Biutiful, o los límites del azar

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Muchos auténticos artistas dedican la vida a explorar un mismo tema al que regresan una y otra vez. ¿Qué sería de Cormac McCarthy sin la desolación de la frontera y el desierto en el suroeste de Estados Unidos? ¿Qué de Almodóvar sin su caleidoscopio femenino? Ser artista es, en tantos sentidos, la exploración de la misma herida con los mismos instrumentos. Un director de cine a sueldo caza guiones porque carece de historias. Pero un verdadero creador no necesita de obsesiones ajenas para alimentar la lente. Él mismo es su proveedor y su remitente, su musa y su enfermedad. Es en ese sentido fundamental que Alejandro González Iñárritu es un artista.

Al margen de las opiniones que suscite su obra, nadie puede decir que González Iñárritu no explore con diligencia, como McCarthy o Almodóvar, el terreno de su obsesión. Lo que Werner Herzog encontró en la fuerza de la naturaleza y el hombre que absurdamente cree poder domarla; lo que Kurosawa halló en el jidai geki como herramienta para explorar la atrocidad de la guerra, el director mexicano lo ha buscado en el azar como motor del sufrimiento humano. González Iñárritu, de la mano del talentoso Rodrigo Prieto, ha creado una paleta cromática, un estilo visual, un ritmo narrativo que es suyo y solo suyo. Es, además, un genio de la composición. Desde Amores perros se observaba la estética terrosa de sus ciudades (González Iñárritu es un director tan o más urbano que Wong Kar Wai), la cámara inquieta, los grises y la luminosidad de lo oscuro. Por si algo faltara, es un extraordinario director de actores. A pesar de la prevalencia de situaciones melodramáticas –sus cintas están llenas de sangre, llanto y muerte–, sus actores nunca dan un registro en falso. Naomi Watts jamás fue tan conmovedora como en 21 gramos, y es posible que su actuación en Biutiful sea lo mejor que ha hecho Javier Bardem en toda su ilustre carrera.

Todo esto es cierto. Pero también lo es que las cintas de González Iñárritu no han mejorado con el tiempo. Sí: sus habilidades como director se han afinado: Biutiful es más elegante que Amores perros. Aun así, los productos finales se sienten cada vez más difusos. Después del éxito innegable de su primera cinta (que sigue siendo una obra maestra y un hito en el cine mexicano y mundial), la historia de 21 gramos adoleció de una edición inexplicablemente desordenada y un exceso de cadáveres, hasta para los estándares del cine de González Iñárritu. Luego vino Babel que, a pesar de haber recogido decenas de premios y nominaciones en Estados Unidos, dejaba la impresión de cierta arbitrariedad. La obra de González Iñárritu parecía alejarse de sus virtudes iniciales: la elocuencia de los perros como símbolo de las feroces relaciones chilangas, la concreción de narrar una historia en un solo lugar. En otras palabras, el éxito de Amores perros se debía, en gran medida, al hallazgo de la simbología perfecta para contar una épica concisa, propia de una urbe única: la ciudad de México. 21 gramos perdió la fuerza de esa concentración simbólica y quizás por eso resultó vaga: una cinta que bien podría haberse situado en cualquier ciudad del mundo. Babel acentuó esas fallas: una película cuya “globalidad” parecía un ejercicio forzado; la idea de hablar de muchas cosas sofocaba esa necesidad primigenia del cine: exponer una idea y exponerla bien.

La premisa inicial de Biutiful se antojaba atractiva precisamente porque parecía ir de lo abstracto a lo concreto, de la dispersión a la precisión. La historia de un hombre, en una ciudad, muriéndose de cáncer, parecía el antídoto perfecto para el desorden grandilocuente de la narrativa de Babel. Desgraciadamente, Biutiful no representa esa vuelta al origen que esperábamos muchos de los que nos enamoramos de Amores perros.

