La gentrificación de la nostalgia

¿Por qué cada gira “de despedida” se ha vuelto un ritual urgente? Por el “Legacy FOMO”, donde la nostalgia se mezcla con el ansia de estar presente en las redes sociales.
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Amplificada de manera delirante por las redes sociales, la ansiedad generada por el “miedo a perderse algo”, denominada popularmente como FOMO (fear of missing out), se ha convertido en un fenómeno omnipresente en nuestras vidas. Es la frustración que sentimos al ver en Instagram las imágenes de la fiesta a la que no llegamos, el viaje que no hicimos, o el festival para el que no alcanzamos boletos. Más que un lamento por perderse un evento específico, el FOMO expresa el terror a no ser parte de la conversación, a no pertenecer, a quedar fuera.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando el temor no radica en perderse una fiesta, sino en dejar pasar la última oportunidad para ver en vivo a una leyenda a punto de extinguirse?

¡Bienvenidos al Legacy FOMO! El impulso que lleva a alguien que nunca escuchó un disco completo de AC/DC a pagar cifras absurdas por un boleto, o la ansiedad que convierte cada gira “de despedida” en un ritual de urgencia. Un fenómeno que, en su fase más moderna y perturbadora, deriva en el reemplazo del ídolo por su versión digital.

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Mauricio González Lara (MGL): Cuando me llamaste para hablar sobre la disposición cada vez más delirante de hacer lo que sea por ver en concierto a artistas legendarios al borde del crepúsculo, utilizaste un término que me pareció genial: Legacy FOMO. Dado que no lo he visto en ningún otro lado, asumo que lo acuñaste. ¡Chapeau!

Grégory Escobar (GE): No sé si lo acuñé, pero puedo explicarte cómo llegué a él. Fue a raíz de AC/DC. Un amigo me dijo que quería ir a los conciertos celebrados recientemente en la Ciudad de México y yo, con toda la condescendencia del mundo, le respondí lo que cualquier purista habría respondido: “Ya están viejos, solo queda uno de los originales, Brian no tiene voz. Vas a ver un espectro de lo que era esa banda”. A lo que me contestó: “Oye, pero es que yo nunca los he visto”. Eso fue todo. Increíblemente, en mi mente, esos remedos espectrales se transformaron de manera instantánea en leyendas incuestionables. Le dije: “¡Ah no, claro! Tienes que ir. Si nunca los has visto, debes ir, así no estén todos”. Yo los había visto en 2009, en la gira de promoción del disco Black Ice, cuando todavía estaban Malcolm, Cliff y Phil. La banda no era la de los ochenta, pero seguía siendo formidable (quizás alguien que los vio en 1979, con Bon Scott, pensaría lo contrario). Desde esa posición privilegiada, me resultó fácil desdeñar lo que es ahora. Mi valoración cambió por completo por el simple hecho de que alguien no la hubiera visto nunca, sin importar cuán reducida estuviera en calidad. Y pensé: este miedo a dejar pasar la última oportunidad de admirar a una leyenda es una especie de FOMO, ¡un Legacy FOMO!

MGL: Aunque respeto ese sentimiento, me produce escozor cuando la gente te quiere vender algo que no es. Me parece que algo de eso pasó con esta gira de AC/DC. En paralelo a los múltiples videos en redes sociales que exhibían en pésima forma a Angus Young, existía toda una máquina mercadotécnica, alimentada por los fans más recalcitrantes, que lo señalaba como ejemplo de eternidad. “Sigue tocando como los dioses”, decían. Mmmh, ¿en serio?

GE: Angus toca con solvencia y todavía se lanza su solo de 20 minutos, pero no creo que el debate vaya por esa ruta. Ahí lo que opera no es la admiración por la destreza musical, sino la nostalgia. Y a veces ni siquiera nostalgia, sino una extraña forma de branding, la lealtad por una marca. Por ejemplo, bandas como Foreigner y Lynyrd Skynyrd. No queda ni un solo miembro fundador, pero la gente sigue yendo a los recitales a gritar “¡Free Bird!”.

