Bola de nieve

‘La bola negra’ llegó a los cines convertida ya en batalla cultural. Los Javis han hecho una versión kitsch de la Guerra Civil, sin política ni moral.
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Los Javis son, sin duda, dos de los cineastas más lúcidos de su generación, o uno solo, ya que escriben y dirigen juntos. Lo son cuando filman y cuando no filman. Entienden mejor que nadie, consagrados como profesores de Operación Triunfo, cómo funciona el negocio del cine, pero también la mecánica de la reputación.

Cuando La bola negra fue ovacionada en Cannes, lamentaron que en el colegio les hubieran quitado un referente gay al esconderles que García Lorca se acostaba con hombres. Ambrossi, entre lágrimas, agregó que Lorca había sido asesinado por el fascismo porque era gay. Las declaraciones eran de una estúpida inteligencia.

Es improbable que quienes hicieron una película tan documentada, tan cuidada en todo lo que es color, vestuario, muebles e inmuebles de época, ignoren que ya en 1987 Juan Antonio Bardem, en Lorca, muerte de un poeta, dejó perfectamente clara en Televisión Española la sexualidad de Lorca, y también su actitud aterrada, confusa y finalmente resignada ante las balas que acabaron con su vida. El guion de esa serie lo firmaba, junto a Bardem y Mario Camus, el hispanista Ian Gibson, en quien está claramente inspirado el personaje de Glenn Close en la película.

Las declaraciones de los Javis no eran, entonces, la confesión de una ignorancia o de una distracción imposibles en dos personas que han pasado años estudiando a García Lorca, sino un intento perfectamente logrado de inscribir la película en la batalla cultural. Antes del estreno, un grupo nutrido ya la odiaba y otro la defendía a capa y espada. La película se transformó en un asunto político, pero del modo en que los Javis conciben la política, que es el modo en que la conciben tanto Operación Triunfo como José Luis Rodríguez Zapatero: la opinión no se divide en torno a hechos, leyes o siquiera ideas, sino en torno a escándalos, falsificaciones y exageraciones.

El bueno muy bueno frente al malo tan malo que termina por borrar su propia sombra. Porque todos somos buenos. La profesora, o los profesores, que les impidieron a los Javis saber que García Lorca era gay no tienen nombre. Los malvados son, en ese relato, “España”, cierta España: la derecha y la ultraderecha, que volverían a matar a García Lorca si pudieran.

Los Javis prepararon, entonces, el estreno de su película librando en las trincheras de X e Instagram una versión kitsch de la Guerra Civil. Su película es también una versión kitsch de la Guerra Civil. Kitsch en el sentido de Hermann Broch, que veía en el fascismo algo así como la versión kitsch de la política. En ese sentido, La bola negra podría ser una película fascista, aunque, para ser sincero, no alcanza a serlo.

Al verla, uno podría pensar que la polémica inicial era inútil. La historia de amor que está en su centro se defiende sola; la manera de filmar la guerra, también. La película es menos barroca de lo que anuncia su tráiler: el miliciano que se sube a la estatua de San Sebastián dura apenas unos segundos ahí. Solo en boca de Glenn Close, que interpreta a la típica hispanista extranjera que sabe mejor que los españoles cómo son los españoles, y que es una copia de Gibson, la película sugiere que la crítica y la opinión pública metieron a García Lorca en el clóset. En la película, al revés, casi todos son bastante abiertamente gais, y nadie los persigue con mucha virulencia. Los Javis de las declaraciones alarmantes y falsas no son los mismos que filman esta historia de amor triste y bella.

Pero que la película sea menos estridente que sus autores no la salva. El zapaterismo cultural se basa en la idea de evitar los conflictos acentuando la conflictividad. Trata de esquivar los dilemas morales reemplazándolos por vaguedades sentimentales. La bola negra es su ejemplo más sublime: una película sobre la Guerra Civil en la que la política no existe en ninguna de sus formas, porque tampoco existen la moral ni el bien ni el mal. Hay unos homófobos (unos viejos, un cura, algunos oficiales franquistas), pero apenas existen. La homosexualidad aparece como un destino angelical y generalizado que unas sombras impiden, quién sabe por qué, si todos somos homosexuales hasta que se demuestre lo contrario (incluida Penélope Cruz).

