Una sorpresa en Bushwick 2020

Una cinta inesperada de tintes cronenbergianos destaca entre la programación de largometrajes de la última edición del Festival Bushwick 2020.
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Sigue mi vuelta al mundo (festivalero) en más de 80 días de pandemia. Según mis cuentas, desde marzo de este año he “asistido” a trece festivales de cine, seis nacionales (Ambulante, Doqumenta, Shorts México, Guanajuato, Black Canvas y DocsMx) y siete internacionales (Visions du Réel, Brooklyn, Annecy, LongShots, Toronto, Pordenone y Berwick). Por supuesto, las comillas en la palabra “asistido” se refieren a que he visto la programación de cada uno sin salir de las cuatro paredes de mi estudio. Y, por lo visto, esta tendencia de los festivales en línea, nacionales e internacionales, llegó para quedarse varios meses más. ¿Berlín se animará a abrir en febrero, Cannes en mayo? Yo no apostaría por ello.

Por lo pronto, mientras en México los tres festivales fílmicos más importantes –es decir, Morelia, Los Cabos y Guadalajara– han decidido organizar emisiones en línea o tímidamente híbridas, fuera de nuestras fronteras el mundo cinematográfico sigue en confinamiento y en exhibición a través de streaming, en una dinámica de prueba y error que señala tanto las oportunidades como las limitaciones de organizar festivales en línea. El ejemplo más a la mano es el décimocuarto al que he “asistido”, el Bushwick Film Festival 2020, organizado del 21 al 25 de octubre en Brooklyn, Nueva York. Se trata de la emisión número trece de un festival que privilegia al cine independiente y que se inclina por aceptar en sus cinco categorías (largo y corto de ficción, largo y corto documental, y series web) relatos fílmicos provenientes de la diversidad estadounidense afroamericana, latina, femenina y LGBT+, además de obras de todos los rincones del mundo. La programación de Bushwick 2020 pudo verse desde cualquier parte del mundo, ya sea comprando un pase para todo el festival o eligiendo película por película.

Encontré la competencia de largometraje de ficción del festival dominada por un cine más convencional de lo que uno podría haber esperado. Además de algunos filmes indies estadounidenses no particularmente originales ni propositivos, pude ver Toprak (Turquía, 2020), opera prima de la cineasta turca Sevgi Hirschhäuser, una historia que bien podría haber sido realizada en el México de los años setenta o en el de hoy: un jovencito, criado por su abuela y su tío en algún lugar del olvidado interior turco, sueña con irse a estudiar a la universidad, pero la tradición marca que se quede cultivando la tierra y cosechando unas granadas que vende a la orilla de la carretera. La cinta está competentemente realizada, pero el tremendismo de su segunda parte –enfermedad mortal, falta de dinero, venta de un riñón, alcoholismo, dos muertes– echan a perder las buenas intenciones del planteamiento. Parafraseando las inmortales palabras del claridoso mayordomo de Por meterse a redentor (Sturges, 1941), el clásico hollywoodense, las películas sobre la miseria no les interesan a los miserables, que si pueden ir al cine van a divertirse, sino a los ricos morbosos que buscan saber cómo es la pobreza sin tener que vivirla.

Por fortuna, Bushwick 2020 cumplió, de todas formas, con una de mis reglas personales acerca de la valía de cualquier festival de cine: que a través de su programación uno conozca la voz y la visión de algún cineasta interesante y, hasta este momento, desconocido. Esto sí sucedió: la sorpresa resultó ser Shashin no onna (The woman of the photographs, Japón, 2020), de Takeshi Kushida, opera prima de corte fantástico que ha sido programada en otros festivales de este año, pero de horror: el estadounidense HorrorHound Film Festival en mayo pasado y, más recientemente, en el FrightFest británico.

He escrito que The woman of the photographs pertenece al cine fantástico, pero no estoy tan seguro que este filme dirigido por el debutante Kushida corresponda a esa categoría. Ni tampoco, por cierto, al cine de horror, por más que sí haya escenas que provocan que uno desvíe la mirada de la pantalla. Kai (el keatoniano Hideki Nagai) es un fotógrafo cincuentón que heredó el estudio fotográfico de su padre hace mucho tiempo. Huérfano de madre desde su nacimiento y sin ninguna relación sentimental a la vista, el inmutable Kai sigue fielmente su rutina diaria de limpieza, de trabajo (tomar fotos y arreglarlas digitalmente al gusto del cliente) y de soledad absoluta, a no ser la convivencia nocturna con su mascota, una mantis religiosa. En un viaje que hace a un bosque cercano para fotografiar insectos, Kai se encuentra con una joven mujer que, literalmente, le cae del cielo. Kyoko (la carismática debutante Itsuki Otaki) es una influencer que se toma una fotografía diaria para subirla a Instagram. Al estar preparando su pose, la muchacha sufre un accidente que le deja cicatrices abiertas en la mejilla y en el pecho. Sin mediar una sola palabra de su parte –Kai no habla en lo absoluto, aunque en realidad no es mudo–, el fotógrafo termina ayudando a Kyoko hasta el grado de que la muchacha se va a vivir con él. La relación platónica entre los dos parece natural: una mujer que vive de la imagen que comparte a diario en la red y un silencioso fotógrafo que retoca las imágenes de sus clientes para que se vean mejor.

La historia escrita por el propio Kushida adquiere otro cariz, mucho más inquietante, en su segunda parte, cuando Kyoko decide mostrarse ante sus seguidores de Instagram como es, sin retoques digitales, con sus cicatrices en la cara y en el pecho. Así, de 60 likes por foto, el timeline de Kyoko se puebla exponencialmente: cientos y hasta miles de mensajes aparecen ante esta nueva Kyoko más real y sin retoques. El problema, por supuesto, es que esta Kyoko al natural no puede durar para siempre: las cicatrices se curan… a menos, claro, que uno quiera que permanezcan abiertas.

Poco a poco, la elegancia de la puesta en imágenes –esas ingeniosas transiciones entre escenas, ese magnífico manejo de los espacios y los reflejos a través de la cámara de Yu Oishi– contrasta con momentos que parecen provenir de los Extraños placeres (1996) cronenbergianos. Sin duda, la metáfora entomológica es muy obvia –Kai tiene una mantis como mascota y luego recibe en su casa a una mujer de largas piernas que podría ser una depredadora–, pero lo cierto es que ni la historia ni la ejecución de la misma nos llevan por caminos previsibles. Las citas de Cronenberg, Buñuel y hasta Antonioni están ahí, sin subterfugio alguno, pero el sello de Kushida es otro. Y el resultado es inesperado. ¿Cine de horror? Más bien, de amor. Esto es lo que necesitamos en estos días.

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