Tres piezas cortas que pueden inspirar en la lucha contra el cambio climático

Tres piezas cortas que pueden inspirar en la lucha contra el cambio climático

Cuando imaginamos nuestro futuro climático, es fácil desviarnos hacia la catástrofe. Necesitamos visiones positivas del futuro por las que podamos luchar: este texto reúne algunas.
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Cuando imaginamos nuestro futuro climático, es fácil desviarnos hacia la catástrofe, especialmente en vista de los impactantes ejemplos de caos ambiental de este verano, desde inundaciones y sumideros hasta olas de calor e incendios forestales fuera de control. Sin embargo, aunque las historias sobre cataclismos inminentes pueden ser motivadoras para algunas personas, a otras les producen desánimo. Necesitamos visiones positivas del futuro por las que podamos luchar: historias sobre la humanidad que prospera en comunidades y sociedades más justas y sostenibles.

The Climate Imagination Fellowship, un proyecto del Centro para la Ciencia y la Imaginación de Arizona State University, en asociación con los paladines climáticos de alto nivel de la ONU, TED Countdown y la Fundación ClimateWorks, reúne a escritores de ciencia ficción de todo el mundo para imaginar futuros positivos, pero también para aterrizarlos en complejidades locales, y en conocimientos científicos y tecnológicos reales.

Libia Brenda: “Semilla“, de Iliana Vargas

“Ni esos pueblos ni esas ciudades existen ya. Ahora forman parte del océano, que, a lengüetazos y bocanadas marinas cada vez más terribles, se fue tragando toda esa tierra”.

En un escenario que refleja caos e incertidumbre, una mujer de aspecto extraño y apacible destaca entre el paisaje. La protagonista, temerosa y a la vez atraída por esta figura, se acerca a ella, sin saber que este encuentro (aparentemente) fortuito podría cambiar su vida. En este cuento (escrito en español y traducido al inglés por Michelle Mirabella), Iliana Vargas presenta un mundo que hace mucho fue transformado por la crisis climática, al grado que sus efectos se mezclan con leyendas.

Es interesante ver cómo, en pocos trazos, el texto refleja la vida de la gente común, a la par que la contrasta con aquella otra que se atisba, gracias a la criatura que tanta fascinación le causa a la narradora. Aquí se plantea la existencia de una especie, el hibridarius metaterrae (un nombre compuesto desde el latín), que es muy semejante a la especie humana, pero no es lo mismo. Son criaturas que permanecieron adormecidas en el hielo, hasta que se liberaron por el derretimiento de los polos. Criaturas que no podemos comprender del todo y representan una otredad que, simultáneamente, nos atrae y nos repele.

La literatura especulativa mexicana combina rasgos que provienen de muchas fuentes y casi siempre plantea imaginarios que poco tienen que ver con lo más popular en el mercado internacional, dominado por la narrativa escrita en inglés. En este cuento, por ejemplo, se subraya la diferencia entre lo humano, lo que la especie humana considera “adecuado”, y lo que proviene de la naturaleza, que rara vez nos detenemos a comprender. Sin embargo, no lo hace desde un discurso edificante ni admonitorio, por el contrario, simplemente refleja, a través de las acciones de la protagonista, que esa comprensión puede empezar por la aceptación (que a veces es una revelación) de que también nuestra especie pertenece a esa naturaleza.

¿Qué clase de conversación podemos establecer con los otros seres que habitan este planeta? Y, sobre todo, ¿desde dónde se puede iniciar dicha comunicación? La respuesta, que a veces esquivamos porque parece demasiado obvia, es que lo más importante es observar y escuchar, aceptar y actuar en consecuencia. El final del cuento es muy impactante y revelador, porque nos deja una interrogante que, en este momento de la historia, es más pertinente que nunca.

Hannah Onoguwe: “El comienzo“, de Radha Zutshi Opubor

 “El Comienzo” es un microrrelato de ficción sobre las crecientes mareas que se desarrollan en Lagos, Nigeria. Escrita por una adolescente, cuenta la historia de una niña que solo tiene recuerdos de lo que solía ser su vida. Es una lectura rápida, de ritmo agitado y, a la vez, directa. A medida que te familiarizas más con la narradora, piensas: “Me encantaría conocerla algún día”, pero conforme avanza la historia temes no tener oportunidad de hacerlo. Ella describe un Lagos del futuro que podría convertirse en una realidad si no nos preocupamos por el medio ambiente y el cambio climático. En la historia, dice: “me imagino un mundo donde las aguas no hubieran subido. … me imagino mi vida si tan solo… mi padre hubiera escuchado”.