MGL: Eso es típico de las bandas chambonas de segundo o tercer nivel, como Kansas o Journey, pero con las de popularidad icónica sucede otro fenómeno: la gentrificación de la nostalgia. Sea Oasis, Metallica, Roger Waters o The Eagles, para asistir a conciertos de un artista “legendario” debes ser millonario o prácticamente vender un riñón. Ir a un buen asiento de estos conciertos se ha convertido en un símbolo de estatus. Y estas figuras van por todo el dinero. No tienen empacho en permitir que se diseñen paquetes que incluyen mesa, conserje, foto con el grupo y poster firmado. No es algo exclusivo de los “artistas leyenda”, pero es un fenómeno que se presenta con mayor desenfado en sus giras.

GE: Yo compré un poster hermoso de Tool por mil pesos. Ya me parecía costoso, pero era una edición limitada de 500 unidades, con gran acabado. Sin embargo, ese mismo afiche, pero con las cuatro firmas de los integrantes, costaba casi 10 veces más. Ahí opera la gentrificación en estado puro. Ahora, regresando a AC/DC. Conozco a alguien que en realidad lo que le gusta es el vallenato y más allá de eso no es muy melómano. Sin embargo, no dejó de ir a AC/DC aunque probablemente solo haya escuchado de refilón “Thunderstruck” y “Back in black” porque “son unas leyendas del rock, tengo que ir”. La próxima vez que asemos carne y tomemos ron va a decirme, con justificado orgullo: “Fui a AC/DC y vi a Angus tocando como los dioses”. Eso es el FOMO, el branding, el checklist cultural de la vida. Ya le puso palomita a ese requerimiento. Independientemente del nivel de admiración, se da un reemplazo simbólico del artista por un impulso aspiracional que termina satisfaciéndose con mero contenido.

MGL: A eso se reduce todo: contenido. Quizá de manera un tanto ingenua, no descarto que estos conciertos geriátricos puedan ser un motor de esperanza. Hay un especial del comediante Marc Maron en Netflix donde relata que fue a ver a los Rolling Stones. Tras varios años de lucha y una severa adicción a la cocaína, Maron es lo que en Estados Unidos denominan un late bloomer: alguien que “floreció” profesionalmente ya pasados los cuarenta. El especial de stand up gira en torno a la crisis de la mediana edad. “¿Cuánto tiempo me queda?”, se pregunta Maron varias veces. Fanático de Jagger y Richards, admite que tuvo sentimientos encontrados frente a la idea de verlos en concierto, pues no quería confirmar que sus héroes eran ya un grupo de ancianos reviviendo glorias añejas. Si bien el concierto no lo entusiasmó a niveles epifánicos, tampoco lo decepcionó. Maron apunta que los Stones distan de ser la banda explosiva de antes –todo está coreografiado, sin sorpresas– pero la responsabilidad simbólica que cargan hoy es mucho mayor. En los setenta, Jagger podía ponerse hasta la madre y caerse en el escenario, a sabiendas que la gente lo celebraría como una provocación dionisiaca, un acto de desenfreno derivado de demasiado sexo, drogas y rock and roll. Hoy, en cambio, una caída sería una tragedia para los asistentes, un producto de la vejez y la decadencia física. Si Jagger se cae, ¿qué nos espera a nosotros? “¡Mick no puede caerse!”, sentencia Maron. La gente debe creer que los Stones están más allá del tiempo. Así lo aten como el Cid, Mick debe mantenerse en pie para que el resto de nosotros pueda continuar en la batalla.

GE: Eddie Vedder –mucho más joven que Jagger, vale aclararlo– ya no se arroja desde lo alto de los andamios como hacía en el Lollapalooza de 1992. En veinte años, quizás tampoco pueda correr durante el solo de “Alive” sin arriesgarse a una caída, como ese tropiezo memorable registrado en el DVD en vivo Immagine in Cornice. Ese peso simbólico existe y nos conduce una pregunta: ¿qué esperamos cuando vamos a ver un acto legendario? La expectativa general, quizás, sea sentirse joven de nuevo, revivir una era que ya se fue y significó mucho para ti. El artista pasa a un segundo plano. En ese contexto, su función primordial es no cagarla: coordinar un karaoke masivo donde todos se sientan bien, sin problemas. No es un trabajo menor, por cierto.

MGL: Esa expectativa debe ser una losa imposible de cargar para el artista que desea continuar creando material que le permita mantenerse vital y vigente, y no resignarse a ser una rocola ambulante de grandes éxitos. Afortunadamente, existen muchas vacas sagradas cuyo trabajo actual sigue siendo interesante. Por lo general, se trata de figuras que buscan hablar de temas relevantes con lo que en ese momento está sucediendo con sus vidas. Las producciones más recientes de Nick Cave, Suede y Gorillaz forman parte del mejor pop que he escuchado en estos años. Y eso se nota durante sus presentaciones en vivo. Distan mucho de sentirse rutinarias o predecibles.

