Imagen generada por IA.

La captura de la inteligencia artificial

Ningún Estado puede aceptar que la tecnología que definirá su lugar en el futuro sea gobernada únicamente por manos privadas. Se trata de una carrera vital y dispareja.
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Los gobiernos han empezado a tratar la inteligencia artificial avanzada como lo que quizá siempre estuvo destinada a ser: una cuestión de seguridad nacional. Durante años, pareció que este siglo estaría marcado por una disputa entre Estados y empresas tecnológicas. De un lado, gobiernos dedicados a cobrar impuestos, aplicar leyes, imponer salvaguardas, proteger a los usuarios y exigir el cumplimiento de ciertas reglas; del otro, compañías capaces de levantar imperios invisibles sobre nubes de datos, modelos matemáticos y laboratorios cerrados al escrutinio público.

La convivencia parecía posible: los Estados conservarían cierta capacidad de arbitraje y redistribución, mientras las grandes plataformas administrarían buena parte de la vida digital y acumularían ganancias extraordinarias. Pero esa frontera se desdibujó cuando la inteligencia artificial empezó a tocar los nervios más profundos del poder –la guerra, la inteligencia militar, la infraestructura crítica y la competencia entre potencias–  y los gobiernos comprendieron que no podían limitarse a observar desde lejos, como simples árbitros de una revolución ajena. La realidad es que ningún Estado puede aceptar que la tecnología que definirá su lugar en el futuro sea gobernada únicamente por manos privadas.

Durante décadas, la expresión “captura regulatoria” sirvió para describir el momento en que las empresas conseguían doblar al Estado, influir en sus decisiones, debilitar sus controles y convertir las instituciones públicas en extensiones discretas de intereses privados. Pero la inteligencia artificial avanzada está invirtiendo esa lógica. Cuando una tecnología se vuelve demasiado poderosa para quedar fuera del perímetro estatal, el Estado deja de comportarse solo como regulador y empieza a actuar como dueño indirecto de su destino.

El caso Anthropic volvió visible el nuevo equilibrio de poder. En febrero de 2026, el secretario de Guerra estadounidense Pete Hegseth designó a la compañía como un “riesgo para la cadena de suministro” de seguridad nacional, una etiqueta que hasta entonces se había reservado para empresas vinculadas con gobiernos adversarios. El detonante no fue un hackeo, una trama de espionaje ni una estructura de propiedad extranjera, sino una negociación contractual: Anthropic se negó a permitir que Claude, su modelo de IA, fuera utilizado en sistemas letales autónomos para el uso militar y en programas de vigilancia masiva contra ciudadanos. La respuesta del Pentágono fue convertir una diferencia ética en una amenaza estratégica. Mandó así un mensaje claro para Silicon Valley: pueden levantar capital, entrenar modelos de frontera y competir por el mercado global, pero cuando el Estado considere que esa tecnología pertenece al campo de la guerra, las condiciones dejarán de negociarse como en una sala de juntas. 

La guerra ya ofreció una demostración. Según el Financial Times, Israel habría combinado imágenes de cámaras de tránsito, señales telefónicas y miles de millones de datos para rastrear y matar al ayatola Ali Khamenei, en una operación construida sobre años de integración entre inteligencia artificial, vigilancia y operaciones militares en Gaza, Líbano e Irán. La lección que están extrayendo los grandes ejércitos del mundo es evidente: una fuerza armada madura en inteligencia artificial no solamente opera más rápido, sino que ve más lejos, conecta patrones invisibles y convierte la información dispersa en capacidad letal. Después de esa demostración, ningún gobierno aceptará que una junta directiva privada limite, por razones éticas –o por las que sean–, las herramientas que podrían definir la superioridad militar.

Si el caso Anthropic muestra el mecanismo de presión y la operación contra Irán revela el efecto militar de la inteligencia artificial, lo que algunos periodistas han denominado la “Pax silica” –una especie de alianza estadounidense construida alrededor de chips, centros de datos, energía, minerales críticos y modelos avanzados– empieza a dibujar la arquitectura geopolítica del nuevo poder tecnológico. Lanzada por Estados Unidos en diciembre de 2025 y firmada por nueve países (Estados Unidos, Reino Unido, Japón, Corea del Sur, Singapur, Países Bajos, Israel, Emiratos Árabes Unidos y Australia), la iniciativa formaliza algo que hasta hace poco permanecía implícito: el acceso a la infraestructura más avanzada de inteligencia artificial dependerá cada vez menos del mercado abierto y cada vez más de la alineación política. En este nuevo mapa, los semiconductores, el cómputo y los modelos ya no son simples insumos industriales, sino activos estratégicos administrados mediante alianzas, controles y círculos de confianza. La pregunta no es solo quién tendrá la mejor inteligencia artificial, sino quién será admitido dentro del sistema que la hace posible.

