El año de transición para el NYFF

Desde Her hasta The Secret Life of Walter Mitty, lo mejor y lo peor de la última edición del New York Film Festival. 
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En los últimos años el Festival de cine de Nueva York (NYFF por sus siglas en inglés) de la Film Society del Lincoln Center venía teniendo cambios graduales, tanto de personal como en los criterios de programación. Este año, la edición número 51 de la principal fiesta fílmica de la ciudad (una urbe en la que parecería que hay un festival de cine nuevo y exótico para cada pretexto y cada semana) marca una ruptura con los festivales del pasado y eso se debe sin lugar a dudas a que después de 25 años, el director de esta legendaria institución, Richard Peña, decidió retirarse. Peña es tan sólo el segundo director del NYFF y vino a tomar las riendas después de que Richard Roud lo dirigió durante 25 años. Pero a diferencia de su predecesor Peña también dirigía la programación de la Film Society durante todo el año. Ahí se concentró en presentar y familiarizar al público neoyorquino con cinematografías extranjeras que, paradójicamente en una ciudad tan cosmopolita como esta, no eran muy conocidas. Peña tenía claro que su función debía ser en parte educativa y en gran medida debía extender las fronteras del entendimiento del cine.

La más reciente edición del NYFF ofreció una visión más amplia y diversa de la cinematografía contemporánea que la presentada en años anteriores. Se ha conservado el programa principal como una selección de filmes triunfadores en los principales festivales competitivos de Europa. Sumado a esto se exhiben unos cuantos filmes hollywoodenses de calidad y una que otra cinta extraña, como es este año el caso de Real, un filme de ciencia ficción y fantasía que es sin duda lo más flojo de Kiyoshi Kurosawa. Pero se han añadido otros programas “laterales” como: Artistas emergentes, Retratos en movimiento, Como funciona la democracia ahora, así como una serie de tributos y Revivals, entre los que destaca una muestra de la obra completa de Jean-Luc Godard. El nuevo director de programación del festival, Kent Jones, ha mantenido en cierta forma la vieja estructura pero se adivina su intención de reinventar el festival tras su medio centenario al abrirse más al documental y a las jóvenes promesas (que usualmente tenían su propio festival) y a ser un foro con más tiempo dedicado a preestrenos de cintas comerciales prometedoras. Esto tiene que ver con la urgencia de replantear la idea de un festival en los tiempos del streaming y refleja una cierta incertidumbre ante lo que está sucediendo en el cine mundial y la presunta muerte de la cinefilia, presagiada desde 1996 por Susan Sontag.

Muy significativamente las tres cintas protagónicas del festival eran estadounidenses. La clausura tocó a Her, de Spike Jonze, la cinta romántica con toques de ciencia ficción que recorre con ingenio viejos lugares comunes de la era digital. La “pieza central” del NYFF fue The Secret Life of Walter Mitty, el intento de Ben Stiller de convertirse en cineasta serio mediante una fábula emotiva que trata de hacer pasar sentimentalismo manipulador por una auténtica propuesta fílmica. La inauguración estuvo a cargo del thriller Capitán Phillips, de Paul Greengrass, el thriller basado en el caso real del secuestro del personaje del título por cuatro piratas somalíes en 2009. La cinta es motivo de intensa polémica entre quienes la ven como una celebración del poder estadounidense y aquellos que consideramos que es una obra repleta de matices y un sobrio análisis de las ambigüedades políticas y estratégicas de nuestra era. Ni el capitalismo global ni la piratería son fenómenos recientes sin embargo el conflicto asimétrico entre tres buques de guerra estadounidenses y los voluntariosos piratas resulta una apropiada metáfora del nuevo orden mundial. El de Greengrass es un filme intenso y sorprendente (a pesar de tener un desenlace bien conocido) que revuelca las convenciones genéricas, evita la condescendencia y el sentimiento de culpa liberal para presentar un nuevo mapa ideológico del mundo.

All is Lost,de J.C, Chandor es una cinta estadounidense que se presenta como una obra de bajo presupuesto pero cuenta con una súper estrella: Robert Redford, quien es el único actor del filme y prácticamente no dice palabra alguna. Aquí tenemos el angustiante tormento de un marino que desde la primera escena del filme pierde su equipo electrónico de navegación y va quedando a la deriva a medida en que los elementos naturales van reduciendo sus posibilidades de sobrevivir. La cinta es un extraordinario estudio de un personaje y opera como una sensacional metáfora de nuestra dependencia tecnológica en un mundo hostil. Los hermanos Coen recrean de manera fabulosa al Nueva York de inicios de los años 60 en Inside Llewyn Davis, para contar con gran ironía la agónica e hilarante historia de un cantante de música folk que vive la implosión de su género. Otro de los autores favoritos del circuito de los festivales, Jim Jarmusch, estrena Only Lovers Left Alive, un filme de vampiros que trata de rescatar el género al convertirlos en símbolo de refinamiento, inteligencia y “cool”. La simple presencia de Tilda Swinton hace que cada fotograma sea fascinante, misterioso, bello y sexy. El filme trata de ser muchas cosas pero principalmente es una exploración de la fantasía de una historia de amor interminable. La propuesta es asombrosa lamentablemente el filme termina siendo demasiado complaciente con su propia imagen.

Dos grandes veteranas provocadoras del cine francés presentan sus nuevos filmes: Abus de faiblesse, de Catherine Breillat, una impactante cinta confesional en la que la directora parte de contar el infarto cerebral que sufrió en 2004 y la posterior relación destructiva y extraña que estableció con un vividor al que quiso convertir en actor y casi la llevó a la ruina. De la brillante Claire Denis se estrena Les salauds, una perturbadora visión de una venganza inspirada en escándalos sexuales y de pedofilia en Europa. De otra realizadora con gran trayectoria, la polaca Agnieska Holland, ha sido incluida la miniserie La zarza ardiente, una obra fantástica acerca de la confrontación legal de una abogada que decide enfrentarse al estado para defender a la familia de un joven que se inmola en protesta por la invasión soviética de Checoslovaquia. En una vena política similar y también inspirado en un caso real está el filme palestino Omar, de Hany Abu-Assad, en donde se muestra el dilema y la desesperanza de un joven palestino que es obligado por los servicios de inteligencia israelí a servir como informante. Abu Assad, quien también dirigió la exitosa Paraíso ahora (2005), tiene el mérito de no jugar con maniqueísmos y de presentar un realismo cruel y claustrofóbico, el único que lamentablemente puede representar acertadamente este conflicto.

Pasado el medio siglo de existencia el NYFF tiene que decidir qué es lo que quiere ser. Este año se anuncian nuevos compromisos y concesiones. Veremos si son suficientes para sobrevivir en el tiempo de y de Netflix y del síndrome de déficit de atención cultural.