GE: Muchas vacas sagradas terminan siendo esclavos de su legado, forzados a pretender que siguen siendo el mismo personaje que fueron hace varias décadas.

MGL: Son como un personaje de Chespirito. El octogenario Carlos Villagrán, el actor que interpretaba a Quico en El Chavo, continúa presentándose en circos con las mismas rutinas que hacía treinta o cuarenta años antes. Lo mismo la Chilindrina. Fui al concierto de Oasis y me la pasé bomba, pero en el fondo, pensé, son botargas, como los personajes de Chespirito. Quico se disfraza de overol azul y gorrito de marinero, los de Oasis de parkas y sombreros de pescador. La audiencia, feliz de regresar al pasado, realiza su propio cosplaying masivo y hasta hace el Poznán en “Cigarrettes and alcohol”.

GE: Como lo hacen los niños en un show infantil- Por cierto, Quico aspiraba a ser estrella pop. ¡Recordemos su versión de “El diablito loco”!

MGL: Por eso los fans de AC/DC se disfrazan de colegiales. Todo es un juego. Ahora, Noel Gallagher intentó ser otro, emanciparse, pero las deudas y el divorcio lo obligaron a ponerse de nuevo el disfraz. Seguro disfrutó la atención y los aplausos, pero el regreso triunfal de Oasis certifica la mediocridad de su carrera en solitario. ¿A alguien le importan los discos solistas de los Gallagher? Obvio que no. Cuando decides ir a un concierto para revivir algo que pasó veinte años atrás, solo vas a ver fantasmas. El artista se convierte en un espectro de sí mismo. El motivo que convoca, repito, es la gentrificación de la nostalgia: esa intersección entre el estatus, celebrar histéricamente el pasado y echar desmadre. Bajo esa dinámica, la decadencia física del artista puede tornarse incluso en un problema. Si vas a ver un espectro, ¿no sería mejor reverenciar a un holograma que capturara al ídolo en su momento más hermoso, eterno, por siempre joven?

De ahí el éxito de la gira Ecos, de Soda Stereo, con el holograma de Cerati como protagonista central. Cuando anunciaron la gira, recordé la secuencia de Blade Runner 2049 donde Deckard (Harrison Ford) se encuentra con el clon de Rachael, la replicante de la que se enamora en la primera parte. Tras dudar en abrazarla y abandonarse a la mentira, Deckard la rechaza. “Sus ojos son de diferente color”, dice. Acto seguido, el clon es fulminado de un balazo. Bueno, la gente que está yendo a la gira de Soda Stereo no parece estar rechazando el holograma; por el contrario, asumen el concierto como la vista a un mausoleo feliz. Muchos lloran emocionados cuando aparece el holograma. Puedes pensar lo que quieras de la honorabilidad del grupo, pero en términos económicos, la gira es un triunfo.

GE: Algo similar sucede con ABBA Voyage, el show con hologramas de la banda sueca que actualmente se presenta en Londres. La gente sale extasiada después de cantar “Fernando” y “Dancing queen” con las versiones digitales jóvenes de sus ídolos. En meses próximos se vienen espectáculos con varios hologramas de última generación, incluido uno con Amy Winehouse. El más interesante, a mi juicio, es el de Kiss forever, un espectáculo inmersivo a estrenarse en Las Vegas en 2028, que presentará a los avatares del grupo como criaturas fantásticas que tiran fuego, cambian de forma y vuelan sobre la audiencia. De entrada, suena más divertido que ir a un simple concierto. Hay toda una línea temporal que antecede esto. El punto de partida es, como siempre, alguien tratando de vender algo que ya no existe. Michael Hutchence, el carismático líder de INXS, se suicidó en 1997. Después de varios intentos infructuosos por reclutar un nuevo vocalista, Mark Burnett, el productor de The Apprentice, le propuso a la banda realizar un reality show para encontrar el reemplazo de Hutchence. El programa resultante, Rock star: INXS, logró convocar a más de 50 mil aspirantes. El ganador fue un tal JD Fortune, un canadiense desconocido que vivía en un coche con su perro. Todo muy de cuento de hadas. Grabaron un disco llamado Switch, salieron de gira dos años y medio, y en 2011, Fortune se enteró de que lo habían corrido a través de la página web de la banda. INXS se disolvió al año siguiente, en 2012. Misión cumplida: la banda logró capitalizar por casi 15 años más la marca que muchos creíamos había terminado con la muerte de Hutchence.

