Hablemos del tiempo… gramatical, sus límites imprecisos y el Principio de Relevancia

El tiempo gramatical, sobre todo en lo que se refiere a los límites, puede generar ambigüedad, fuente de humor, que se resuelve con el principio de relevancia.
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Después de atender durante años a las clases de lengua, todos creemos entender satisfactoriamente bien cómo funciona el tiempo gramatical. En español, por ejemplo, imagino que estamos de acuerdo en que todo se organiza en torno al momento de habla del emisor: si coincide en el tiempo es presente, si es anterior es pasado y si es posterior es futuro. Parece sencillo y no esperaríamos malentendidos al respecto. Y, sin embargo, los hay. De hecho, cuando uno tiene que explicar a un estudiante de lenguas cómo usar los morfemas de tiempo, el asunto comienza a adquirir ante nuestros ojos una textura mucho más compleja. 

Hay muchas cosas que decir acerca del uso del tiempo gramatical y volveremos a este asunto en el futuro, pero hoy nos centraremos en el incómodo problema de establecer los límites. Por ejemplo, en el presente, ¿hasta cuándo se considera que estamos en el mismo momento y cuándo debemos empezar a pensar que es anterior o posterior? Pues no está del todo claro. En ocasiones usamos el presente para hablar de lo que ocurre ahora, pero otras veces lo usamos para dar cuenta de un futuro tan inmediato que podría comenzar ya. La confusión está servida:

Lo mismo podemos decir con el pretérito perfecto. Los dialectólogos señalan, con razón, que en nuestro uso peninsular este tiempo presenta acciones que han terminado recientemente. Lo que no aclaran estos expertos es el momento en el que tiene que haber comenzado. El asunto no está claro:

Las mismas dudas nos provoca la perífrasis de futuro inmediato. ¿Cuán inmediato es ese futuro? A veces depende, simplemente, de la sed que tengamos:

La imprecisión es mayor, además, en el sentido de que no hemos fijado cuán presente tiene que ser el presente 

o cuán pasado tiene que ser el pasado:

Esta ausencia de límites claros es una constante en el uso del lenguaje, pues de algún modo hace más eficientes los recursos con los que contamos. ¿Imagináis que tuviéramos que tener morfemas gramaticales distintos para cada uno de los malentendidos que os he mostrado en los ejemplos? Teniendo en cuenta que no he señalado más que unos pocos casos de los trillones de posibilidades de confusión que existen, la idea de marcar todo de forma gramatical se vuelve poco realista. Y, claro está, ahora ya no solo hablo del tiempo gramatical, sino de todos y cada uno de los componentes del lenguaje. Y es que son vagos tanto los límites del significado de las palabras, como los de las categorías gramaticales.

La vaguedad añade eficiencia al sistema, de acuerdo. Pero ¿cómo es que los humanos, a pesar de todo, nos seguimos entendiendo? ¿Cuál es el mecanismo por el que solemos coincidir en la interpretación de los enunciados, sin ni siquiera ser conscientes de que son ambiguos?

La respuesta a esta interesante pregunta la dieron Deirdre Sperber y Dan Wilson en la década de los ochenta, con la propuesta del Principio de Relevancia. Según estos autores, son tantos los estímulos a los que debe atender nuestro cerebro que, sin un mecanismo biológico que nos ayudara a focalizar la atención no podríamos haber sobrevivido. El denominado Principio de Relevancia es el mecanismo que consigue que nuestra atención se centre en aquello que resulta más relevante en el contexto de enunciación. Así, aplicado a la ambigüedad de los enunciados, nuestro cerebro tiende a obviar todas las posibilidades lógicas que le brinda el sistema y se centra única y exclusivamente en aquella que es más adecuada a la situación. 

Volviendo al asunto que hoy nos ocupa, el de los límites de los tiempos gramaticales, el éxito de la comunicación depende, por tanto, de que ambos interlocutores, emisor y receptor, consideren relevantes los mismos datos. En los ejemplos que hemos ido presentando, el efecto humorístico se basaba, precisamente, en que uno de los dos interlocutores se comportaba de modo inusual.

Nuestro cerebro es fabuloso y es capaz de interactuar con el medio del modo más efectivo, incluso ante la vaguedad del lenguaje, siempre que nuestros interlocutores compartan con nosotros la misma visión del mundo. Claro, que, en ocasiones, podemos preferir hacernos los despistados. Que no todo va a ser comunicarnos bien:


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