La voz interior: una herramienta para funcionar mejor

Algunas personas carecen por completo de discurso íntimo. Los psicólogos llaman a este fenómeno Anendofasia. En el otro extremo están los que no pueden crear imágenes en su mente, un fenómeno que se denomina Afantasia.
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Diciembre ha llegado y con él esa necesidad de parar un poco, hacer balance y crear listas de buenos propósitos para el año próximo. Es un ejercicio muy sano, que nos permite reconocer errores y aciertos, saber dónde estamos y hacia dónde queremos caminar. Para conseguirlo, nuestro cerebro pone en marcha una serie de funciones ejecutivas (atención, planificación, fijación de metas…) en las que el lenguaje tiene mucho que aportar. Porque, sí, a pesar de que son muchos los que insisten, machaconamente, en la función comunicativa del lenguaje, la verdad es que, para comunicar, antes hay que tener algo que decir y en ese paso anterior, íntimo, reflexivo, el lenguaje es una herramienta fantástica. El objetivo de estas líneas es que consideremos cada uno de nosotros en qué medida el lenguaje nos ayuda a realizar todas estas tareas y cómo, gracias a él, somos más efectivos. 

Es importante, decía, que pensemos cada uno en nuestra relación personal con la voz interior, porque existen enormes diferencias individuales. De hecho, algunas personas carecen por completo de discurso íntimo. Los psicólogos llaman a este fenómeno Anendofasia. Los que la presentan no carecen de pensamientos, pero los desarrollan de maneras alternativas, sobre todo a través de imágenes. En el otro extremo estamos los que no podemos crear imágenes en nuestra mente. En este caso, el fenómeno se denomina Afantasia y tiene como consecuencia un protagonismo absoluto de los pensamientos lingüísticos. Entre esos dos términos técnicos andáis todos los demás, con mayor o menor preponderancia del lenguaje sobre otras formas de pensamiento.

Las funciones ejecutivas, en meses como el que estamos, realizan un monitoreo que podríamos llamar a largo plazo. Reflexionamos sobre nuestras metas personales y sobre si nuestra forma de actuar nos acerca o nos aleja de ellas; fijamos un objetivo, a poder ser realista, para el próximo año y planificamos las tareas intermedias que nos llevarán allí. Razonamos, jerarquizamos, tomamos decisiones y organizamos. El lenguaje humano, por su propia naturaleza discreta, jerárquica, recursiva, es una herramienta maravillosa para ello. Y así estamos, realizando esa conversación interior con nosotros mismos. Sea en forma de monólogo o de verdadero diálogo (algunos, incluso, escuchan distintas voces), la reflexión lingüística nos permite ser más eficientes. Sobre todo, si somos capaces de externalizarla y, provistos de lápiz y papel o (más habitualmente en nuestros días) de soporte informático, podemos poner negro sobre blanco todos esos pensamientos.

Sin embargo, esta no es la única forma en la que el lenguaje colabora con las funciones ejecutivas. Más importante resulta (por lo frecuente) su papel en las tareas cotidianas. Y es que, en el día a día, a muchos de nosotros nuestra voz interior nos ayuda a comenzar las tareas (En cuanto termine el capítulo me pongo en marcha) o a terminarlas (una más y lo dejo); a inhibir nuestra conducta (Déjalo, Mamen, no respondas, no merece la pena) o a monitorearla (Dos cucharadas, perfecto, ahora remuevo…). Esa vocecita interior, que en algunos de nosotros no calla nunca, nos ayuda a mantener en la memoria de trabajo la información precisa (seisdoscuatro, trescincotres, nuevedoscero) y a manejarnos por el espacio (vale, ahora la primera a la derecha, creo que hay una farmacia, sí, justo, ahí está y ahora sigo recto y la siguiente…). Cuanto más demandante es la tarea, más recurrimos a ella, hasta el punto de que algunos de nosotros llegamos a verbalizar de forma oral ese discurso interno. Como ya os he dicho alguna vez, nuestra mente y nuestro cuerpo forman un todo, por lo que articular los pensamientos y escucharlos nos regula de un modo que el discurso interno no es capaz de hacerlo.

Así que, ya sabes, la próxima vez que observes a tu hijo, tu amiga, tu pareja (o a ti mismo) hablando solos al realizar una tarea, sonríe. Lejos de ser síntoma de locura, es la forma más cuerda de afrontar la vida cuando amenaza con superarnos.


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