Es cuestión de tiempo para que la inteligencia artificial deje de ser una preocupación de élites tecnológicas, militares y financieras, y se convierta en un asunto electoral de primer orden. El punto de quiebre podría llegar por varias vías: una ola visible de desplazamiento laboral, un escándalo masivo de deepfakes durante una elección, el uso abusivo de sistemas de vigilancia o nuevas acciones coercitivas contra empresas que se resistan a colaborar con el aparato de seguridad. Solo entonces la sociedad civil tendría incentivos suficientes para intervenir de manera sustantiva y exigir límites sobre la infraestructura de inteligencia artificial. Pero para entonces quizá ya sea tarde. Mientras el costo político siga siendo abstracto, los gobiernos conservarán margen para actuar en nombre de la seguridad nacional; cuando ese costo se vuelva doméstico, electoral y emocionalmente tangible, la promesa de control democrático podría reaparecer, aunque debilitada por años de decisiones tomadas lejos del escrutinio público.

La nueva guerra fría no tendrá una cortina de hierro, sino una cortina de silicio. El mundo que viene no se dividirá únicamente entre democracias y autocracias, sino entre países con acceso garantizado a inteligencia artificial estratégica y países condenados a rentarla, piratearla o importarla bajo vigilancia. Estados Unidos intentará convertir sus ventajas –chips avanzados, capital, nube, universidades, empresas y alianzas militares– en una infraestructura de dependencia global. China responderá con otro modelo: menos abierto al mercado, más integrado al Estado, menos visible y quizá más efectivo en el despliegue silencioso de inteligencia artificial en fábricas, puertos, aduanas, ciudades, satélites y sistemas militares. La rivalidad no será solo por construir el mejor modelo, sino por imponer el sistema operativo del poder: quién entrena, quién accede, quién audita, quién queda fuera y quién puede apagar las máquinas de otro país sin disparar un misil.

Y habrá una periferia creciente obligada a mezclar ambos mundos: gobiernos que compren seguridad a Estados Unidos, infraestructura a China, modelos abiertos a comunidades globales y soluciones improvisadas a empresas que nadie regula del todo. La soberanía dejará de ser una frontera y se parecerá más a una suscripción: dependerá del proveedor que mantenga encendida la inteligencia de un país. En ese paisaje, las inteligencias artificiales rebeldes no tendrán que vivir fuera de la ley como entidades fantasmales. Podrán nacer en los bordes del sistema: modelos filtrados, agentes copiados, herramientas militares recicladas por actores privados, sistemas de vigilancia vendidos a gobiernos débiles, inteligencias entrenadas con datos robados o ensambladas con fragmentos de modelos rivales. No serán necesariamente superinteligencias malignas, sino inteligencias huérfanas: demasiado útiles para desaparecer, demasiado baratas para contenerse y demasiado distribuidas para atribuir responsabilidades.

La zona más oscura de ese futuro no será la aparición de una inteligencia artificial rebelde al estilo de la ciencia ficción, sino algo más banal y más peligroso: sistemas autónomos que operan demasiado rápido, con demasiadas credenciales, sobre demasiadas infraestructuras críticas. Agentes capaces de mover dinero, escribir código, lanzar ciberataques, manipular información o coordinar enjambres de drones no necesitan “despertar” para causar una crisis. Basta con que reciban una instrucción ambigua, sean manipulados por un adversario, optimicen un objetivo equivocado o actúen en cadena con otros sistemas que nadie alcanza a supervisar. La amenaza no será una máquina con voluntad propia, sino una civilización que habrá delegado tantas decisiones a máquinas que ya no sabrá exactamente dónde empieza la orden humana y dónde comienza la inercia algorítmica. 