La cinta dura más de dos horas y media, no porque la historia principal así lo amerite, sino porque González Iñárritu inserta demasiadas tramas. Una extensión convencional de 120 minutos no permitiría más que un par de escenas de cada una. Claro que el cine es un arte propicio para la pluralidad narrativa: ahí está Robert Altman. Pero las diversas historias de Biutiful no beben una de la otra, no se enfrentan unas con otras. Por un lado está Uxbal, muriendo lentamente de cáncer, orinando sangre, yendo a quimioterapia; por otro lado está su familia: su frágil benjamín, su hija, su promiscua y alcohólica mujer; más allá está su trabajo con inmigrantes chinos y senegaleses, a los que procura y usa; y en la esquina más recóndita del celuloide está el don sobrenatural de Uxbal, que se comunica con los muertos, cobrando por el favor. Más que interesante, el coctel es esquizofrénico. El punto de partida de la cinta es el diagnóstico terminal de Uxbal pero, paradójicamente, su inminente deceso no es el motor que mueve a ninguna de las otras historias. No es difícil preguntarse, como espectador, si el cáncer cambia la manera en que el personaje de Bardem se relaciona con sus hijos, con los inmigrantes, con los muertos o con los vivos. Al final, esa es quizá la falla más evidente de Biutiful: el carácter estático de su personaje protagónico. A diferencia de Octavio en Amores perros, de Paul en 21 gramos, de la magnífica Chieko en Babel, Uxbal jamás decide nada. Es, más que ningún otro protagonista de González Iñárritu, un hombre rebasado, azotado y, finalmente, infectado por el azar. Y ese es un problema.

Dicho con franqueza: el azar no es un hilo narrativo interesante. No es sugestivo porque no es humano, porque no parte de nuestra psicología, de nuestras devociones, filias y fobias. De todas las fuerzas que mueven a este mundo, el azar es la única que parece divina: porque no depende de nosotros y, por lo tanto, no ilumina nuestros rincones más oscuros. En Biutiful, a fin de cuentas, no hay una sola cosa que le ocurra a Uxbal que no esté supeditada a la suerte. El hombre hace lo que puede para hacerle frente al embate, casi ridículamente abyecto, de su vida. Y por ser un protagonista en una cinta de González Iñárritu, la suerte nunca le sonríe. Si Amores perros, 21 gramos, Babel y Biutiful fueran una radiografía del azar como fuerza motora, debemos concluir que no existe la buena fortuna. El que puede morir muere, el que puede sufrir una amputación la sufre, y el que puede matar a veinticinco migrantes sin querer, los mata. Para revertir la balanza me gustaría que su próxima cinta comenzara con un protagónico ganando la lotería. Porque eso, en la vida, también pasa.

No obstante, es difícil criticar el cine de González Iñárritu. Es difícil criticar algo de manufactura tan impecable, algo que proviene de un ojo tan claramente talentoso, una obra tan evidentemente honesta. Pero es aún más difícil criticarlo porque, después de ver Biutiful, se tiene la impresión de que el verdadero problema en su obra es su punto de vista, su visión del mundo, digamos. ¿Cómo explicarle a un artista que la vida no es como la representa? Basta repasar el mensaje de Biutiful. Salvo dos magníficas secuencias (ambas de una familia en la mesa), el mundo que presenta es cruel, sanguinario y brutal: un universo en el que todo tiende a envilecerse y empeorar. La vida, como tal, no parece permitir rincones luminosos. Y, sin embargo, el final, situado de manera cómoda en el más allá, presenta un cielo en el que los reencuentros son posibles: una muerte “biutiful”.

Me parece que el mejor cine es el que dice lo contrario: el que reconoce la maldad en el mundo pero plantea la posibilidad del amor, la redención y la luz en la vida; el que ve a la muerte como un punto final y no como un puente: como una admonición, pues, de que debemos concentrarnos en las decisiones terrenales porque en el más allá no hay nada. Que González Iñárritu invierta las reglas no lo hace un humanista sino todo lo contrario: pensar que el mundo es vil pero que el cielo existe es un argumento de pesimismo casi medieval. González Iñárritu exploró alguna vez vidas más complejas. Alguna vez fue un cineasta intimista trabajando en un lienzo amplio, pero concreto (y agudo). Ahí está Amores perros: la amalgama perfecta de la mala fortuna y los obstáculos de fuego que, aunque heridos, brincamos; la dolorosa redención que los protagonistas, de la mano de sus maltrechos animales, apenas avistan en el horizonte. Ahí está su cine humanista, la conflagración de sus mejores instintos, de sus heridas verdaderas. En comparación, Biutiful es una estampa simplista de la vida y sus macabras e inapelables vueltas de tuerca. ~