Pasolini, Genet y Cocteau pueden dar dos vueltas en sus tumbas. La potencia del deseo, su posibilidad destructiva, el fascismo que la belleza entraña: nada de eso existe. Aquí todo el mundo no solo es bueno: es santo. Salvo el personaje de Lola Dueñas, una pobre madre adicta a la cocaína y los problemas, y el nieto con sobrepeso que investiga sobre su abuelo, que no tiene gracia alguna.

Las imágenes son muy bellas cuando no son detestablemente publicitarias. Glenn Close pronuncia quizá los peores diálogos de la historia del cine, en cualquier idioma. Hay muchos momentos de buen cine y otros de pastiche de nada. Los diálogos, otra vez los diálogos, parecen sacados de una tesis universitaria mal traducida de un pésimo inglés, que es el idioma en que está pensada toda la película. Inglés de Netflix, con sus drones, sus travellings sin sentido, sus videoclips de Rosalía o algo parecido (no por nada la música es de Raül Refree, productor del primer disco de Rosalía), en medio de una emoción que solo consigue a ratos la pareja del miliciano y su cautivo, Rafael y Sebastián. Esa historia era una película por sí misma; no necesitaba dos esbozos más de mal cine redundante para existir.

Pero lo que sobresale por sobre todo es la falta de dudas reales, de conciencia, de escrúpulos; la ausencia de cualquier tormento que no sea físico en estos personajes, todos de una sola pieza. Es la memoria histórica según Zapatero: los republicanos eran muy buenos; los franquistas, tan malos que no existen, o son italianos. La lucha de clases no interesa ni importa; todos peleamos siempre para que cada uno pueda amar a quien quiera, como quiera. Ese habría sido el sentido entero de la historia de España y de la obra de García Lorca, presentado aquí como un valiente luchador, algo que ningún testimonio de la época sostiene.

Lo mejor, o lo peor, de esta película es que no importa nada. Deja, con un puñado de lindas imágenes y algunas postales de soft porno gay, ninguna conclusión. No hay en esta película obsesiva ninguna obsesión. Belleza, morbo, torpeza: una gran ejecución que no ejecuta nada. No es un bodrio. Eso es todo lo que es.

O casi todo. El final de la película, que todos encontraron perfectamente aleccionador, es lo más turbio de ella. El franquista, que es franquista solo porque le dieron un fusil los de Franco y no los de la República, fusila al republicano que ama, sin odio, solo para que no lo descubran. Así habría sido la guerra: nadie mató a nadie porque quisiera o porque creyera que debía hacerlo; nadie odió realmente a nadie. Un grupo de hombres jóvenes fue encerrado en cuarteles para amarse y matarse por voluntad de esos italianos que, al comienzo de la película, bombardean desde el cielo el pueblo de Sebastián. La Guerra Civil española fue cualquier cosa menos española.

Y tuvo como resultado que hoy, en Chueca, se puedan tomar cañas sin esconder la cara detrás del sombrero. ¿Somos felices? Y si no lo éramos, era por no saber que nuestros abuelos eran como nosotros: gente confundida y reprimida que no sabe por qué carga un fusil y que solo quiere ser libre de ser la persona que es. Importa muy poco que esa pregunta, la de ser la persona que uno es, consuma en la mayoría de nosotros gran parte de nuestra energía espiritual, intelectual o moral.

Los Javis sí saben quiénes son. Son bellos, son talentosos, son triunfadores, son gais, son ricos. Son el poder. No es un azar que el protagonista de su historia de amor pelee por Franco, ni que la película lo absuelva: no mató porque quisiera, sino porque le dieron un fusil. Los Javis están del lado de los ganadores.

A Lorca lo fusiló el poder, y el poder hoy está del lado de los Javis. Por eso Lorca tenía miedo. Ellos no tienen por qué tenerlo.


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