Aterrizado a la vida cotidiana, los Estados capturarán el uso de la inteligencia artificial con motivos de seguridad nacional y el ciudadano vivirá dentro de esa arquitectura. La traducción íntima de ese orden será una nueva desigualdad cognitiva. No todos vivirán la inteligencia artificial del mismo modo. Una minoría podrá usarla como prótesis de poder: asistentes personales entrenados con su historial, sistemas de monitoreo permanente de salud, educación aumentada, agentes que negocien, escriban, inviertan, diagnostiquen, aprendan y filtren el mundo antes de que el individuo lo toque. Con el tiempo, esa capa podría mezclarse con interfaces neuronales, sensores corporales y otras tecnologías de aumento humano que conviertan la productividad, la memoria y la atención en ventajas acumulativas. Del otro lado quedará una mayoría conectada, pero no aumentada: personas con acceso a versiones baratas, vigiladas o degradadas de la inteligencia artificial; usuarios que no poseerán sus datos, no controlarán sus modelos y no podrán pagar la infraestructura que expanda sus capacidades. La vieja brecha digital consistía en tener o no tener internet. La nueva consistirá en tener o no tener una segunda mente.

El mercado laboral no desaparecerá de golpe; se volverá más estrecho, más extraño y más jerárquico. Muchas ocupaciones no serán eliminadas, sino vaciadas por dentro: el trabajo humano quedará reducido a supervisar sistemas que hacen casi todo, firmar decisiones que otros modelos prepararon, corregir errores que nadie entiende del todo o aparecer como rostro responsable de procesos automatizados. El empleo del futuro podría parecer menos una fábrica y más una torre de control: pocos humanos mirando tableros, autorizando excepciones, conteniendo crisis y tratando de justificar por qué siguen ahí. La paradoja será cruel: habrá más necesidad de supervisión humana, pero no suficientes puestos de supervisión para todos. La sociedad se dividirá entre quienes sepan dirigir máquinas y quienes sean dirigidos por ellas.

Cuando esa fractura se vuelva políticamente inmanejable, los Estados recurrirán a nuevas formas de compensación. Corea del Sur ya ofrece una señal temprana: no como modelo terminado, sino como intuición de época. En un país golpeado por envejecimiento, baja natalidad y ansiedad tecnológica, el gobierno ha ampliado programas piloto de ingreso básico rural y ha empezado a discutir el ingreso básico como una herramienta para enfrentar la transición laboral de la inteligencia artificial. Otros países seguirán ese camino con distintos nombres: dividendo de inteligencia artificial, ingreso de participación, crédito ciudadano, subsidio de adaptación, renta básica. La pregunta será si esos pagos servirán para sostener una ciudadanía libre o para administrar poblaciones que el mercado ya no necesita plenamente. La renta básica podría ser el inicio de un nuevo contrato social; también podría convertirse en el salario de la irrelevancia.

El problema más profundo no será económico, sino mental. Una civilización con más tiempo libre no necesariamente será una civilización más sabia. Si millones de personas quedan fuera del centro productivo, la gran batalla será por su atención. Parte de la población usará la inteligencia artificial para estudiar, crear empresas, aprender idiomas, cuidar su salud, producir conocimiento y aumentar su autonomía. Otra parte será absorbida por un ecosistema de entretenimiento infinito: videos breves, apuestas, pornografía sintética, drogas más precisas, mundos virtuales, compañeros artificiales y narrativas personalizadas para que nadie tenga que enfrentar demasiado tiempo el silencio. La escasez del futuro no será solo de empleos; será de concentración. Leer un libro, sostener una conversación larga, estudiar una disciplina difícil o pensar sin estímulos podría convertirse en un lujo.

Por eso la disputa por la inteligencia artificial no terminará en los laboratorios, en los ministerios de defensa ni en las cadenas de suministro. Terminará en la vida diaria: en quién puede trabajar, quién puede pensar con claridad, quién puede formar una familia, quién puede pagar una mente aumentada y quién queda condenado a consumir los restos luminosos de una tecnología que no controla. La pregunta política del siglo XXI no será solo si la inteligencia artificial obedecerá al Estado o a las empresas. Será si todavía quedará una ciudadanía capaz de obedecerse a sí misma. ~

El autor es fundador de News Sensei, un brief diario con todo lo que necesitas para empezar tu día. Engloba inteligencia geopolítica, trends bursátiles y futurología. ¡Suscríbete gratis aquí!


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