pero algunas preguntas permanecen pese a los avances tecnológicos: ¿estas escenografías aportan algo a la lectura del legado de un artista? ¿Tenemos que pensar y hablar de las exposiciones como espectáculos y contabilizar su impacto a través de la numeralia (o el ingreso económico que implican)? Si el interés está puesto en la recuperación de la obra, estrategias como sacar las piezas de los museos o instituciones culturales para colocarlas en la calle pone en el centro de la discusión la naturaleza del trabajo escultórico en sí mismo, así como el uso del espacio público y de nuestro encuentro con la obra –tal fue el caso de Onirismo en Bronce en 2017, donde se expusieron 14 obras de Carrington en Paseo de la Reforma. No obstante, proyectos como el del CAI insisten en priorizar al espectador y su experiencia, dejando en segundo o tercer plano la labor artística: “En el corazón de un laberinto poblado por seres extraordinarios, frente al oráculo de los [sic] subjetivo, cada uno de nosotros puede encontrar la respuesta que busca”, se lee en el texto que antecede a la puesta en escena.

La primera sección del Laberinto mágico presenta una breve línea del tiempo con algunos episodios de la vida de Carrington: su nacimiento, sus estudios, el encuentro con los surrealistas y su llegada a México. En ningún momento se menciona su fallecimiento, lo que deja la sensación de una narración incompleta o de un escaso interés por ofrecer al espectador mayor información sobre la artista. Posteriormente aparecen litografías como “La silla Daghda”, “The latest portrait of Mrs Partridge”, “JANAN” y “Personajes fantásticos”, junto con grabados como “Godiva”. Estas piezas se contextualizan a partir del interés de Carrington por representar animales y criaturas provenientes de los cuentos de hadas y mitos celtas con los que creció.

Más adelante, aparece una nueva advertencia antes del recorrido principal: “Estás a punto de entrar a un laberinto habitado por 11 seres creados por Leonora Carrington. Búscalos. Deja que te inspiren. Observa con calma; los espacios del laberinto tienen un ritmo propio”. Las escenografías en donde están colocadas las piezas son resultado del cuidadoso trabajo de Cocolab, agencia especializada en experiencias multimedia, y cada escultura ocupa una sala con ambientación propia. Aún así, destaca la falta de datos sobre la obra de la artista. No hay fichas técnicas ni secciones informativas que permitan conocer los años de producción o incluso los títulos de las piezas. Alejandro Machorro, director de Cocolab y el CAI, declaró durante la rueda de prensa que buscaba “intervenir” lo menos posible el trabajo de Carrington; sin embargo, los estímulos lumínicos y el video mapping que atraviesan cada pieza producen una sensación distinta. A lo largo del recorrido se encuentran citas atribuibles a la artista que carecen de contexto y que en ningún momento se menciona que efectivamente sean de ella. Además, están colocadas en zonas demasiado altas o con iluminación tenue, lo que dificulta su lectura.

Reconozco el esfuerzo por convertir este recorrido en una experiencia libre y lúdica frente a la monumentalidad de las esculturas, así como la posibilidad de acercar estas piezas a un espacio de recreación. No obstante, aproximarse al acervo de Carrington implica reconocer que en su obra persisten mensajes por descifrar. Contextos como el de Laberinto mágico terminan transformando las piezas, desafortunadamente, en objetos decorativos más que en detonantes de aprendizaje y apreciación sobre esa obra. Además, parece que el equipo del CAI insiste en asociar el misterio con la oscuridad –el laberinto guarda una sensación de ocultismo debido a la baja iluminación, las largas cortinas que cubren los espacios y la música que lo acompaña–, cuando el trabajo de Carrington apuntaba precisamente hacia lo contrario: mostrar a sus personajes a plena luz del día y defender la existencia de lo extraordinario dentro de lo cotidiano. ~


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