André Antoine

Un punto de vista móvil

Si no se inventó el cine para que veamos lo que no podemos ver, entonces para qué se inventó.
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Cuando se acaba un festival de cine, queda el catálogo como sede especial permanente. Ahí está el croquis de una manera transitoria de comprender el mundo, ahí ha quedado fijada una cierta relación entre las películas seleccionadas, ese es el documento que se podrá consultar después para saber cómo estaba el mundo el año en que se celebró aquella edición, qué tipo de películas se hacían, cuáles eran sus temas y sus maneras de tratarlos, y otra vez quedan las películas libres como átomos para volver a organizarse en futuras retrospectivas y nuevos programas que les den otro sentido. La historia del cine se ha vuelto ya tan inabarcable como todo; un festival de cine celebra la rendición a esta evidencia.

El festival Punto de Vista, celebrado en Pamplona y dedicado al cine documental, ha cumplido este año su decimosexta edición, la primera que dirige Manuel Asín. Entre el 14 y el 19 de marzo, en Punto de Vista han competido diez largos y ocho cortos, que aspiraban todos al Gran Premio “Punto de Vista”, que valora la mejor película independientemente de su metraje, y además al Premio Jean Vigo a la mejor dirección. Se da también un premio al mejor cortometraje. Entre las secciones no competitivas de la edición de este año quiero detenerme en dos: Termitas y la retrospectiva Encuentros en el río, programada por Miriam Martín.

En el artículo White Elephant Art vs. Termite Art, publicado en el número 27 (invierno 1962-63) de la revista Film Culture, el pintor y crítico Manny Farber describe la pretensión del arte termita como la “inmersión, propia de un insecto, en una pequeña zona, sin plan u objetivo, y, sobre todo, la concentración en clavar un momento sin embellecerlo falsamente, para olvidar ese logro una vez ha sido alcanzado”. Es de ese artículo de donde sale el nombre de Termitas, una sección algo técnica que presenta películas de distribución desigual y que acompaña las proyecciones con presentaciones en las que sus responsables (los directores normalmente) enseñan al público algunos de sus materiales de trabajo o les explican las decisiones tomadas durante la composición de la película.

Así, Memorias de ultramar (2021), de la cineasta Carmen Bellas y el profesor e investigador Alberto Berzosa, es un encargo de la Filmoteca Española en el que los autores montan una serie de películas de Super-8 rodadas en Guinea Ecuatorial y el Sáhara (precisamente abandonado a su suerte ahora por segunda vez) cuando eran colonias españolas. El material original son películas familiares conservadas en distintas filmotecas españolas; la nueva película compone una visión general a partir de las visiones particulares. Kambá! (2021), de Carolina y Diana Kuzeluk, registra la cotidianidad de un grupo de subsaharianos en Barcelona. Las directoras les daban clases de español, y entre clase y clase planeaban hacer juntos una película, siempre amenazada por la reubicación constante a la que se ven sometidos los migrantes. La película que finalmente hicieron es la compuesta por las conversaciones sobre la que iban a hacer.

También Descartes (2021), de Concha Barquero y Alejandro Alvarado, está hecha a partir de materiales conservados en la Filmoteca Española, en este caso doscientos sesenta rollos no montados y sin banda de sonido de la película de Fernando Ruiz Vergara Rocío, que fue secuestrada por el juzgado en el aparentemente muy avanzado año para esas cosas de 1981, porque el registro de la romería incluye el testimonio de un vecino de Almonte sobre unos crímenes cometidos por el alcalde al principio de la Guerra Civil. 8 filmes sobre la guerra (2021), de Pablo Casanueva, arranca con la construcción del puente de Ribeseya (Ribadesella) en 1940 como detonante narrativo, y utiliza tanto materiales de archivo como grabaciones nuevas para recuperar algunas historias siniestras de la Guerra y la posguerra en la zona.