MGL: Un acto mercenario, pero un triunfo de branding.

GE: De ese mismo ecosistema de realities salió Adam Lambert. Tras verlo en American Idol, Brian May y Roger Taylor, guitarrista y baterista de Queen, lo reclutaron para salir de gira. Desde 2012, Lambert se presenta con ellos. El proyecto se llama Queen + Adam Lambert. Una manera elegante de reconocer que Mercury es irremplazable, si bien el objetivo es similar al que perseguía INXS: preservar y capitalizar la marca lo más que se pueda.

MGL: Gracias a la tecnología, el branding ahora alcanza tintes necrológicos.

GE: Sí, la era de los realities fue el primer intento sistemático de la industria por resolver uno de los problemas más viejos del negocio: cómo mantener viva una marca cuando el ser humano que la creó ya no está. La respuesta en ese entonces fue buscar a otro ser humano. Las cosas cambiaron en 2012, cuando ante 80 mil personas Tupac Shakur regresó de entre los muertos gritando “What the fuck is up, Coachella!“. Irónicamente, esa imagen de Tupac en Coachella era una variación del Pepper’s ghost, un truco óptico que data del siglo XIX y crea la ilusión de un fantasma traslúcido en el escenario sin que haya nada realmente ahí. Un cristal inclinado a 45° entre el público y el escenario refleja la imagen de un actor oculto en un foso, mientras transmite simultáneamente la vista del escenario real. El cerebro fusiona ambas imágenes y el actor del foso aparece como un fantasma traslúcido sobre el escenario. En su versión moderna se usa Mylar en lugar de vidrio, y un proyector con CGI en lugar de un actor real.

MGL: Al principio pensé que esta tendencia de los hologramas iba a sufrir un destino similar al de la 3D: una vez pasada la euforia inicial, la gente se iba a cansar de ellos. No en vano, BASE, la empresa que produjo varios conciertos con hologramas, está hoy casi quebrada. La sofisticación de metaversos virtuales como Fortnite jugó un papel fundamental en redimensionar esta clase de experiencias. No solo se trata de revivir al artista en sí, sino de crear un universo, toda una inmersión que te lleve a ese pasado, tal y como lo hizo Fortnite con el set de Daft Punk inspirado por el Alive 2007 el año pasado. Si logras crear un ambiente total que consiga darle un contexto de realidad alterna a la nostalgia, la potencia de la experiencia va a ser demoledora. Esa intención explica el surgimiento de recintos como The Sphere, en Las Vegas. El artista es el pretexto de la experiencia.

GE: Los Backstreet Boys llevan casi un año haciendo una residencia en The Sphere con el show Into the millennium. La gente no está ahí para ver a un puñado de hombres de mediana edad, sino para experimentar una versión idealizada de su adolescencia en el contenedor tecnológico más espectacular que existe. El público llena el recinto vestido de blanco, en referencia a la portada icónica del álbum. Uno de los momentos memorables del show sucede cuando recrean el video de “Get down”, un clásico noventero en el que el grupo baila dentro de algo que se parece al interior de un rallador de queso. La experiencia rebasa al artista, cuya función se reduce a ser un mero pretexto para desplegar un mundo virtual que te coloca como protagonista de lo que veías hace tres décadas en MTV.

MGL: Estas experiencias van más allá de la añoranza que sientes al recordar experiencias del pasado que percibes como mejores, más felices o simplemente irrecuperables. Ofrecen algo infinitamente más potente: la posibilidad de habitar la versión perfecta de un momento que ya no existe, o más aún, uno que en realidad nunca existió.

GE: Por seductora que pueda parecer esa virtualidad, creo que muchos van a seguir prefiriendo ver a sus viejos ídolos en directo, así salgan en pañales y tengan que respirar oxígeno entre canción y canción.

MGL: Tengo mis dudas. Aunque de algo estoy seguro: si hoy tengo que escoger entre ZZ Top y el holograma de Gustavo, mil veces las barbas de Billy Gibbons. ~


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