A la orilla del río

El pequeño pueblo norteamericano tal y como es visto en River´s Edge, una de las grandes películas olvidadas de los ochenta. 
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He aquí un ciertísimo lugar común: todo pueblo pequeño es un infierno en gestación. Es verdad, cualquier sociedad de seres humanos, comenzando por la pareja y terminando con el país y acaso con el mundo, tiende a convertirse en el infierno, pero en el pueblo pequeño la inclinación parece concentrarse como un caldo dejado muchos días a fuego lento. Todo el mundo se conoce: guardar un secreto es imposible –o sólo es posible a costa de la conciencia o la tranquilidad de uno. Hay menos puertas de salida, menos distracción, menos quehacer; las horas pasan más lentas: las tardes parecen estirarse para que retrasar la llegada de la noche y hay noches que duran varios días. Sin nada que hacer la mente vaga y con ese vagabundeo vienen pensamientos nocivos –otium, Catulle, tibi molestum est–: celos, aburrimiento, sensación de pequeñez o delirio de grandeza, ideas asesinas. Ansia de sangre o, cuando menos, ansia de romper este círculo de repeticiones al infinito…

El cine gringo vuelve y vuelve al pueblo pequeño y a su cualidad infernal. Algún pueblo suburbano del estado de Connecticut es la cárcel de Cathy y su marido Frank Whitaker –la pareja que debe fingir perfección en la desmoralizante Lejos del cielo de Todd Haynes–: un pueblo que impide o condena la realización de cualquier amor que se salga de sus odiosos cartabones (no el amor wildeano que no se atreve a decir su nombre, no el amor interracial). El sueño de George Bailey, de ¡Qué bello es vivir!, es salir de Bedford Falls: ver el mundo, lo que sea, pero lejos de aquí.El asesino de Psicosis es producto de varias cosas –importantemente, del aislamiento de su hooperiano hotel/casa y su pueblo contiguo, Fairvale, gracias a la creación de las autopistas interestatales (de cuota) durante el gobierno de Eisenhower. South Park aprovecha todas las posibilidades parodiables de crueldad, chisme, prejuicio, necedad, exceso, mentira, que se dan en el pueblo pequeño. Deadwood retrata no sólo la lucha elemental de la tierra sin ley contra la constitución, la corrupción contra la democracia: también, diabólicamente, la germinación del small-town gringo y su colección de pecados que hay que callar. Parte de la obra de David Lynch –Terciopelo azul y Twin Peaks– es un escarbar de la superficie del pueblito encantador para hallar un cadáver agusanado en sus adentros. Parte de la obra de Larry Clark –Bully y, tal vez, Ken Park aunque en ésta el pueblo es más bien ciudad pequeña– ve a los jóvenes del small-town como habitantes de un pozo minúsculo pero sin fondo.

Esos mismos jóvenes y ese mismo pueblo mágico con un cadáver agusanado adentro están en A la orilla del río (River’s edge, 1986) de Tim Hunter.

 

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El secreto compartido en el pueblito es uno de los asuntos centrales de A la orilla del río. A diferencia de La aldea de Shyamalan o El último exorcismo o “Gender bender”, aquel inquietante episodio de la primera temporada de los Expedientes secretos X, el secreto –en este caso, un asesinato o más bien un cuerpo asesinado– no pertenece a todo el pueblo o a su población adulta sino a unos cuantos cuates preparatorianos. Samson, que encueró y estranguló a su amiga Jamie a la orilla del río color café que pasa junto al pueblo; Layne, un tipo como hecho de cables de alta tensión, que está decidido a salvarle el pellejo a Samson; Matt y Clarissa, sorprendidos por su propia indiferencia ante el cuerpo asesinado de su compañera; un par de compañeros más y, abajo, Tim, el insoportable hermano menor de Matt, que aprovecha el crimen para tratar de ascender el tedioso escalafón de las relaciones sociales. (Tim tiene 12 años; Matt como 17.)

Tedioso sería aquí la palabra clave. Todo en este pueblo está sumergido en un tedio vital que no cede: en una nada áurea mediocridad. Los adultos, por puro fastidio, fuman mota o bailan con muñecas inflables o se madrean o madrean a sus hijos. Los niños, por ese mismo fastidio, matan animalejos con un rifle de diábolos, ahogan muñecas en el río, fuman mota hasta la idiotez, usan chacos para amenazar o golpear. Y los adolescentes le pican el costado a una muerta, fuman mota o chupan chelas hasta la idiotez o la obliteración de la memoria, se hacen, como Layne (el extraordinario actor Crispin Glover, presente en otras small-town movies como Volver al futuro, Salvaje de corazón o Twister), de una misión semicriminal o, como Samson, matan por matar, porque sí, porque qué importa.

A veces el pueblo pequeño tiene salida. Dice Lou Reed –con John Cale– en “Small Town”, rola del tributo a Andy Warhol Songs for Drella:

 

There is only one good thing about small town

there is only one good use for a small town

there is only one good thing about small town

you hate it and you know you have to leave.

El lastre del pueblo pequeño, para la mente creativa, es también su impulso: lo odias y sabes que tienes que largarte. Andrew Warhola logró salir de su pueblo –“There’s no Michelangelo coming from Pittsburgh!”– y en Nueva York se llamó Andy Warhol: mucho más que 15 minutos de fama prometida.

Pero los chicos de A la orilla del río no son mentes creativas sino todo lo contrario: su imaginación es limitada, su inteligencia se reduce a las operaciones más elementales, sus deseos a la satisfacción más inmediata. Sólo Matt y Clarissa alcanzan a ver por un instante dentro de sí y a inquirirse ¿qué estoy haciendo? Para los demás el destino está sellado: la muerte por idiotez, la cárcel o, cuando mucho, la repetición interminable del sinsentido de este día, exactamente igual a ayer y a mañana, apenas interrumpido una vez cada diez años por cámaras de televisión que vuelven a hacer su pregunta: “¿Y tú conocías al asesino?”