En la tercera sesión de Termitas, los dos componentes del colectivo Volga presentaron Alyonka soñada (2021), un remontaje saltarín a partir de Alyonka (1961), penúltimo largometraje del director soviético de origen británico Boris Barnet. La película ya incluye una muestra de su proceso de realización, pues en algunas ocasiones podemos ver no solo los planos, sino el display completo del programa de montaje. La nueva historia se sigue mediante una nueva banda de sonido, que más que contar la historia la contempla con mirada chistosa y lírica a un tiempo. Los directores avisaron al principio de que no debíamos tomarnos la película muy en serio, y después de la proyección explicaron que habían tardado muchos años, diez, en hacerla porque desde que la habían empezado habían ido teniendo hijas y encontrado otras cosas que hacer por el camino y que, como era la primera vez que la veían en pantalla grande, ahí durante la proyección con todo el público se habían dado cuenta de muchas cosas que quizá habrían resuelto de otra manera, y nos emplazaron a ver su siguiente película de aquí a diez años. Nos hemos equivocado, dijeron varias veces, pero esas equivocaciones provocaron risas y aplausos.

La retrospectiva Encuentros en el río incluyó un paseo por las riberas del Arga, además de una serie de sesiones que rescataban largos y cortos rodados a lo largo de ríos de todo el mundo, a lo largo del siglo XX. Películas, casi fragmentos, tan antiguas como Banks of the Nile (Charles Urban, 1911), Panorama of Gorge Railway (James H. White, 1900) o Down the Hudson (Frederick S. Armitage, A. E. Weed, 1903) documentan la temprana conciencia de la fotogenia de los ríos, sus saltos y movimientos, y en otras como La Drave (Raymond Garceau, 1957) o The River (Pare Lorentz, 1938) se muestra la importancia que han tenido los ríos en el desarrollo de las ciudades y de la vida humana; los ríos como suministradores perpetuos de materiales de construcción, de energía, de alimento, y a la vez como medios de transporte de esas riquezas; cómo baja la corriente los troncos de los árboles cortados en las orillas más altas, a veces con hombres haciendo equilibrios encima.

Hubo algunas películas con niños que registran la relación casi pánica entre las criaturas humanas y los ríos, quizá porque aquellas perciben el rastro de las criaturas míticas que una vez poblaron estos, y provocan unas enormes ganas de salir a buscar la vida a la calle: Rentrée des classes (Jacques Rozier, 1956), La canta delle marane (Cecilia  Mangini, 1961) y Paddle to the Sea (Bill Mason, 1966). Otras como Spiegel van Holland (Bert Haanstra, 1950) y L’Eau de la Seine (Teo Hernández, 1983) exploran las posibilidades más experimentales de la superficie de los ríos, los reflejos y los brillos en el agua en movimiento. Todo el ciclo despierta una emoción atávica que sin embargo afortunadamente no debemos de tener tan sepultada, pues bastan algunos fotogramas de los ríos y sus riberas para recordarnos nuestra relación con el agua y con el movimiento, pero quizá una de las películas más emocionantes del ciclo haya sido L’Hirondelle et la Mésange (André Antoine, 1920), una película que estuvo perdida sesenta años hasta que se encontró un negativo sin montar en la Cinemateca Francesa, en 1982.

La película no había llegado a estrenarse, porque una vez rodada, la breve historia de amor, contrabando y crimen que cuenta resultaba demasiado sepultada, a ojos del promotor y los distribuidores, por el moroso carácter contemplativo, quizá documental, que mostraba el director. La historia transcurre entre dos parejas de comerciantes a bordo de dos barcazas que recorren el Escalda desde Amberes hasta Francia y la película a veces recuerda, en esos planos abiertos a bordo de las embarcaciones, a L’Atalante, de Jean Vigo, y al ver sus sorprendentes soluciones formales y sus invenciones técnicas y estéticas nos preguntamos por dónde habría discurrido el cine de haber llegado a entrar esta película en el canon. Es incomprensible que precisamente se rechazase la película por mostrar, en supuesto detrimento de una historia que por otro lado está rodada maravillosamente, ciertas vistas, planos de orillas, de fiestas populares, de rebaños de ovejas que miran pasar las barcas a saber desde cuándo, de las fachadas flamencas, vistas tan bellas y tan inaccesibles para cualquiera que no sea un contrabandista a bordo de una gabarra por el Escalda o el Mosela, porque si no se inventó el cine para que veamos lo que no podemos ver, entonces para qué se inventó.

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