Estas palabras impactan al lector, porque estamos en una posición en la que no todo está perdido, donde nuestras elecciones de hoy pueden evitar gran parte del desastre inminente. Creo que en el fondo realmente no estar en una posición en la que, al mirar atrás, deseemos haber tomado las decisiones correctas cuando tuvimos la oportunidad. La historia es aun más inquietante porque la narradora es menor de edad y, además de ver las cosas de otra manera, está a merced de sus padres y sus decisiones. Habla del momento en el que se encuentra el mundo hoy, de la necesidad de hacer esto por el bien de la continuidad, por nuestros hijos. He escuchado a gente decir: “Oh, para entonces ya estaré muerto”, y eso es una irresponsabilidad. Un documental de 2015, Nowhere to run: Nigeria’s climate and environmental crisis, ofrece un recordatorio similar: recibimos toda esta belleza, todo este mundo, en custodia, por así decirlo. Es justo que lo cuidemos y lo heredemos a generaciones posteriores a nosotros.

Quedé tan impresionada por la obra como por su autora, tomando en cuenta que a los 16 yo estaba más preocupada por temas como el amor. Radha lo deja al descubierto. Al leerlo, no pensarás de inmediato que sea alarmista, pero tu corazón da (o debería dar) un pequeño latido de pavor ante algunas de las cosas con las que la humanidad tendrá que lidiar si no vencemos nuestra apatía ahora.

Vandana Singh: “Poema para mi hija“, de Kathy Jetnil-Kijiner

La crisis climática es, entre otras cosas, una crisis de imaginación. Aquí es donde la poesía y la ficción pueden ayudar, animando a la gente a hacer preguntas, especular, y actuar. Un ejemplo de esto es el “Poema a mi hija” de la poeta y activista Kathy Jetnil-Kijiner de las Islas Marshall, que inauguró la Cumbre del Clima de la ONU de 2014. En el poema, la hija de Jetnil-Kijinger, su país insular, y la Tierra misma cambian de forma de una a otra, mientras habla de las amenazas a las que se enfrentan. El poema nos ofrece una mirada visceral de los efectos del cambio climático en el cuerpo humano y la Tierra, en la imagen de la laguna apacible que “hará crujir los huesos destrozados de tu isla”. Este es el realismo lúcido de quienes han experimentado los peores aspectos de la civilización industrial moderna: el colonialismo y el cambio climático. Y, sin embargo, aunque las proyecciones declaran que parte de su territorio se inundará antes de mediados de siglo, muchos habitantes de las islas Marshall quieren quedarse y luchar para adaptarse al incremento en el nivel del agua. A los foráneos puede sorprendernos que las personas que están pasando por situaciones complicadas puedan tener la sensación de un futuro positivo. Sin embargo, lo suyo no es la positividad polinesia de la élite privilegiada, no es una desviación, un deslinde del problema, una negación de la horrible realidad de la crisis. La esperanza arduamente ganada del poema proviene de un pueblo que conoce muy bien los costos tanto del exilio como de quedarse. En esa esperanza hay un desafío, un espíritu de resistencia, y una visión de un futuro muy diferente. Considere estas líneas:

manos extendidas
puños levantados
pancartas desplegadas
megáfonos retumbando
y somos
pequeñas canoas bloqueando buques de carbón
somos
el resplandor de las aldeas solares
somos
la abundante y pura tierra del pasado de los campesinos
somos
peticiones que surgen de las yemas de los dedos de los adolescentes
somos
familias en bicicleta, reciclaje, reutilización,
ingenieros soñando, diseñando, construyendo,
artistas pintando, bailando, escribiendo.

Mientras que las élites aseguran financiamiento masivo para tecnologías especulativas de captura de carbono, las comunidades marginadas de todo el mundo se resisten a proyectos de “desarrollo” destructivos, desde iniciativas de combustibles fósiles hasta proyectos de “bajas emisiones de carbono” que destruyen el medio ambiente, como las grandes presas. Los activistas literalmente arriesgan sus vidas para detener estos avances, y tienen éxito más del 25% de las veces, según un estudio. Sin embargo, las comunidades no solo resisten. Tal como lo ejemplifica “Poema a mi hija”, también se encuentran soñando y actuando. Hay miles de experimentos en el mundo real sobre alternativas que apuntan a un futuro bastante diferente que también es posible: uno justo, diverso y verdaderamente sostenible. Este poema es un recordatorio para que prestemos atención a lo que ya está ahí, y lo que puede continuar existiendo, si luchamos por ello.

Este artículo es publicado gracias a una colaboración de Letras Libres con Future Tense, un proyecto de SlateNew America, y Arizona State University.

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